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En el horizonte, la noche ha soltado al sol. El día, como si no queriendo levantarse, flota tenuemente sobre el mar; así la ciudad de Bata se despierta al golpeo de los primeros destellos de sol, cumpliéndose de este modo, la alternancia del día y la noche. Son las seis de la mañana, estamos listos para realizar nuestra excursión. Las prisas hacen que engullamos nuestro desayuno; a continuación cojamos nuestros utensilios y emprendamos el camino. Partimos de Bata enfilando la carretera que nos conduce a Djibloho, una de las grandes cataratas de Guinea Ecuatorial. Nos comentan a lo largo del camino que es una gozada contemplar ese bello vuelo de agua, que sobre todo, se despedaza en numerosas colas espumosas al precipitarse sobre su lecho rocoso.
En ambos lados de la carretera, dejamos pueblos grandes, medianos y pequeños. La carretera los parte a todos ellos en dos a medida que los atravesamos. Pueblos en cuyas calles deambulan gentes, gallinas, patos y perros famélicos; algunas personas nos sonríen y un grupo de personas discute en el “abehaa” (casa de la palabra). Detrás de las casas, se observan varios árboles de “atangas “en plena producción; entre éstos, se asoman palmeras, aguacates, plátanos, sintonía que observamos durante todo el recorrido.
Los tramos de ruta no habitados están poblados de maleza tupida; algunos claros por labranza o algún accidente natural. A veces, nos encontramos con grandes bosques de bambús de largos cuerpos verdes, arqueados, dando sobra a su entorno. Se dice que su presencia suele delatar presencia de agua o cercanía de algún río. Anécdota que constatamos durante nuestro itinerario.
Antes de que ascendamos el monte Raíces, nos adentramos en un tramo de carretera que suda neblina, efecto del rocío mañanero de las aguas que sacian el lugar. A medida que vamos encumbrando la cuesta, una familia de faisanes sale despavorida entre los árboles, perdiéndose monte abajo cacareando. Más adelante, observamos en el cielo gavilanes aleteando suave y silenciosamente, acompañándonos durante un buen rato, a veces detrás y otras delante, sin perder altura.
Pasamos por la ciudad de Niefang, una hermosa ciudad de la provincia de Centro-Sur. Sin hacer parada, viramos para coger la dirección que conduce a la capital de la provincia. Obviamente, cruzamos el puente del río Wele que bordea la ciudad; sus aguas rápidas y negras imponen respeto en su caminar al mar. A medida que la ciudad se queda muy atrás, nos llaman la atención los estantes que los pueblos tienen situados a ambos lados de la carretera. Estos contienen de todo: plátanos, yuca, pescado, artesanía, piezas de caza, etc. Todos esos objetos están en venta; cuando alguien se interesa por alguno, sólo tiene que parar el coche y enseguida aparece el vendedor para cerrar el trato.
Empezamos a sentir calor a medida que nos acercamos al monte Alén; pero nos alenta saber que al otro lado está el Parque Nacional “ECOFAC “. Muchos preparan sus cámaras y otros comentan anécdotas captadas con sus ojos en anteriores ocasiones. Nos cruzamos con gente cerca de la cima del monte que nos saludan con los brazos, cumplido que correspondemos con idéntica manera hasta llegar a ECOFAC.
El parque nacional está ubicado en la falda del monte Alén; el paseo que conduce al parador está guarnecido por dos hileras de palmeras muy cuidadas, a uno y otro lado. Accedemos con el coche hasta el edificio principal, donde lo dejamos y nos dirigimos a pie para inmortalizar esta belleza ecuatorial. Visitamos la arquitectura ancestral, es decir, la casa tradicional que conforma el museo del Parque. Esta casa-museo, está construida sobre pilares de madera noble y sus paredes revestidas con cortezas de árboles específicos, lo que le da una solidez y frescura sin igual. Su techo está cubierto con hojas de bambús seleccionadas, entrelazadas entre sí, con aspecto de plancha, que luego se teje para cubrir la casa. El material de construcción es natural y refleja la arquitectura tradicional bantú. Dentro del museo encontramos fotografías, mapas, folletos y demás carteles explicativos de la fauna local. Hacemos una breve parada en el parador y en el salón principal, escrutamos sus columnas de madera, esculpidas con figuras humanas, animales y motivos variados, haciendo apreciación del buen hacer tradicional bantú en las mesas y sillas que nos acogen.
Retomamos nuestro camino y ahora los pueblos se distancian más entre ellos. Los más pequeños parecen ahogarse entre la maleza que los cubre, asomándose alguna casa como atraída por el sol. Cuando cruzamos los ríos que están cerca de los pueblos, sorprendemos a gente mayor y pequeña aliviándose del calor, con toda serenidad y alegría, ajenas a los problemas urbanos.
En el poblado de Bikurga, dejamos la carretera general y nos adentramos en un nuevo tramo engravado, que nos conduce directamente a la catarata. Transitamos mayormente en medio de la selva, subiendo y bajando montes. Nuestras vistas se topan con los enormes árboles tupidos de ramas y lianas que se escapan de sus troncos y los ríos poblados de helechos gigantes. En el camino, nos detenemos para ceder paso a las máquinas que acondicionan la ruta. A medida que avanzamos hacia nuestro objetivo, espantamos animales y aves diversas que, en su hacer diario, faenan cerca de la carretera o intentan cruzarla; vemos huir a algunos y el bailoteo de maleza de la selva que dejan otros. Nos llama mucho la atención -después de un buen rato caminando-, el cambio del clima; el cielo que antes era pulcro se torna triste y espeso; el aire que antes era caliente y húmedo se vuelve fresco e impetuoso, suerte que los excursionistas agradecen.
Por fin llegamos al último pueblo que da paso al río Wele y su catarata. Este se ubica en una pendiente que muere en el río, mediado por el abrupto bosque engalanado de lianas y altísimos árboles. Las casas están construidas de madera y bien alineadas. Sus cubiertas de dos aguas rompen la armonía del lugar por el brillo metálico de sus chapas galvanizadas. Lo primero que nos pone en alerta desde el pueblo, es el ruido ensordecedor que nos obliga a subir la voz para poder comunicarnos. Metro a metro, vamos descendiendo con gran anhelo para descubrir la tumultuosa fuente. Desde una distancia prudente, descubrimos una gran depresión de aguas bravas, negras y atáxicas que se pierden, no dejándose dominar, constituyendo la esencia de Djibloho. Avanzamos unos metros hacia su lecho; y desde la parte baja de su caída, el bramido de las aguas y el rugido rocoso de las acuíferas fuerzas impactantes, sueltan un viento estremecedor que nos obliga a asirnos. A medida que nos acercamos a la catarata, notamos temblotear las piedras que pisamos y la violencia de las aguas que nos ensordecen. Desde nuestras privilegiadas situaciones apreciamos nubes espumosas formando arcos iris. Nadie se atreve a retar la distancia mínima, puesto que el peligro por caída a causa del vendaval es constante.
Damos por finalizada nuestra excursión. El día ha sido muy agradable y fructuoso para personas amantes de la naturaleza. Nos ha conmovido conocer este tramo del río Wele y su catarata que, a nuestro juicio, constituye una de las maravillas fluviales pocas conocidas de Guinea Ecuatorial. Bendición divina que se debe cuidar y salvaguardar de los depredadores de la naturaleza.
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