 |

  |
Por: Juan Domingo MILAM
Licenciado en Ciencias Económicas, Profesor Especializado de español y de francés
El término “titulisis” lo descubrí por primera vez hace ya muchísimos años durante mis múltiples lecturas, siendo aún estudiante, por lo que ya no me acuerdo con exactitud del nombre de su creador.
No obstante, la titulisis alude a este hábito casi enfermizo que tienen algunas personas en querer tener a cualquier precio un título universitario o académico o de proclamar que lo poseen cuando esto no corresponde a la realidad.
Como ya lo manifestó recientemente en este mismo periódico un ilustre Jurista guineoecuatoriano, cuyo nombre no voy a citar por carecer de tal autorización de su parte, la estima del universitario se fundamenta principalmente en su educación integral y en el bagaje intelectual adquirido por éste durante los años de su formación, así como en LA RENTABILIDAD QUE SE ESPERA DE ÉL EN SU INCORPORACIÓN EN LA VIDA ACTIVA.
En efecto, no es de recibo que una persona supuestamente instruida y culta, en resumen, un intelectual no posea ni domine los conocimientos más básicos y universales de su profesión y que adopte sistemáticamente un comportamiento que lejos de engrandecerlo a los ojos de los que no han tenido su dicha, escandaliza y lo convierte a veces en objeto de mofa.
Hablamos particularmente de esta nuestra mala costumbre de proclamar a los cuatro vientos detener ciertos títulos universitarios o académicos cuando éstos resultan falaces o tanto su comportamiento diario como sus competencias profesionales demuestran todo lo contrario.
Unos casos ilustrativos los observamos muy a menudo por ejemplo en algunos programas televisivos o de radio, en conferencias, incluso en tertulias o debates entre amigos supuestamente instruidos y cultos.
En efecto, no es intelectual el que dice serlo sino el que demuestra diariamente serlo.
El culto debería comportarse y obrar siempre como tal, para que los demás aprendan de él, que no duden de él e, incluso, no pongan nunca en tela de juicio la legitimidad de su título, en el caso de que realmente lo tuviese.
Otro de los aspectos más llamativos y alarmantes es la permisividad y desidia que hacen prueba las autoridades académicas o competentes ante tan denigrante y peligrosa actitud, en cuanto son las que deberían “concienciar” a la opinión pública que ostentar un falso título universitario o mentir sobre su formación académica es un delito grave, penado con la cárcel.
La homologación de títulos extranjeros debería realizarse con máximo rigor y exhaustividad, exigiendo no sólo el correspondiente título académico sino también, y sobre todo, el correspondiente Certificado Académico y otras informaciones complementarias sobre dicho centro de estudios, amén de perseguir judicialmente a los falsarios.
|
 |
 |