Por: Patricio Nzang Esono
De nuevo, desde mi habitación, vuelvo para compartir con todos lo que pienso de la realidad en el que vive el niño africano, una pequeña opinión que espero pueda despertar algunas conciencias dormidas y hacernos sentir que a veces las cosas que ocurren en el mundo, no pasan en lugares tan lejanos a los nuestros, la cuestión es saber mirar y ver la realidad con una mirada limpia y con ganas de hacer una sociedad africana más digna.
En busca de la vida del más allá, el niño (un hijo) para el hombre africano, ha ocupado un lugar importante, tanto que el que no tenía hijos, más le valdría no haber nacido. De aquí que la mujer estéril era mal vista y aborrecida en casi todas las sociedades africanas. El tener hijos, era la mayor riqueza que podía desear el hombre africano ya que era la manera de perpetuarse y de participar en la obra creadora de Dios.
A los ojos de toda la sociedad, el niño, bien que era hijo de un padre y de una madre, de forma biológica, era «un bien», «la herencia que da el señor» (Sal. 126) para toda la comunidad, responsable de su educación y de su inserción social por medio de la iniciación. Por eso, por la misma iniciación, la sociedad volvía a someter al niño a un nuevo nacimiento, símbolo de pertenencia y nuevo nacimiento a la vida en comunidad. Entre los africanos la dimensión comunitaria de la sociedad era algo sagrado.
Es en esta misma África, donde en el pasado el valor de un hijo era incalculable, donde el hijo era hijo de una comunidad, hoy en día vivimos realidades diferentes. El niño ya no sigue siendo lo que era, ha perdido la importancia que tenía ante y en el seno de una comunidad de hombres y mujeres. Y todo eso, debido al afán de poder y de egoísmo del hombre que se ha vuelto enemigo de sí mismo.
El valor de un hijo, el de la perpetuidad de un clan y de su colaboración a la obra creadora de Dios, se ha cambiado por el del reclutamiento de niños para la guerra, la explotación y el sometimiento de estos niños a trabajos en beneficios de otros. Muchos de estos carecen de los mínimos derechos como es la educación y la libertad. La sociedad que antes era responsable de su formación, no se ocupa de ellos sino al contrario, los recluta sea para fines bélicos sea para la mano de obra barata en los campos de cultivos. En este contexto, la única iniciación válida para estos niños es la iniciación a matar a los demás, a la promiscuidad y a trabajos indignos.
Así, podemos encontrar en muchos países del continente africano hasta niños de ocho años ejerciendo de soldados, con la única instrucción aprendida, la de matar ya que en su mayoría, nunca pasaron por la escuela de la paz y de la no violencia. Niños que en general son secuestrados en las calles, en las escuelas o en campos de refugiados y sometidos a unos entrenamientos militares o vendidos en Europa. Cuando son niñas a parte de los entrenamientos, son sometidos a continuas violaciones. Este es el caso de «Burundi, Costa de Marfil, República Democrática del Congo, Liberia, Sierra Leona, Sudán, Uganda o Somalia» (Amnistía Internacional 2007).
Después de la mujer, en África es el niño el que vive de forma inhumada. Con frecuencia es torturado y a veces sometido a tratos violentos. En varios hogares se les oyen llorar y pasan días y días sin comer por no haber realizado la tarea encomendada por sus amos, que a veces son sus propios progenitores. Causa de todo este maltrato, se puede observar en muchas ciudades africanas a niños pidiendo en la calle (trabajando para que se beneficien otros, este es el caso de Senegal); niños dedicados a la delincuencia y a la prostitución (los niños callejeros de Camerún); niños convertidos en vendedores ambulantes, niños con rostros y nombres propios, niños que son nuestros hijos, nietos y que podrían llegar a ser el futuro de nuestras sociedades. (cf. las calles de Bata)
En conclusión, el niño africano, en gran parte, es victima del hambre, de enfermedades, de la falta de educación, de violaciones… y a pesar de todas las calamidades que pasa, mantienen viva la esperanza, tiene los ojos abiertos esperando un amanecer diferente. Por eso siempre recibe a la gente con una cara radiante y con una sonrisa manifiesta que invita a mantener firme la esperanza a los desesperados.