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Limbo sí. Limbo, no.

Por: Salvador Bofarull, Ex-asesor económico en G.E.
Autor de diversos libros de temas históricos, y conferenciante.
Miembro de la Real Academia de Filatelia

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La existencia del limbo es una creencia popular, aportación de San Alberto Magno (1206-1280), que nunca fue declarada dogma por la Iglesia Católica, aunque aparece en algunos catecismos, como en el famoso del Padre Ripalda, de 1616, pero no en el Romano de Trento. El 19 de abril de 2007, la Comisión Teológica Internacional, presidida por el Cardenal Ratzinger, suscribió un documento declarando que la existencia del limbo no es una verdad dogmática, pero se cura en salud al no negar categóricamente su existencia. Para los creyentes en el limbo, éste sería una especie de “tierra de nadie” entre el Cielo y el Infierno, donde irían las almas de los niños muertos sin recibir el bautismo. El Concilio de Cartago, de 418, declaró solemnemente que el pecado original merece la pena del infierno y que sólo a través del bautismo puede ser exonerada. Un castigo tan horrendo a seres inocentes por un agravio supuestamente cometido por sus antepasados hace más de un millón de años (comerse una manzana), implica un rencor y resentimiento ilimitado, por parte de un Dios arrogante, despiadado, sádico, iracundo rencoroso y vengativo1.

Algunos teólogos consideran esta pena excesiva e injusta. San Agustin considera que sólo deberían sufrir una pena mínima: Mitissima sane omnium poena… lo que podría interpretarse como condena al fuego eterno pero con trato dulcificado. Pero un régimen penitenciario atenuado es incompatible con la esencia misma del Infierno, con lo que la actitud oficial de la Iglesia Católica ha permanecido inflexible. La posición actual del Vaticano sobre este tema es que las almas de estos niños están a la merced de la “Misericordia Divina”, es decir, podría haber una especie de “petición de indulto individualizada” pues no tienen entrada franca en el “Reino de los Cielos”; son una especie de “sin papeles” llegados en “pateras” a las puertas del Cielo. De ahí el pánico de los padres cristianos, al morir hijos suyos sin haber recibido el bautismo, creencia que ha llevado a aberraciones de diversa índole, como en el caso de riesgo inminente de parto con niño muerto, inyectar agua bendita con una jeringa por la vagina de la parturienta, para así bautizar al feto antes del parto2.

La población de Notre-Dame-des-Faisses, en Ribiers, Hautes Alpes, Francia, a mediados del siglo XIX, era lugar de peregrinación desde los pueblos vecinos e incluso de algunos más alejados, en la que los padres de niños muertos antes de recibir el bautismo, llevaban sus cadáveres a la misa que en la localidad se oficiaba especialmente para este fin. Allí se bautizaba a los niños muertos, en la creencia de que en el momento de recibir las aguas bautismales, revivían un instante, para volver a fallecer seguidamente. Terminada la ceremonia, los padres regresaban a sus lugares de origen con los cadáveres de los niños, según ellos creían, muertos por segunda vez, pero ya bautizados.
Esta práctica siguió hasta que dos curas, nuevos en la localidad, declararon que tal tradición era una superstición y se suspendió definitivamente. Su origen se basaba en la creencia de los padres, de que el Demonio se lleva al infierno las almas de los niños fallecidos sin bautizar. Para mayor inri a éstos se les negaba el entierro en cementerios católicos, prácticamente los únicos existentes en muchos municipios.

Actualmente, polemizar sobre limbo, si - limbo, no, es una discusión meramente bizantina. ¿No sería mejor meditar sobre: Infierno, si – Infierno, no?.

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1 Puede que alguno se sorprenda por estos epítetos pero, partiendo del supuesto de que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, estas actitudes, muy humanas, son parte de dicha imagen y semejanza. Si partimos del supuesto diametralmente opuesto, El hombre hizo a Dios a su imagen y semejanza (Feuerbach), las mismas actitudes estarían presentes tanto en Dios como en los humanos. Por otra parte, el Cristianismo estuvo muy influido en sus orígenes por la mitología griega, donde los dioses tenían las mismas pasiones que los mortales. En el caso concreto de la ira de Dios, ésta ha sido exaltada en el famoso himno Dies Irae, presente en los oficios religiosos católicos durante siglos, hasta recientemente.

2 Citado por Pilar Salarrullana, Las sectas satánicas. Madrid, 1991.


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