 |

  |
Por: Patricio Mêñê Micha mí-Abêmê
OH, si comiera serpiente; oh, si comiera serpiente... Cuando la serpiente está aún en la copa del árbol; pero al descenderse ella...” – dice un refrán Fang-. Lo cual explica la insistencia de la persona necesitada de algo vital, que en el momento en que se lo dan, comienza a escandalizarse de ello de modo irresponsable.
Algo similar sucede en Guinea Ecuatorial en el sector laboral en que el vacío de empleo es un gran problema económico, social y político; pero mientras todos los reproches apuntan al gobierno por su aparente “inoperatividad” según muchos, conviene pensar en el fenómeno empleado o aspirante a ello en sí mismo. Y de manera especial en el extraño empleado guineoecuatoriano. Porque viéndolo llorar por la falta de empleo para él, da mucha pena; y su actuación una vez empleado resulta un elemento difícil de definir, debido a sus actuaciones dentro del campo laboral. Fenómeno que se registra tanto en el sector público como en el privado.
Es realidad que el empresario o empleador activa su hacienda para obtener ganancias por lo que le rindan sus actividades. Mas por el hecho de querer aumentarlas es evidente que precise de una ayuda por medio de un empleado del cual espera el máximo rendimiento. Lo que no lograría de forma gratuita, más bien mediante un contrato o compromiso de pago establecido entre él y aquél, regido con determinadas normas. El resumen del contrato es: trabajo es igual al rendimiento, lo que es lo mismo al pago meritorio de lo trabajado o rendido (al empleado). Por lo tanto, un trabajo mal realizado, no completo o no hecho; se paga según se ha realizado, por cuanto se ha realizado y/o no se paga...
El contrato de trabajo conlleva: primero, el deber del empleado a ejecutar todo el trabajo que de él desea su empleador, en el momento que lo desea, cuando lo desea y como lo desea. Segundo, el derecho del empleado por parte de su empleador según el pacto del contrato suscrito. En todo esto, las partes pactadas se exigen por igual, de manera tal que el dueño del empleo deba exigir de su empleado el mejor servicio por el le va a pagarle el convenio; de igual modo el empleado, una vez cumplido con su deber (trabajo), debe exigir del dueño del trabajo su derecho (el jornal o sueldo). En cuanto a las diferencias que puedan surgir entre los dos, están las autoridades competentes para su solución, a las que el uno o el otro pueden recurrir como quiera.
Todo lo que precede es simple ilustración del origen del empleado. Las actuaciones de este mismo en el desempeño de su labor causan esta reflexión:
Ya hemos visto al desempleado guineano cuando no tiene trabajo o empleo, toca cualquier puerta, pasa por toda cocina, pide recomendación a todo pudiente con autoridad o influencia, acude a curanderos y magos o hechiceros, parientes y amigos no se descansan de sus reproches, pide al Dios Trino, al diablo y cuantos espíritus pueda... Todo esto “porque necesita empleo”. Tarde o temprano los recursos suelen dar un resulta positivo por lo cual el necesitado acaba consiguiendo empleo, pero a menudo, el que hace poco era un llorón, muy humilde, pobre necesitado, olvidado, pordiosero y casi mendigo; porque le faltaba trabajo; se convierte en arrogante, importante, imprescindible, exigente de sus derechos pero incumplidor de sus deberes; es ya violento, insolente, insoportable, insatisfecho, maleducado, ladrón, eterno ausente en su puesto de trabajo y quien de buenas a la primera recurre a las autoridades laborales reclamando “sus derechos”. En perjuicio de la empresa o del empresario que, a la postre se queda sin ningún indicio de rendimiento, pues del tal empleado inexigible-exigente, nada se ha podido sacar provecho.
Lo pésimo suele ser además, los disgustos sociales provocados por semejante intruso si su colocación ha sido gracias a una recomendación de algún amigo, pariente o conocido suyo al empleador, la confianza dada se torna en traición con la consiguiente rotura de las buenas relaciones sociales, a causa del desear hacerle bien a un necio.
Este fenómeno tiene diferentes efectos según se trate del empleado público o privado. El del sector privado de Guinea Ecuatorial, si es simple, es decir que no tiene lazos directos con ciertos personajes influyentes entre las “vacas gordas”, el empleador puede reducir el vigor de sus agallas sin dificultades con el despido (aunque pierda por ello algunas centenas de miles de francos; con tal que se libre de sus perjuicios a su empresa). Lo complejo supervive en la administración pública, donde hay un personal igualmente complejo a causa de sus diferentes y raras procedencias: hijos de papás y de mamás, los cuñados de los cuñados de..., las amigas de... los hermanos/as de..., los primos de los sobrinos de..., la suegra/o de..., los intocables, los innombrables, los inmirables, los ¿sabes quién me ha puesto aquí? Los “de dentro de casa”..., los esaaa..., los nkoo..., los ooo..., los de la cocina, los del clan..., los ¿sabes con quién tratas? Los “aankûiñ anê anküiñ (ya saldrá como salga) y los sin importa. Además de los verdaderos funcionarios de profesión.
De esos que son la mayoría de cuyo origen si complejo obstaculiza su control y, por ende su rendimiento, radica el caos de la administración pública local, porque de verdad: N O RIN D E N absolutamente nada. De hecho, no están en la lista de empleados públicos como tales, más bien por su procedencia, así no sirven ni se les puede exigir N A D A, por el riesgo de que sea más exigido el exigente. Así los tenemos en el despacho cuando quieren ellos, como quieren y hacen lo que quieren menos, subordinarse a la jerarquía, cumplir con el servicio, proceder según las normas administrativas legalmente vigentes. El colmo de ello es que, CADA FINAL DE MES FIRMAN SUS NÓMINAS SIEMPRE INMACULADAS y, perciben el dinero con que comer el PAN DE BALDE.
Por supuesto, el gran pecado de la función pública de Guinea Ecuatorial sea el almacenamiento en los departamentos oficialmente públicos, de un personal que nada se le exige y hace lo que le place, actúa con pleno libertinaje sin que se le pueda dar el mínimo reproche significativo. Lo que no deja de envenenar la conciencia de los demás que trabajan con conocimiento de causa. Verbigracia: ¿cómo se explica la existencia de empleados públicos que faltan más de una semana en un solo mes, se ausentan durante meses por tener que ir a viajes de negocios constantemente, desaparecen sin pedir permiso, etc. Pero cuando se presentan al banco para cobrar, tienen todo su salario completo? ¿No es bonita manera de llamar tontos a los que sacrifican sus quehaceres personales por el servicio y, los orientan al camino de cobrar salario sin haber trabajado? Esto es una injusticia de peso pesado en la conciencia.
No hay duda de que las deficiencias en el rendimiento del empleado guineano se deben a que está exageradamente exento de exigencia laboral mientras gana su PAN DE BALDE, un problema que los “puede” deben tener entre los primeros temas de sus agendas, en pro del CAMBIO DE MANTALIDAD.
|
 |
 |