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En Guinea, una mujer que no “da hijos” al
marido baja muchos enteros en la escala social

Por: Eduardo MANE NSUE ASAMA
Corresponsal de la Gaceta en Libreville-Gabon

Se llamaba Carmenchu, pero podría tener otros muchos nombres. Era una mujer Guineana muy preparada, entregada en cuerpo y alma a su trabajo de periodista. Era respeta y querida no solo por sus compañeros sino también por las muchas personas que la trataban. Además, era honesta y trabajadora, no se le caían los anillos cuando tuvo que ensuciarse las manos trabajando. Yo la conocía perfectamente porque era la mujer de mi tío padre Bienvenido Ateba Asama.
Carmenchu era una mujer que valía su peso en oro, pero se enfrentaba a algo que no solamente en Guinea sino en África en General suele ser un hueso duro de roer: no tenía hijos y no pudo tenerlos, pues sus órganos reproductores estaban bloqueados.
Cuando uno la miraba de lejos, a veces jugueteando con Fabiola (una de las hijas que su cunado Simon le había entregado para cuidar), no hace falta mucha psicología para ver através de sus gestos pletóricos de cariño que daba lo que fuera por tener un hijo propio, como aquella señora maestra de mi pueblo que anhelante por transmitir la vida que bulle en su interior.
La gente la miraba cuando menos con desden, ya que en Guinea Ecuatorial una mujer que no “da hijos” al marido baja muchos enteros en la escala social y, lo que es peor, en su propia autoestima como persona y como mujer.
En estos casos, la presión de la familia y del entorno del marido es considerable; le animaran a que abandone a esta mujer estéril (están casados tradicionalmente, pero no por la iglesia) y se busque otra. Como en Guinea no hay secretos, el marido no la ha repudiado, pero ha acudido secretamente a otra mujer del poblado, la cual esta ya para dar a luz un hijo engendrado por él. Es muy probable que se convierta en su segunda mujer. Este gesto aumento más aun el menosprecio a mi tía Carmenchu.
Resulta curioso observar lo similar de esta manera con la mentalidad bíblica. Mujeres atormentadas por la esterilidad han jugado papeles fundamentales en la historia Sagrada: Sara, mujer de Abraham; Rebeca, de Isac; Raque, de Jacob; la anónima madre de Samson; la atromenda Ana, madre del profeta Samuel; Isabel, madre de Juan Bautista…Curiosamente, las Escrituras nos hablan de que Dios se sirve de esta circunstancia –tan penosa e aquel ambiente- para llevar a cabo su proyecto de amor, reconciliación y liberación.
Por desgracia, aquí todavía no ha llegado esa dimensión liberadora. Si en todos los lugares del mundo hay parejas preocupadas por la falta de hijos, el problema en Guinea se agudiza hasta el punto de destruir uniones hasta cierto momento venturosas, rompiendo lazos unidos tanto por ritos tradicionales como religiosos.
Aunque la falta de hijos sea un problema lamentable, paradójicamente África el continente donde la adopción dentro de la misma familia, tribu o clan, podría llevarse a cabo prácticamente sin papeleos ni burocracias oficiales. Las guerras, el hambre y el sida están devastando generaciones enteras y dejando tras de si un ejército de huérfanos que necesitarían mas que nadie el calor de una familia. Parejas como la de Carmenchu podría ser pintiparada para amparar tales casos pero, por desgracia se constata que la sangre tira mucho y quiere dejar su impronta de hijos propios, sea al precio que sea.
Este hecho me hizo pensar que, aunque el padre Agapito Ela Obono “hombre gol” anuncio el amor cristiano y la aceptación del huérfano como si fuera hijo carnal, la tradición dice otra cosa. Resuenan en mi las palabras del Evangelio de Marcos dirigidas a los fariseos: “os aforráis a vuestra tradición humana dejando de lado el mandato de Dios” (hombre gol pronuncio este evangelio en la Exaltación de la Santa Cruz fiesta patronal de Bidjabidjan).
Y ahora, me pregunto. Se acaba de pronto el amor entre ella y su esposo, al haber tales contratiempos? ¿No es un mandato divino amar “para las duras y las maduras”? como es el caso de mi padre José, quien había decidido de no volver a casarse tras los engaños de adulterio de su mejer.
Para mi, no encuentro palabras para consolar a Carmenchu. Me gustaría decirle que su vida, aun sin hijos, tuvo un gran sentido y que ella, como periodista y responsable de la formación de tanta gente, tuvo un crucial papel en la vida y en la historia de este pueblo. Ojala ese deseo bíblico de llamar dichosa a la que no crío y fue desechada se cumpla en Cermenchu, en tantas Carmenchus de esta Guinea.


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