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Por: P. Juan Domingo Beká Esono Ayang, cmf.
El nacimiento de Jesús lo anuncia el ángel a los pastores como “una buena nueva, una gran alegría, que es para todo el pueblo” (Lc. 2,10), y allí se inicia y nace uno de los himnos más antiguos del cristianismo, el “Gloria in excelsis Deo”.
La Navidad es la fiesta más celebrada por los hombres, creyentes o no. La fiesta de la Navidad no deja a nadie indiferente, hasta los ateos y los enemigos de la Iglesia se detienen y celebran, a su manera, este acontecimiento de salvación. Celebrar la Navidad es celebrar lo específico de la religión cristiana, es decir, la encarnación de Dios, la persona de Cristo. En la mayoría de las religiones del mundo, lo divino se hace patente en fenómenos y objetos de la naturaleza: el fuego, el árbol, la piedra, la tormenta, la montaña, el mar, etc.
En la religión de Israel-la religión cristiana- ocurre algo diferente: Dios se manifiesta en el acontecer humano, en la historia de los hombres. Esta experiencia es la que vivió siempre el pueblo de Israel. Por ejemplo, en una situación de desgracia nacional, como pudo ser la del destierro de Babilonia, el pueblo acude a Dios y le pide que mire desde el cielo y que actúe; como sucedió también en el Éxodo, la salida de la esclavitud de Egipto, acontecimiento fundador de Israel: Dios “ve la aflicción”, “escucha el clamor”, “conoce bien los sufrimientos” y baja a librar (cf. Ex. 2,23-25; 3,7-8).
En este sentido, la Navidad se presenta como el recuerdo más universal y más gustado que el mundo tiene de Jesucristo. Pero, además de un recuerdo, la fiesta de Navidad es ante todo, una acción salvadora para el hombre actual. Es el Dios inmenso y eterno que desciende a tomar la condición humana e irrumpe en el tiempo del hombre (“kairótico”), para que éste pueda alcanzarlo. Nadie, aunque quiera, puede permanecer al margen de este gran misterio. El mundo entero acepta el acontecimiento del nacimiento del Señor, como la fecha central de la historia de la humanidad: antes de Cristo o después de Cristo.
Celebrar la Navidad, es también recordar el inicio de la redención con el nacimiento del Salvador, sabiendo que el misterio central de nuestra fe es la Resurrección de Cristo- la Pascua- . Como este proceso abarca toda la vida de Jesús, celebrar la Navidad es solemnizar el proceso inicial de nuestra salvación, de nuestra Pascua. Pero, ¿la Navidad nos invita a qué concretamente?
1.- A sensibilizarnos, porque somos muy insensibles a los otros y al Otro. Creemos que nos hace falta mirar con ojos de ternura a nuestro mundo y sociedad, para ver las heridas de tantos hombres, mujeres y niños que están echados en los márgenes del camino, los excluidos. En este sentido nos daremos cuenta de que detrás de bonitas apariencias hay duras realidades, mucho dolor callado y mucha soledad ahogada. Ahora, ¿cómo podremos reconocer a Dios y la voz de Dios si no reconocemos la voz de los próximos…? ¿Cómo podremos aceptar a Dios-con-nosotros si no aceptamos el otro con-nosotros? ¿Cómo y cuándo diremos con Yahvé: “he visto la opresión, he visto la miseria, los sufrimientos de mi pueblo… he bajado a librarlos, a sacarlos…(Ex. 3,7-10). Nuestra actitud ha sido siempre la de pasar de largo frente al hermano oprimido y sufriente, hasta muchas veces somos agentes de este mismo sufrimiento. De esta manera, no hay verdadera Navidad cristiana cuando no se reconoce que Dios es ciudadano del mundo, que está próximo a nosotros.
2.- A aprender a “abajarnos”, frente a un mundo que se ha convertido en una “operación de triunfo”. Se oye mucho hablar de: tienes que subir, llegar, conquistar, alcanzar, conseguir, lograr, aumentar, superar…hay que triunfar. ¿A dónde vamos? ¿Hasta dónde queremos llegar? ¿No estaríamos construyendo, sin darnos cuenta, una torre de Babel, con tanto subir y triunfar…? Y en esta situación “ambicional”, ¿Cómo podremos comprender lo que significa que Dios desciende, que se abaja a nosotros? ¿Cómo hacer ejercicios prácticos de “descender”, de acercarnos a los pequeños (a través de la justicia, la caridad y el derecho)? La Navidad nos enseña a descubrir el valor supremo de la vida, como don de Dios. Jesús llega para que nosotros tengamos esta vida: “yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud” (Jn. 10,10b).
3.- A aprender a intimar nuestras vidas con Dios. Podemos darnos cuenta de que el mundo y nuestra sociedad actuales necesitan a Dios. Estamos llenos de nosotros mismos y llevamos un vacío enorme de Dios. ¿Hay hambre de Dios en los corazones de los creyentes?
Jesús llega para llenarnos de la vida divina. Sin intimidad, todo es vacío. Que la alegría de la Navidad llegue a todas las familias, a todas las comunidades y que con su nacimiento comience una nueva era. |
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