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Malabo, o el colmo de los colmos

Por: Patricio Ñeme

Pesada es la carga de la verdad, pero vale pena llevarla. Ligera es carga de la libertad, desgraciado es aquél que se abuse de ella.
Así concurren en la ciudad capital de soñada Suiza de África, Malabo, la increíble verdad con su terrible peso, para aquellos que se arriesgan por llevarla en dichos o en hechos; porque, como la lluvia: no siempre cae a gusto de todos. Y la engañosa libertad, si ligera que hasta los más débiles se jactan por llevarla; para que, finalmente les sepa como miel en la boca del asno.
Si los ojos se cansaran alguna vez de ver disparates, poca gente tendría más ojos para ver los de esta ciudad; pues son tantos…
Empezando por los puertos y el aeropuerto de Malabo, escenarios condenados a perpetuidad de los espectáculos más disparatados: la salida y la entrada de viajeros tiene su colmo en el trato del hombre al hombre, como si de seres extraños de otros planetas se tratase. Aquí se cosecha el “bien” bajo los engaños y amenazas, y de verdad que casi “sin discriminar”; pues el buen hambre no tiene pan duro, es decir, carece de piedad y de otros sentimientos humanos: lo más importante es el franco CFA.
Esas mismas calles se están confundiendo con las anteriores, porque pese a las nuevas construcciones y las rehabilitaciones (bellas ellas), unos monstruos de la construcción internacional las destruyen, en lugar de construir. Hasta en lo que ya se ha reparado o hecho, lo deshacen; como esas “instalaciones de abastecimiento de agua potable” en la ciudad capital; un mismo proyecto que ha conocido tantas empresas que ninguna hizo caer una sola gota de agua en los corroídos grifos coloniales de la era de Alfonso XIII. La actual de esas empresas, es tan eficaz que hace brotar agua en las paredes de muchas casas de la capital y, no será de extrañar un derrumbamiento escalonado de esas viviendas.
Los conductores hablan en representación propia y en la de los vehículos que conducen: lamentan por el dolor de cintura y por el desgaste de neumáticos en poco tiempo, debido a las zanjas que dejan abiertas las “expertas empresas” en medio de todas las calzadas del centro de la ciudad y barrios de Malabo.
Lo mismo pasa con las aceras, aquí se ignora si empleó cemento con arena o arena con barro; de lo demás: los ojos saben ver y el tacto sabe sentir. En todo caso, es la verdad decible.
Los mercados, ese pecado mortal al que están condenados la mayoría de los ciudadanos (los pobres con poco dinero), no procura la llamada buena alimentación y solo Dios sabe de qué viven ellos.
¿La misma gente? Ah, pues esa soy yo y los otros que estamos aquí en la verdad pesada y disfrutando la libertad ligera. Por eso aquí, somos todos el número 1, sin más. Si hay duda de ello, mirad cómo es la ley que tiene miedo de todos nosotros hasta esconderse de modo que nadie la siente, salvo en apariencia casual.
Soñé que ese colmo de los colmos de Malabo se debe al BUM de petróleo, y yo pregunté a los guinealogistas de esos pensamientos, si somos los únicos y los últimos en poseer petróleo para ser tan, ta, tan… Que se dice que somos ricos y muchos de nosotros nos desayunamos con azúcar y un pan de puercos que se hacen aquí. Que incluso, por la marea del petrodólar, nadie se queja aquí de las porquerías que ofrece el mercado a precio criminal. Que por ser ricos en petróleo, los hijos de este país (la mayoría y de los más pobres) se han hecho arrogantes que solo desean trabajar en la Plante, Plataforma o cosa parecida; y para el colmo de los colmos: se embisten contra los extranjeros que venden yaurt, hacen poisson à la brêche, etc. So pretexto de que: “llevan nuestro dinero a sus respectivos países”; como si nos tuvieran ligadas las manos para hacer lo hacen ellos.
No se sabe si por ese colmo de los colmos de Malabo, la educación se convierte en des educación y la civilización en in civilización, la moral en in moral o la vergüenza en sin vergüenza.
En todo eso se creía en el dicho de los juristas de que “no hay ley sin excepción”, y se llega a la pesada verdad de que la guinealogía nos causa la enfermedad de guineititis de la cual nadie de los guinealogistas se salvará. Prueba de ello es que hasta en las iglesias, también el petróleo sube en los altares: basta ver el comportamiento altanero de los dirigentes. Al parecer el petróleo ha reemplazado a Dios en el poder en las iglesias petrodólares.
Algo queda por hacer y es tarea de todos nosotros: reflexión, reflexión y reflexión sobre esta situación; mientras aún sea posible. Pues puede que sea tarde para ello.


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