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A vueltas con el nombre de Dios…

Por: José Luís Mangué Mbá, Profesor de Moral

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Tal vez harto de predicar el ateísmo en el erial de un occidente secularizado e irresistiblemente imperialista, etnocentrista y depredador, el Sr. Salvador Bofarull, sostiene que la religión no es sino “producto de una desbordada imaginación humana” . Esta vez viene al continente africano con aire y actitud racionalista, ilustrador, y sin complejo de paternalismo para darnos esa lección: aquí donde la religión impregna toda la vida. De este modo, inaugura el año este señor echando por tierra los estudios de autores tan acreditados como E.B. Taylor, B. Malinowski, R. Otto, H. Spencer, A. Lang, J.D. Martín Velasco, entre otros, que han afirmado que la religión es consustancial al hombre y han hecho de ella una ciencia. En cualquier caso, esto no es nuevo en la historia del pensamiento. No hay mucha originalidad. En el mundo antiguo encontramos epifenómenos de ateismo y agnosticismo en los presocráticos.

En la época moderna Feuerbach, Marx, Nietzsche y Freud, amén del positivismo o el existencialismo contemporáneos, denostaron al cristianismo, en particular, y precedieron a nuestro Bofarull.

En todo momento, los detractores de la religión han recurrido a distintos argumentos para considerarla como la causa de todos los males que padecemos los humanos. Para unos es el “opio del pueblo”, para otros es la “inversión de los auténticos valores”, y para no pocos es una “proyección de la mente humana”, “una realidad alienante”. ¿Hay quien dé más?
Pero parecía que semejante actitud había periclitado con el anticlericalismo decimonónico. Pensar que todos los episodios de violencia histórica y este es su argumento fuerte que ha conocido la humanidad son atribuibles a la religión es insostenible. ¿Podemos decir con verdad que las guerras coloniales se hicieron en nombre de Dios? ¿Y la I y II Guerras Mundiales?, ¿La del Kosovo, Ikaq, Congo… que tanta barbarie han traído? Seamos serios. En este país hay gente sencilla, pero no ingenua para tragarse cualquier discurso pretendidamente racional.

La naturaleza violenta del hombre, como dijera T. Hobbes, creemos que desborda las esferas de la religión. Igualmente, decimos nosotros, que la perversidad, también parte de la naturaleza humana, es capaz de corromper lo más noble. ¡Cuántas veces el amor degenera en odio! ¡Cuántas veces utilizamos a Dios para nuestros intereses! Bonheffer bien sabía del “Dios tapa-agujeros”.

Pero también, gracias a ese Dios, que incita a la violencia, podemos recordar a Jesús de Nazaret, Francisco de Asís, M. Gandhi, M. Luther King, Oscar A. Romero, Teresa de Calcuta y una larga cadena de testigos de la paz y del servicio a los demás de forma altruista, cuyas vidas seducen y dan sentido a las vidas de otros. La de Salvador no es evidentemente la experiencia de Pedro, para quien Jesucristo vino al mundo a luchar contra el mal y pasó por el mundo haciendo el bien (Hch. 10,34-38). La enorme red de servicios sociales que la Iglesia Católica ha tejido a lo largo de los siglos, a través de sus Órdenes y Congregaciones Religiosas, cuando los Estados no podían, no merece de nuestro autor sino una mofa cuando las califica de “esclavas del Señor”. Y hoy, ¿cuántas ONG’s con gran significación humanitaria son de raigambre cristina? ¿Las grandes utopías por un mundo igualitario, justo y en paz, donde los derechos humanos sean respetados, no han nacido en el interior de la civilización occidental transida del judeocristianismo?

Lo mismo que el Wittgenstein del “Tractatus…”, creía que había acabado con la filosofía porque no era sino “enredos de lenguaje”, para después convencerse de que la filosofía existirá mientras exista el lenguaje (“Investigaciones filosóficas”); creemos que la religión seguirá existiendo mientras existamos los humanos. La razón y la ciencia, que no han dejado de desarrollarse desde la antigüedad, sin embrago, ni a los modernos, ni a los postmodernos, ni a los contemporáneos nos han librado del temor de los dioses ni de la muerte, como predicara Epicuro.

La crítica a la religión, como a cualquier otra realidad humana, es saludable si comporta un elemento de catarsis y hay que hacerla porque tiene mucho que purificar, pero hecha desde la maledicencia y el derrotismo deviene estéril, a menos que queramos hacer literatura como ocio. Es grande la tentación de no hacer demagogia con el tema de la religión y que nuestra lectura de la historia y de lo humano no sea tan sesgada.


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