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La palabra encierra un mundo misterioso (Cf Valerio Manuncci, “la Biblia como palabra de Dios”, p. 15); ella misma es misterio. Con ella el hombre establece relaciones de comunicación. Él está inmerso en un mundo, un engranaje de comunicaciones. En este movimiento de comunicación la palabra juega un papel importante, porque es parte integrante del desarrollo humano (Cf J.M. Manresa, “los escalones humanos”, p. 329).
En cada momento de la vida el hombre busca dar forma a sus ideas. Antes de sacarlas fuera y configurarse como palabra, las ideas pasan por el filtro de nuestros pensamientos; al exteriorizarse ellas se revelan como palabra. Así la palabra constituye una fuerza capaz de representar toda la realidad de la persona humana, la que la envuelve y la hace ser consciente de que es un ser consciente. Es por tanto, la palabra, la cara exterior de nuestro mundo tan inédito como oculto. Pese a ello, el mundo de la comunicación no se agota en la palabra, salvando su importancia, es parte de este universo en el que el hombre se maneja también con códigos no verbales.
Aunque la palabra existe desde el principio (Jn 1,1), es siempre novedad para el que escucha con atención. Una novedad cargada de un poder maravilloso. El poder de la palabra. Al salpicar da fuerza a las personalidades y potencia las instituciones: el poder de los medios de comunicación social, el poder de los discursos y de los púlpitos, el de los ancianos y los profetas, el de los mandatarios y de la publicidad, etc.
Como diría M. Heidegger, el hombre es el único animal que habla (M. Heidegger, “el ser y el tiempo”, México). Al hablar surgen preguntas y respuestas, gustos y disgustos, si no lo hiciera el mundo pierde el clima que provoca vida. Pues, la palabra es el salvoconducto de ingreso en el universo humano. Hablar, es de alguna manera, llamar a la existencia a una persona, sacar de la nada una vida. Por la eminencia de la vida hay que dar la palabra con ciencia y conciencia. Puede resultar una caja de resonancia nuestra palabra, si nuestro interlocutor no se siente con vida.
En la misma línea si no expresamos nuestros sentimientos, la realidad intrínseca permanece algo inútil y sin sentido y la vida vuelve banal. Y hablando el hombre se instala en sí mismo, se hace cada vez un ser más consciente; es decir, como diría Manuncci, toma posesión de sí mismo. Con la palabra el hombre intenta comprender así mismo, entra en su mundo interior, tan confuso como impreciso; a la vez vago y vacilante. La vida del hombre se hace así una constante búsqueda de entrar en su propio mundo secreto (Segismung F. El hombre consciente, p. 457).
A través de la palabra el hombre es capaz de viajar en el mundo entrañable de otros y de las cosas; para penetrarlos, humanizarlos y hacerles publicidad. Por esta razón escucharla es entrar en la aventura de la búsqueda del otro. Teniendo en cuenta que en la casa del hombre se emigran muchos extraños y la casa de acogida es la palabra: hola, cómo estás, están en tu casa, en qué te puedo servir, son notas que matizan dicha acogida. La misma palabra está a nuestra puerta y llama, si abrimos, entra y cena, con nosotros (Apocalípsis 3, 20) como un comensal más. Su necesidad nos libera de la prisión de la soledad y el fracaso en el logro de esta meta es una locura (Cf. Erich From “el arte de amar”). Pues, tiene aspecto de locura cualquier incapacidad de escucha y de diálogo. Al usar la palabra descubrimos lo que somos y lo que tenemos o está de más para ser lo que estamos llamados a ser. La palabra, es una constante necesidad necesaria para comunicarnos y dialogarnos.
A pesar de múltiples tendencias de manipulaciones a ella sometida, con la palabra es posible construir una sociedad justa y cada vez más humanizada. Al tiempo, con ella se puede instituir un reino definitivamente injusto, deshumanizado y desordenado. No obstante hay tiempo para cada cosa (Eclesiastés). Para el gozo y el regocijo, para el duelo y la sonrisa.
Además de lo que informa la palabra, revela el propio misterio íntimo de quien la pronuncia. Echando un discurso se expone y se saca la máscara de la propia interioridad. Por algo el compromiso de la palabra es el propio examen de conciencia en voz alta. Sin bajar la guardia, antes de echar un sermón medítalo dos veces, habla en conciencia y con autoridad. Procura expresarse con cortesía, a sabiendas que es una exigencia de una convivencia más civilizada. Puesto que en la reciprocidad del yo y del tú, la palabra tiende a crear la unidad del nosotros, esa auténtica comunidad (Conf. Emmanuel Buber) que hace la vida más humanizada.
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