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Por: Padre Fernando Ignacio ONDO Vicario General de la diócesis de Bata
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Padre Fernando Ignacio Ondo |
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Es evidente que no podemos abordar el tema de la dimensión teologal del hombre africano, sin antes tratar, aunque sea de paso, el tema de la dimensión teologal del hombre; puesto que el africano, antes que africano, es hombre, y como tal (hombre) está llamado a la comunión con Dios.
El tema de la dimensión teologal del hombre ha suscitado a lo largo de la historia muchos interrogantes, tales como ¿La religiosidad del hombre será quizás, una práctica llamada a desaparecer, o una ideología carente de fundamento, o una opresión que aliena al hombre?, o una anécdota para un grupo reducido de personas , ¿o, por el contrario, es una realidad que forma parte de la estructura vital de la persona humana?; es decir, ¿la cuestión teologal es una dimensión natural del ser humano, de tal modo que si se suprime aquella, hierre al hombre en un especto esencial de su fe? Es más, tendrán razón los padres que, año tras año, contra corriente, solicitan que se dé enseñanza religiosa a sus hijos en los centros educativos? ¿Tienen un estado democrático confesional en el deber de promocionar a los ciudadanos esa enseñanza religiosa?
Ante esta problemática, podemos definir de un modo general que la dimensión teologal del hombre tiene como fundamento el auto manifestación y auto comunicación de Dios al hombre, y la respuesta de éste mediante el sentimiento y la adhesión a Dios por la fe. Pues la filosofía más valiosa afirma que la religiosidad, o la dimensión teologal es una dimensión natural del ser humano, que tiene su fundamento en la racionalidad, es decir, en la capacidad de conocer la verdad y de descubrir la dignidad y el sentido de la vida humana. Desde estas perspectivas, la dimensión teologal del hombre recibe el nombre de “hecho religioso”, es decir, la experiencia o vivencia religiosa que el hombre tiene de Dios al relacionarse con Él. Ya desde la antigüedad Lactancio equiparaba la dimensión teologal del hombre con el concepto mismo de religión – según él, la dimensión teologal del hombre tenia mucho que ver con el concepto mismo de religión religare, que significaba volver al vinculo o trato con Dios, de quien el hombre se había desvinculado. Según Lactancio, los hombres estamos ligados y unidos a Dios con este vínculo de piedad, del que la misma religión ha tomado nombre; desde esta visión, la dimensión teologal significa relación que une intensamente al hombre con Dios.
Para San Agustín, la dimensión teologal del hombre significa volver a elegir a Dios después del pecado por el que el hombre se había apartado del creador. Por eso invita en las confesiones “que volvamos a Dios y religuemos nuestras almas con él, evitando toda superstición. Además el hombre debe decidir volver a Dios, a quien había ofendido con el pecado, para ser perdonado y reencontrar la paz interior. Solo de esta manera tiene sentido si célebre pensamiento que dice lo siguiente. “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón anda inquieto hasta que descanse en Ti”. Estos pensadores llegaron a semejantes soluciones conclusiones a través de tres grandes experiencias del hombre: LA EXPERIENCIA DE LA INDIGENCIA DEL SER HUMANO, LA EXPERIENCIA DE LA DEPENDENCIA DE UN SER ABSOLUTO, y LA EXPERIENCIA DE LA RELACIÓN CON EL CREADOR. La primera experiencia la podemos expresar como la situación de indigencia y limitación del ser humano. El hombre se da cuenta de que tanto él como el mundo en el que vive son realidades limitadas, contingentes, incapaces de encontrar en sí misma el origen y el sentido cabal de su existencia. Ante esta experiencia, el hombre se pregunta por su identidad personal: ¿Quién soy yo? Y no alcanza encontrar en sí mismo una respuesta satisfactoria, además, el hombre sedea y busca conocer el origen y causa de su existencia: ¿De dónde vengo?, ¿por qué existo?, así como desea también conocer el sentido último de su vida: ¿Qué hago en el mundo?, a dónde voy?, ¿seguiré existiendo después de muerto?.
La experiencia de su contingencia y limitación, lleva al hombre a otra experiencia: a darse cuenta de que depende de alguien que le ha dado el ser, de alguien que ha recibido el don de la vida, de alguien que influye en la circunstancia de su existencia cotidiana. En otras palabras, el hombre se da cuenta de que depende de una realidad misteriosa, que le ayuda, que le habla en el interior de su conciencia, que es un bien para el hombre y que la mayor parte de los pensadores han llamado ser absoluto o bien supremo.
Ese deseo de Dios brota en la experiencia que tiene el hombre de su contingencia y de su dignidad personal, es decir, brota de la experiencia de que el hombre y el mundo son realidades limitadas y necesarias de sentido. En efecto, el él surge espontáneamente un afán de verdad y de bien, de felicidad, de eternidad y de encontrar sentido a las cosas. A este respecto, afirma el Concilio Vaticano II que “Los hombres esperan de las diversas experiencias religiosas, las repuestas a los enigmas más recónditos de la condición humana”
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