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Cosas que me ocurren
Cuando las voces de la conciencia
ya no pueden callar

Por: Agustín Nze Nfumu,

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La semana pasada, por SkyTV, se pasó un reportaje sobre un periodista de un famoso rotativo inglés, que se declaraba escandalizado y decepcionado por el rumbo que ha tomado el periodismo moderno, al que ya no le importa ni la ética ni el profesionalismo que deberían llevar a los profesionales del mismo a informar sobre la verdad de los hechos, sin pasiones y con la asepsia total que exige una profesión tan delicada y honrada, como lo es el periodismo, sino el simple y vergonzoso afán de vender, a costa de contar, a veces, historias completamente inventadas y maliciosamente manipuladas, entregándose los periodistas a las manos de intereses económicos, políticos e, incluso, de grupos criminales; vendiéndose al mejor postor.
¡Simplemente impresionante!
¡Desagradablemente verdadero!
No sé el por qué mi mente voló de forma inmediata al papel que la prensa española (ciertos miembros de la misma, porque tampoco hay que generalizar) desempeñan, con enfermiza insistencia, en lo que es tratar los temas de Guinea Ecuatorial.
Muchos son los casos que podría evocar aquí con relación a la patética actitud de ciertos medios de comunicación españoles e individuos, cuando les toca escribir sobre Guinea Ecuatorial.
Si algún calificativo hubiera que darle a la presencia y actuación de la prensa española durante la ya no muy reciente visita del Ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación Internacional de dicho País a Guinea Ecuatorial, sería el de ridículamente obscura y desfasada, palabras de asombro con que muchos observadores imparciales calificarían el papel desempeñado por ese colectivo.
Porque yo, que no soy gran analista de lo que debería, o no, ser la ética profesional en el periodismo, me quedé tristemente impresionado por todo lo que he leí, como despropósito e incongruencia, que los corresponsales de la prensa española que acompañaron al señor Ministro Moratinos en esos dos (casi tres) días de estancia en tierras guineoecuatorianas publicaron en sus respectivos rotativos. Con el debido respeto y consideración que me merecen los medios de comunicación, y más los españoles, porque les leo mejor y comprendo perfectamente (incluso lo que no han dicho claramente, por aquello de leer entre líneas) debo, sin embargo, expresar muy modestamente mi tristeza y decepción, tras recorrer, como he dicho, las crónicas que llenaron los periódicos, firmadas por eminentes hombres de la prensa escrita, ya sea en papel impreso como “online”, en internet.
Crónicas en las que, con cansina insistencia y patético “amateurismo”, muy impropio de profesionales como los que pretenden ser (y por cierto son) sus autores, faltando al rigor y a todo principio de ética, recurrieron a lo grotesco y al absurdo, contando historias tan de parvularios que harían las delicias de cualquier clase de guardería infantil y que provocarían que cualquier lector maduro se preguntara si habrían sido escritas, realmente, para el consumo de despachos y círculos serios de gente madura.
Crónicas que recuerdan a los “deberes” y redacciones de historias fantástica, que las maestras suelen corregir a sus alumnos de primer grado los lunes por la mañana.
Me llamó poderosamente la atención el descubrir que periodistas serios y curtidos en el arte de la información, hombres cabales y con responsabilidades familiares y profesionales en España, hubieran hecho que sus diferentes periódicos sufraguen los gastos de sus billetes de avión y estancia, para trasladarse a miles de kilómetros de sus cómodos despachos de Madrid, Barcelona, etc., solo para, ¡agárrense!, descubrir que en este mundo existen ratones, y para recurrir, a renglón seguido, a la demencial y esperpéntica insinuación de que todo un Presidente de la República se ha tomado la molestia de buscar “hoteles con ratones” para alojarles. O sea, en la estrecha mente de esa gente, cabe primero la posibilidad de que un Jefe de Estado le prepare habitaciones y hoteles a unos periodistas; segundo, en el laberinto de lo absurdo de sus cerebros, anidan locas imaginaciones que les sitúan ante la posibilidad de que un Jefe de Estado sepa dónde va a dormir o con qué ratón va a compartir alucinaciones dantescas el periodista X, mientras lucha durante la noche por saber con qué monstruosos adjetivos e insultantes calificativos “adornar” la figura de sus anfitriones al escribir sus “bandos de feria” al día siguiente.
