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Por. Javier Montes
Escritor y crítico literario. Premio Anagrama de Ensayo (2007) Premio Pereda de novela (2008)
La contraportada de este hermoso libro de cuentos deja caer, casi de pasada, que Eduardo Soler lo escribió “durante su estancia en Guinea Ecuatorial”. Y sin embargo, no fue una simple estancia, sino un periodo de dos fructíferos años (precedidos de muchos otros de viajes constantes) con casa y trabajo en Malabo, la capital del país y de la isla de Bioko.
Es necesario saber esto para comprender hasta qué punto el libro nace de una experiencia directa y hondamente sentida, del trato estrecho con los ecuatoguineanos –bubis y fangs- y de una labor perseverante por recopilar, rescribir y salvar del olvido toda una riquísima tradición no escrita que el paso apresurado a una modernidad mal entendida (o entendida sólo a medias) puede aniquilar por toda África en cuestión de una sola generación.
Si cada vez que muere un anciano africano muere una biblioteca, con más razón puede decirse que el conjunto de las historias aquí recogidas son un intento de salvar de la muerte, precisamente, una tradición cuentística guineana tan amplia como poco conocida. Y más aún: un intento realizado sobre el terreno, mediante el prolongado y gozoso trabajo de campo que ha hecho de Eduardo Soler Fiérrez, un experto en la materia y desde luego una de las figuras de referencia dentro y fuera de Guinea en lo que se refiere a su tradición oral (y según criterios de calidad humana: quien firma esto fue profesor durante un año en el Colegio Español de Malabo y testigo de primera mano de la calurosísima acogida y los estrechos lazos de amistad que unen a su autor con guineanos de todas las edades, en las ciudades y hasta en los poblados más remotos por todo el país, desde la isla de Bioko al continente, desde Evinayong a Mongomo, desde Bata a Kogo y hasta las maravillosas islas de Corisco). De Guinea llegan a España, desgraciadamente, sólo muy puntuales noticias, y casi todas malas. Gracias a Eduardo Soler, llegan ahora también este recordatorio de una gran riqueza cultural aún por evaluar completamente.
Quien haya pasado una temporada, por corta que sea, en las inaccesibles costas del sur de la isla de Bioko, en torno al poblado de Ureka (uno de los lugares más mágicos y salvajes de la Tierra, que da la impresión de hallarse mucho más cerca que el resto de esa primera mañana del mundo que cantaba Rilke), no puede olvidar ya nunca la impresión profundísima del paseo nocturno por sus playas de arena negra y del encuentro con las inmensas tortugas laúd que se acercan a ellas para desovar durante los meses de invierno.
Eduardo Soler, que las ha visto, ha acertado al elegirlas también como animal-tótem e hilo conductor del libro: personaje principal de la cosmogonía bubi y fang pero en absoluto único protagonista. A través de sus aventuras y sus andanzas, en tanto que animal esencialmente benéfico, inteligente y ponderado dentro del imaginario ecuatoguineano, el lector se interna con el mejor de los guías en la selva tupida de la literatura oral fantástica del país: las ranas, los armadillos, los cocodrilos, los antílopes y hasta los animales misteriosos como la nieva desfilan por sus páginas para ofrecer sus relatos cómicos o terroríficos o incluso trágicos. Siempre, por supuesto, como corresponde a estructuras orales sedimentadas en el tiempo, con una doble intención de instruir al tiempo que se divierte: de proponer con sus moralejas y sus desenlaces ejemplares aprendizajes sociales para los jóvenes -y no tan jóvenes- de los poblados donde la selva omnipresente es la mejor –y la más dura- escuela de vida.
Vivimos nosotros ahora, lectores de Eduardo Soler, en otras selvas, quizá más intrincadas aún y peligrosas que aquellas en las que aún vive su día a día gran parte de la población de Guinea. Y sin embargo, como corresponde a toda buena literatura, estos cuentos de la tortuga son tan comprensibles, tan apasionantes, tan instructivos para el lector occidental como para el oyente africano de hace siglos.
Y una reminiscencia final: lee uno cuentos tan redondos como La tortuga y el tigre en Ayeguening, o La isla tortuga, o El nombre secreto de la madre del tigre, y percibe inmediatamente una enorme sensibilidad literaria unida a una pasión sincera -y bien fundamentada en el conocimiento de primera mano- por Guinea Ecuatorial y sus gentes, por sus enseñanzas y sus modos de vida cotidianos. Y se acuerda uno, claro, de aquellos maravillosos Cuentos de la selva de Horacio Quiroga, otro escritor que no se contentó con hablar de sus temas desde la barrera, que viajó al corazón mismo de las selvas y los pantanos y las playas fluviales de las que luego daría cuenta en sus libros.
Los animales de Quiroga, como los de Eduardo Soler, transpiran la experiencia directa y el enamoramiento por la tierra que pisan de los escritores que los hacen hablar. Y acaban resultando así, curiosamente, más que humanos.
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