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Por: Miguel-Ángel Cervantes Owono, estudiante de Derecho (UNGE)
Siempre que estamos ante la Justicia, ésta siempre tiene que llegar a sus conclusiones, (que ellos mismos llaman Dictar Sentencias o no sé cómo lo llaman en realidad pero el nombre más o menos eso), lo hacen después de escuchar a las partes implicadas en el asunto. Si esto pasa en los juzgados, suponiendo que esta es la realidad que Dios dejó y son las normas que siguen los estados. Y si así funcionan las cosas, creo que los jóvenes estamos siendo víctimas de una especie de maltrato psicológico por parte de la gente mayor. La injusticia que la gente joven está siendo objeto está en las distintas denuncias, hasta tertulias en la televisión, contra el comportamiento de la gente “joven de hoy”. No pretendo defender las malas acciones de los jóvenes, lo más que intento hacer es presentar otras posibles respuestas a las preguntas que tanto se han hecho y las que al parecer ha dado tantas respuestas y el problema no ha hecho mas que expandirse. En eso me pregunto, todos los que nos presentamos en los programas de televisión que tratan sobre el asunto, ¿Nos vamos realmente para buscar la solución al problema o simplemente nos vamos para que nos vean en la televisión?
En primer lugar, siendo joven, me atrevo a decir que el comportamiento de la juventud tiene mucho que decir y corregir, este comportamiento se aprecia en todos los entornos de la vida social de la persona: Educación, Moda, Sociedad, Cultura, etc. Lo que hace palpable la exhortación del filósofo griego Sócrates cuando dice “Los jóvenes hoy en día son unos tiranos: contradicen a sus padres, devoran su comida y faltan al respeto a los maestros.” En medio y alrededor de todo esto surge la pregunta ¿Por qué de eso? Ante esta superpregunta surgen tantas respuestas y si hacemos una encuesta encontraríamos que el mayor porcentaje de encuestados apuntan que la culpa la tienen los propios jóvenes que ya no siguen ninguna instrucción ni regla y ¿Quién dio estas instrucciones y cuáles son? En mi humilde concepción de las cosas encuentro que las respuestas deberían dependerse en cómo las hacen, una pregunta podría ser ¿Cómo es el comportamiento de los jóvenes de hoy en día? En este caso todos diríamos en unísono “mal”, pero si por el contrario buscáramos los responsables de esta catástrofe, es por lo que estamos aquí con este artículo para hacernos entender. Son varios los años que duran las acusaciones contra nosotros, pero esta es nuestra ocasión para no contra-ofender, sino más bien decir lo que creemos ante esta situación en la que no sabemos si somos conscientemente actores o somos víctimas.
En la antigüedad, los padres se encargaban de educar a sus hijos: los papás a los chicos y las mamás a las niñas, y, cada uno llevaba su tarea a rajatabla; el sistema de enseñanza de ellos es juzgado hoy en día de rústico, simplemente porque, no más, empleaban el palo para educar e imponer el respeto. Las mujeres se encargaban de educar a sus hijas lo que sabían, sobre el comportamiento de una mujer en la sociedad, la enseñaba a trabajar la tierra (dado que era lo que más sabía hacer entre otras cosas), mientras el padre se encargaba del varón, haciéndole convertirse en “un hombre de verdad”, una imagen similar a la de su padre. Mi padre siempre me decía “Hijo mío, el hombre honrado, amante del trabajo, es digno de respeto”, en eso siempre tenía un horario de trabajos a cumplimentar cada día para antes y después de clase, si no cumplía con mi horario, el palo se encargaba de decirme si había hecho bien o mal. Y en esto la exigencia de si he estudiado la lección o no, tampoco se hacía esperar.
Cabe destacar que en la educación de los hijos la imposición del respeto por cualquier criterio es necesaria y normal, porque este respeto impuesto suele empezar en miedo al palo u otro castigo. Un miedo que con el tiempo se va convirtiendo en respeto. Entender igualmente este nunca es un proceso de noche a la mañana, sino bien largo, si entendemos que el camino del bien es difícil porque va cuesta arriba, mientras que el camino del mal es más fácil porque va cuesta abajo.
Pero en la actualidad, con la llegada de la famosa palabra “Modernismo”; una palabra que, posiblemente nos la han explicado mal o es que nunca nos la explicaron, o la malinterpretamos a conciencia. Cuando esta palabra se introdujo en el diccionario, se me hizo que quería decir renovar, actualizar, reformar, reconstruir, etc. Todo eso refiere a algo que ya existe y que por cierto ya presenta un estado de envejecimiento a fin de dejarlo apto para las utilizaciones posteriores. Pero a juzgar por la realidad de nuestra sociedad encontramos que la palabra Modernismo quiere decir crear algo nuevo. En eso creo que la próxima edición de diccionario de Lengua Española deberá precisar que en Guinea Ecuatorial significa crear algo nuevo. Lo que significaba que el sistema educativo iba a sufrir unas modificaciones y una de ellas fue la de suprimir el palo, porque se supuso que las consecuencias del palo a la larga en vez de implantar el respeto, podría terminar creando en el niño un espíritu de rebeldía y de rencor (dado que el niño pensaría que el mayor le pega solo por ser mucho más grande y fuerte que él). Los modernizadores quitaron un elemento muy fundamental y no pudieron dejar el espacio vacío, sino más bien sustituirlo por otro elemento “el Diálogo”, pero me pregunto ¿Cuántos padres hoy en día se toman la molestia de preguntar simplemente por si su hijo había escrito en clase, ya no se cuenta el benevolente gesto de sentarse en algunos momentos para dialogar y dar consejos positivos a sus hijos de manera general o personal?
En la educación de los hijos un arma fue sustituida por otra, pero nos damos cuenta de que la anterior es la que se utilizaba, yo diría con perfección, pero la segunda está en desuso en pleno apogeo y en eso me pregunto ¿Será que el cambio de estrategias fue prematuro? A eso no voy a opinar, dado que somos los desperfectos y a pesar de todo no sugiero que volvamos al dolor del palo en el trasero, pero sí, queremos dejar de ser unos desperfectos como nos tildan. Queremos ser llamados “Hijos de hoy”, pero no en sentido peyorativo.
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