Y yo me he preguntado siempre si Juan Carlos I, (rey de España por la gracia de sus antepasados celtíberos que, a base de sangre y fuego, crearon sus primitivos reinados, allá por el año 411, y que hoy, por gracia de esas antiguas y barbarás instituciones, creadas mediante la conquista por las armas de territorios y bienes, incluso de destrucciones vandálicas, violaciones y asesinatos de poblaciones enteras, gozan - también por que Felipe V iniciara la aventura de la casa reinante de los Borbones en 1700 - de la legitimidad de erigirse en Monarca de todos los españoles y Jefe de Estado, queriéndolo algunos o no, sin haber sido votado por nadie - vayan por delante mi profundo respeto y admiración por la monarquía española, que es, hoy por hoy, la más humana y asequible de las pocas que subsisten, mal que bien, por el mundo) se ocupa de las ratas de los numerosos palacios de que “goza” la corona en España. Porque ratas hay tanto en Palacios como en negocios, en ciudades como en campos, en restaurantes y en conventos, en hoteles de cinco estrellas y en albergues de viajeros… ¿No creen nuestros amigos periodistas que es un insulto a su propia inteligencia el hacer que los lectores pasen por la tortura de leer que viajaron a Guinea Ecuatorial solo saber si hay ratas en un hotel… aunque se ha sabido que no las hubo sino en sus mentes atormentadas?
Yo he estado en Nueva York muchas veces, y les puedo asegurar que no he visto ratas más grandes en mi vida. Nunca se las he atribuido a ni a Georges Bush ni a mi primo Obama, porque las ratas no tienen dueño, si no es en las películas de Harry Potter, o los cuentos de Peter Pan. Los topillos que invadieron los campos y las casas de los españoles el año pasado, y que constituyeron una tragedia casi nacional, ¡Dios me libre de pretender que lo hicieron por obra y gracia de Rodríguez Zapatero o del Rey Juan Carlos!”.
Quizás convendría que nuestros ilustres informadores se hubieran informado mejor (valga la figura) para poner las cosas en su justo contexto. Y es que a nadie serio le interesa saber con cuántos ratones se codeó en Malabo el periodista “fulano de tal” y con cuántos “gatos ratoniles” merendó el camarógrafo zutano. Porque, si de ratones hemos de hablar, los encuentran en las hamburgueserías de Nueva York, o en los interminables pasillos de El Vaticano, o en las estancias de la Moncloa o del Bukingham Palace. Esos animalitos se cuelan en todas partes, ¡por el amor de Dios!
Y nos vienen unos divertidos periodistas españoles a hablar de ratones; como si no se hubiera paseado por los barrios de su Madrid; o no se hubiera “dado un garbeo” por Lavapies, etc…
¡Un poco de seriedad! Y que vean los programas de Televisión española Internacional “España Directo” y “Gente”
Por no hablar de “las chabolas” que otro “iluminado periodista” vio al lado de grandes edificios, y que atribuía su existencia al “mal gobierno de Obiang”.
¿El Rey de España, los reyes de Bélgica, Sarkozy, Georges Bush y mi primo Obama, son culpable, pues, de los cordones interminables de chabolas (muchas de ellas hechas solo de papel cartón, y no de chapa como las que vieron en Malabo) que rodean sus grandes capitales y que, en el caso de España, nos ofrecen escenas de películas aburridas, cuando vemos los enfrentamientos entre la policía y los “inquilinos” de las mismas que intentan impedir que no se les desaloje del único lugar que poseen para guarecerse con sus hijos?…Eso no es en Bata ni en Malabo. No es por culpa de ellos, ni por sus “desgobiernos”.
Desde Guinea Ecuatorial, comprendemos que las sociedades se construyen de esa manera: un paulatino salir de una situación a otra, en la medida en que las circunstancias lo vayan permitiendo. En Guinea Ecuatorial está ocurriendo exactamente lo mismo que en España y otras partes del mundo, incluso en las más grandes Megápolis. ¿Quiere alguien que se le hable del Bronx, Brooklyn, o el sur de Chicago?
No llego a creerme que la existencia de una chabola sea de la exclusiva culpa de un Presidente o un Rey; no concibo que los problemas sociales sean culpa exclusiva de individuos; más bien lo son de una lógica sucesión de situaciones que llaman a una toma de conciencia de todos los componentes de la sociedad para irlas mejorando, desde luego, los gobernantes por delante, el lógico. Quieren los españoles sacar de las chabolas a los gitanos y a los traficantes de drogas en las periferias de sus ciudades, pero ellos no se dejan; se han ofrecido un “modus vivendi” que hace que rechacen una forma de vida diferente; no veo que Zapatero o el Rey se hagan el “mea culpa” por eso; van resolviendo la situación poco a poco, en la medida en que se dan las circunstancias…
Otro ha insinuado que los beneficios del petróleo que se explota en Guinea Ecuatorial deberían ser suficientes para “convertir en millonarios a los casi 650.000 habitantes del País Africano”. Craso error y vulgarísima manera de abordar un tema de ese nivel de seriedad. Esa clase de periodistas deberían escribir cuentos fantásticos, llenos de duendes y lámparas, para vender ilusiones a niños pequeños.
