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Por: Nsue ESONO MIBUY, Laurentino Jesús
Ingeniero y Máster en Gestión de Empresas
El término “desarrollo sostenible” es relativamente nuevo y moderno. Su aceptación más generalizada es la formalizada en el Informe Brundtland, fruto de los trabajos realizados por la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo de las Naciones Unidas en el año 1987. Según este informe, el desarrollo sostenible es “AQUÉL DESARROLLO QUE ASEGURA LA SATISFACCIÓN DE LAS NECESIDADES DEL PRESENTE SIN COMPROMETER LA CAPACIDAD DE LAS FUTURAS GENERACIONES PARA ENFRENTARSE A SUS PROPIAS NECESIDADES”.
En base a éste planteamiento, el desarrollo sostenible tiene que satisfacer las necesidades del presente fomentando una actividad económica que suministre los bienes necesarios a toda la población y al mismo tiempo garantizar la satisfacción de las necesidades de las generaciones futuras, reduciendo al mínimo los efectos negativos que la actividad de hoy puede ocasionar en el futuro. En este contexto, cuando nuestra actuación supone costos inevitables para el futuro, es necesario buscar formas de compensar estos efectos negativos con acciones que lo sustituyan, aplicando tecnologías o mejorando la organización social de forma que al mismo tiempo que se satisfacen las necesidades actuales de la sociedad se creen alternativas tecnológicas que garanticen la regeneración de los recursos perecederos y de esta forma minimizar los efectos del desarrollo industrial sobre el ecosistema. Se trata de asegurar que el medio ambiente puede recuperarse a un ritmo más o menos similar al que es afectado por la actividad humana.
Conceptualmente las políticas de desarrollo sostenible así como su aplicación pueden subdividirse en tres partes: Una que representa el desarrollo económico, otra el desarrollo social y por supuesto la que exige la protección del medio ambiente. Estos tres pilares han de estar en estricta interdependencia y se refuerzan mutuamente. Otra de las raíces del desarrollo entendido ya no en términos de crecimiento económico, sino como un medio para lograr un balance más satisfactorio intelectual, afectivo, moral y espiritual es la diversidad cultural que a su vez constituye uno de los grandes pilares en las políticas del desarrollo sostenible. Resulta evidente por tanto, que el desarrollo sostenible no puede centrarse única y exclusivamente en las cuestiones medioambientales.
Algunos discursos políticos como el que propugnan las ideologías liberales enfatizan la posibilidad de compatibilizar el crecimiento económico con la preservación del medio ambiente, el aumento de la productividad y el bienestar social para la mejora efectiva de las condiciones de vida de las sociedades. Otras, sobre todo las calificadas como de “izquierdas” como es el caso del ecosocialismo, sostienen que el problema está en el capitalismo, ya que al estar este sistema basado en la acumulación constante de bienes y al incremento del ritmo de crecimiento económico, es incompatible con la protección del medio ambiente constituyendo una de las mayores fuentes depredadoras del ecosistema. Por tanto, la solución para los ecosocialistas está en la abolición del sistema capitalista paralizando el crecimiento económico y la adopción de un sistema económico basado en el crecimiento cero.
Es evidente que un sistema económico basado en el consumo y la explotación descontrolada de bienes y recursos no puede ser sostenible, puesto que nuestros recursos naturales no son ilimitados. Está demostrado que el desarrollo económico no necesariamente implica una mejora de las condiciones generales de vida de una sociedad, ni siquiera garantiza el crecimiento económico. En Guinea Ecuatorial, por ejemplo, estamos todavía en la fase de cimentación de las bases para el desarrollo económico. En la fase de creación e implantación de infraestructuras, las cuales supuestamente deberán conducirnos a un desarrollo económico y social caracterizado por la autosuficiencia productiva y a la mejora de nuestras condiciones de vida. Una vez culminada la fase de desarrollo estaremos en condiciones de afrontar la fase de crecimiento.
Es incuestionable que cualquier medida relativa a actividades productivas de tipo industrial lleva indisociablemente unos efectos que pueden ser positivos o negativos tanto para la economía del país como para la empresa o el tejido social en general. En ese sentido está claro que el modelo actual de desarrollo industrial no puede ser sostenible en términos medioambientales porque genera contaminaciones tanto de forma directa como a nivel indirecto provocando los consabidos daños sobre nuestro ecosistema que a su vez dan lugar al reiteradamente anunciado y temido cambio climático. Pero, no es menos cierto que éste desarrollo, absolutamente indispensable para la mejora de las condiciones de vida de la mayoría de las sociedades más pobres del planeta, es imparable. El derecho legítimo de los países denominados subdesarrollados o en vías de desarrollo para alcanzar un estado de prosperidad similar o en su defecto lo más aproximado posible al de los más desarrollados, basándose en unos elementales principios de equidad e igualdad es también incuestionable.
Por todo ello, resulta imperativa la necesidad de compaginar o compatibilizar como dicen los liberales las políticas de crecimiento económico con la preservación del medio ambiente, el aumento de la productividad y el bienestar social. Es por tanto necesario definir proyectos viables y reconciliar los aspectos económicos, sociales y medioambientales de cualquier actividad humana destinada al desarrollo. Teniendo en cuenta que los recursos naturales son limitados y una creciente actividad incontrolada como las señaladas, basada únicamente sobre criterios de rentabilidad económica, puede producir graves e irreversibles efectos medioambientales perniciosos tanto a escala local como nacional y planetaria.
Como reglas básicas para garantizar un desarrollo sostenible podemos recoger las siguientes:
1- Ningún recurso renovable deberá utilizarse a un ritmo superior al de su generación.
2- Ningún contaminante deberá producirse a un ritmo superior al que pueda ser reciclado, neutralizado o absorbido por el medio ambiente
3- Ningún recurso no renovable deberá aprovecharse a mayor velocidad de la necesaria para poder ser sustituido por un renovable, utilizado de manera sostenible.
Además de estas reglas, es preciso un cambio de mentalidad. Debe cambiarse la visión actual que sitúa al ser humano como el dueño y señor de todo lo creado y cuyo éxito personal o colectivo se basa en el mayor o menor control y dominio que pueda ejercer sobre la naturaleza. Tenemos que asumir que la Tierra tiene una limitada cantidad de recursos que están a nuestra disposición pero que también deben estar a disposición de los demás hombres y de las generaciones futuras. Éste cambio de mentalidad por supuesto que no es nada fácil, pero es necesario e imprescindible. Debe ser lento pero profundo, porque requiere afianzar unos principios y valores nuevos. Se requiere por tanto unos programas educativos y divulgativos con ejemplos de actuaciones sostenibles y asumir compromisos sociopolíticos.
Y en todo momento, debemos procurar no olvidar nunca la famosa Declaración de Dublín: “El medio ambiente de hoy depende de nuestras acciones de ayer y el medio ambiente de mañana de nuestras acciones de hoy”. ¿Estamos en la posibilidad de asumir el reto de de compaginar el desarrollo económico con la protección del medio ambiente? ¿Estamos en posibilidad de garantizar un DESARROLLO SOSTENIBLE?
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