Uno solo de los países que se dicen ricos y avanzados, que ese periodista me citara como ejemplo de la consecución de una sociedad de millonarios en su totalidad, sería suficiente para que yo dejara de escribir y pidiera disculpas. Incluyo en esta apuesta a productores de petróleo como Arabia Saudita, Kuwait, Qatar y otros.
Comparaciones e insinuaciones tan poco profesionales, ponen en tela de juicio la seriedad del periodismo actual y, sobre todo, la de los que, en su nombre, se atreven a emitir juicios de valor sobre situaciones que no entienden ni tienen capacidad para analizar, en vez de limitarse a informar objetiva e imparcialmente, diciendo las cosas por lo que son y no por lo que ellos quisieran que fueran o por el número de ejemplares que quieren vender de sus publicaciones. Mal periodismo, pésimos profesionales, aquellos que, por causar sensación, por “hacer primera página y grandes titulares” se olvidan de la misión sagrada que tienen de llevar a la opinión la verdad diáfana y serena.
No, no son Moratinos y Fraga Iribarne los que hicieron el ridículo visitando Guinea Ecuatorial y entrevistándose con los auténticos representantes del pueblo de nuestro pueblo ( y en eso incluyo a los líderes de la oposición residentes allí); es en esa gente que, al adolecer de sentimientos nobles para ver la fraternidad que el destino ha establecido entre nuestros pueblos, ha preferido practicar lo más frágil y deslizante: la irresponsable descalificación, la predicación del apocalipsis y la apología del desencuentro permanente.
Sus obsoletas armas son los ya deslucidos principios de una democracia que les falta en sus planteamientos, unos derechos humanos que empiezan pisoteando al no respetar el derecho al honor de los demás y una transparencia que vulneran inventándose situaciones que saben que no se corresponden a ninguna de las realidades que vive Guinea Ecuatorial.
Tal fue la afirmación bucólica de que “el nivel de pobreza de los habitantes de Guinea Ecuatorial es peor que en Afganistán y otro país africano que, por respeto y consideración, no quiero citar aquí. ¿Es que los que tales afirmaciones simplistas hacen tienen idea de lo que es el verdadero análisis comparativo, o como me imagino, las hacen solo por buscar la frase más impactante, la que más impresione al que la lea?
Alguno de esos “escribidores” dijo aquello tan cierto de “aunque hablamos el mismo idioma, no siempre las palabras tienen el mismo significado” ¡Cuánta razón tenía!: El africano le tiene mucho respeto a la palabra, a lo que vaya a “salir de sus labios”; de tal suerte que, antes de aventurarse a emitir sonido inteligible alguno, antes de decir su “efiá” (palabra en fang- y eso vale para todas las demás etnias de Guinea Ecuatorial y del bantú en general), procede a una actividad de estudio y análisis interior; calcula el entorno y el contexto, valora la edad de su interlocutor y su capacidad de interpretar y analizar lo dicho por él.
Por eso, la inusitada ligereza y desvergüenza con que uno de esos que acompañaron a la delegación española aseguró que el Presidente Obiang, al saludar y dar la bienvenida en Bata a Don Manuel Fraga, le dijo aquello de “…se ve que está en las últimas” no puede sino sorprender, si es que puede sorprendernos más sus desviaciones, pues ni la edad de Fraga ni la educación de Obiang pudieron dar lugar a tan equívoca situación, por el religioso respeto que nuestra cultura impone rendirle a la persona mayor. Claro, el que lo escribió quiso burlarse de Fraga y ofender a Obiang. Pero lo que en realidad consiguió es que nos demos cuenta todos de la poca calidad humana que hay en él.
Bueno, ha pasado tiempo desde aquella visita; tiempo también ha pasado desde que tamaños despropósitos llenaron las páginas de los periódicos españoles; por eso no voy a insistir sobre el tema No lo hubiera hecho si un periodista, muy profesional, muy amante de su profesión, no hubiera lanzado la voy de alarma, no hubiera gritado su desesperación al ver la mutilación vil que se está haciendo de los principios éticos que rigen su amada profesión por gente que, viviendo de ella, no duda en infligirla el mayor de los daño: faltar a la verdad y a la decencia.
Hasta gente de la América latina, sin haber puesto un solo pie en Guinea Ecuatorial, gente que, sin un ápice de rigor profesional, haciendo mera novela, escribe, además con tono de cátedra y “expertos”, sobre esto y aquello de Guinea ecuatorial; hablando de dictaduras sangrientas, genocidios, etc… Ni qué decir de nuestro amiguito Gamboa que, por querer vender su librito de opereta, nos sacó aquello de 10.000 muertos por el régimen de Obiang y otras “lindezas” más; o los famosos argentinos, que prefieren olvidarse de las que sí que fueron las verdaderas y más vergonzosas dictaduras de los Videla y Cía., para hablar y tratar de todos los nombres a dirigentes africanos. ¿Argentina se olvida de que exterminaron los emigrantes italianos y españoles a los negros, para purificar la raza en una tierra que no era la suya? ¿Dónde y qué hacen los indígenas, los verdaderos dueños de ese País, en reservas y poblados inhóspitos?, O los chilenos; ¿tan pronto se han olvidado de Pinochet?....
Y las famosas organizaciones internacionales, los Amnistía Internacional, Human Wright Watch” etc. cuyas actuaciones son cada vez más cuestionadas en el mundo; por no hablar de los mil y un escándalos de todo tipo que “adornan” los curriculum de sus agentes, que no excluyen ni los robos ni las violaciones de mujeres. Pero que siguen pensando que están en la capacidad de dar lecciones, juzgar y condenar. Porque han creado un entramado de intereses cruzados, que les lleva a editar informes repetidos, dirigidos por manos ocultas, para poner siempre en tela de juicio las formas de vivir y hacer de las mismas personas y sociedades, mientras otras pueden permitirse cometer peores atrocidades y pasar siempre por los “buenos de la película”.
Quiero terminar mi ya sospechado polémico escrito - porque he intentado tocar en él a los intocables - diciendo que no pretendo coronar santos ni eludir responsabilidades de nada ni de nadie frente a la historia, si no es en la medida de reivindicar un mínimo de objetividad, un intento de evitar aquello de, “ya que se trata de tal país o persona, vamos a decir todo lo que queramos, sea cierto o no, que la gente se lo va a creer”, que es lo que, a mi manera de ver, y que ha ocasionado la rebelión y desgarro del periodista inglés, practica la mayoría de gente que escribe hoy en día para el gran público. Los humanos cometemos todos errores que son corregibles, y lo justo y necesario es que se denuncien y se pretenda que se corrijan. La injusticia del que pretende hacer justicia empieza cuando, para lograrla, recurre a lo injusto, a la práctica de lo incorrecto.
Guinea Ecuatorial es un país, en el cual no se encuentra solo Obiang, sino también unos ciudadanos que merecen respeto en su conjunto, que desean tener el derecho mínimo del respeto de su tierra por aquellos que preconizan, a bombo y platillo, el respeto de los derechos de las personas y son incapaces de guardar el más mínimo respeto a instituciones y pueblos de otros países; son incapaces de predicar con el ejemplo. Los hoteles no son de Obiang sino de unos ciudadanos nacionales y extranjeros que hacen esfuerzos para contribuir al desarrollo del País; los que viven en las chabolas son personas que merecen el mismo respeto que aquellos que viven en las mismas condiciones en “Matongué (Bruselas), Barbés o Chateauraoux (París), Lavapies y periferias cabolistas (Madrid, Barcelona, etc...). Las palabras convencen, el ejemplo arrastra, dice el refranero español.
Las personas se construyen y hacen, en sus actitudes y en sus “haceres”, cada día que pasa, como los edificios y las sociedades; es justo que se les ayude a hacerse una forma, un modelo y un espacio de desenvolvimiento, porque nadie puede hacerse solo, si no es con referencias de otras personas y sociedades. Pero lo recomendable es que estas otras personas y sociedades actúen para con la persona o sociedad que pretenden ayudar a formarse de una manera correcta, evitando caer en los errores que pretenden corregir en su “paciente”, o peor.
Cuando el educando descubre que el que pretende ser su educador es tan o más defectuoso que él……
Materia de reflexión para los que escriben en los medios destinados a ser leídos por el público y que pretenden “hacer opinión”

NOTA. La referencia a la Corona española es meramente referencial, por cuanto en Guinea Ecuatorial todos sentimos el más absoluto respeto ella y, predicando con el ejemplo, sus Majestades los reyes y la familia real son tratados con el máximo de respeto, siempre de “Su Majestad”, y nunca “Juan Carlos” a secas… A esto se le llama educación… y eso que “humanos somos y defectos tenemos todos”.

 


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