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Por: Agustín Nze Nfumu
Embajador de Guinea Ecuatorial en Gran Bretaña
Presidente del C. de A. de “La Gaceta de Guinea”
No sé cuántos guineoecuatorianos habrán oído hablar de José Martí, ese cubano periodista, intelectual, altruista, sencillo y frágil, nacido en la Habana, en 1853 y muerto en Cuba, luchando contra la dominación colonial, en 1895. Líder nato, a pesar de la fragilidad de su cuerpo y lo efímero de su vida (solo 42 años), supo amar su tierra hasta el sacrificio último; supo granjearse, tanto de los cubanos como de los extranjeros, tanto de amigos como de enemigos, una admiración sin límites, por su humanismo, amor por los demás, por su amor por la libertad, en su más pura y sincera expresión.
Pero no es la biografía del ilustre y universal cubano la que pretendo escrutar en este escrito, lo cual me apena mucho, pues serviría de aporte enriquecedor enorme para ilustrarnos en la forma de ser y de amar al país y a lo nuestro. Debo reconocer que mi humilde pluma y el limitado especio que nos es dado en LA GACETA DE GUINEA ECUATORIAL, no me permiten contener tanta grandeza como la que se encerraba en el diminuto cuerpo de Martí. Porque en él adquiere más fuerza el dicho de “lo importante no es el continente sino el contenido”
De José Martí me interesa en esta ocasión la dimensión de su amor por lo suyo, por Cuba y los cubanos, amor que le llevó a escribir en sendos poemas los versos cuyas estrofas fueron reunidas en una canción de origen popular, dedicada a exaltar a la mujer de Guantánamo. Según el investigador musical Natalio Galán, la música de la “Guantanamera” encuentra sus raíces en el pasacallo que a su vez es una modificación del pasacalle español de 1730.
Las estrofas más significativas que quiero resaltar de la canción que nos ha llegado (entre otras cientos de versiones) son las siguientes:
Yo soy un hombre sincero
de donde crece la palma
y antes de morirme quiero
echar mis versos del alma
(sacada del poema “Yo soy un hombre sincero”)
Mi verso es de un verde claro
y de un carmín encendido,
mi verso es un ciervo herido
que busca en el monte amparo
(sacada del poema “Si ves un monte
de espumas”)
Cultivo una rosa blanca
en julio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca
(sacada del poema “Cultivo una rosa blanca”)
Y yo le pregunto a mis compatriotas, a todos nosotros, si entendemos la que quiere decir Martí en sus versos o, si lo entendemos, ¿cuánta es nuestra voluntad para seguir tan sublime ejemplo de amor?
Martí cultivó, con su vida y ejemplo, una rosa blanca: la del amor sincero, la del reconocimiento de la condición de humano y prójimo en los demás, la de la aceptación de la diversidad como elemento de riqueza y de suma de valores; la rosa de la tolerancia y del amor por lo justo, la rosa de la fe por la humildad, que invita a abrazar al enfermo para sanar su espíritu, al pobre para enriquecer sus ilusiones, al desesperado para regar vigor y esperanza a su vida.
La rosa blanca que cultivó Martí no conoció limitaciones, ni climatológicas ni de ubicación; el enorme amor por su Cuba y “sus cubanos” hizo que aquella rosa creciera lozana y pura en todos los corazones y en todas las etapas que la vida le deparó. Y lo más sublime es que Martí cogió la rosa blanca con sus delicadas manos y la tendió a la mano franca del amigo sincero, para que ésta la pasara a otras manos francas y sinceras que construyan un pueblo unido y hermano.
Es este hermano que busca Martí en el ciervo herido, que vuelve corriendo al monte, su monte, el monte de sus padres y hermanos, el de su tierra y del olor a patria, el monte de sus antepasados y de su descendencia, a buscar amparo. Martí llama a ese hombre sencillo, que sabe que si está herido, desesperado y necesitado de calor, puede volver corriendo al regazo del calor de la madre-hermana, a cobijarse bajo el manto protector de la solidaridad de los hermanos, para recibir amor..
Llegados aquí, y dado que no puedo comprimir por más tiempo la belleza profunda de los sencillos versos de Martí, así como la profundidad de su amor y entrega, prefiero retornar a nuestra Guinea Ecuatorial, y a nosotros, sus hijos. Y esto es para nosotros sus hijos, que nos decimos políticos, empresarios, magnates, ricos y pudientes, grandes hacendados y poderosos directores de servicios y administraciones; para nosotros los “hacedores de sociedad” , los “importantes” creadores de las formas y hábitos que definen la convivencia entre los hombres, para invitarnos a hacernos la pregunta de si pensamos de alguna manera igual que Martí, igual que lo que nos ha hecho saber por su vida y sus delicados poemas.
Porque el amigo sincero al que se refiere el incomparable inspirador de revoluciones, creador de conciencias, tanto en occidente como en oriente, por encima de credos políticos y simpatías ideológico-convencionales, el amigo sincero de Martí es el habitante de esa sociedad en la que la gente se respeta, se tolera y reconoce los valores individuales , pero no para que los mismos sirvan de instrumento de discordia, exclusiones y desprecio de unos hacia otros, sino que constituyan un aporte enriquecedor y positivo, multiplicador de valores, en aras de la consecución de los objetivos que hagan posible el bienestar general.
El amigo sincero es aquel con quien se puede trabajar en un despacho, en una estructura administrativa o política, sin recelos; es la persona que, en vez de rumiar maldiciones y venganzas amargas ante los éxitos del vecino, se alegra y los celebra, teniendo la convicción de que la sociedad avanza y se edifica sobre las bases de la suma de los valores individuales puestos al servicio de la colectividad.
El amigo sincero es aquel que ve en el vecino a un compañero en el esfuerzo cotidiano, un complemento necesario e imprescindible para el esfuerzo constructor, y como tal, le apoya aconseja y anima; el que no duda en elogiar el valor y no siente rubor alguno si tiene que aprender para enriquecerse en el saber hacer y en el “comprender mejor”.
El amigo sincero es el que no duda en decir “ayúdame”; es aquel junto al que puedes obrar sin reparo, con toda confianza y seguridad, teniendo la garantía de que tienes junto a ti, y contigo, a un sujeto, un respaldo, que tanto en los momentos de regocijo como en los de lamentos y llanto, te tenderá su mano franca para ayudarte a caminar, para seguir adelante contigo, ofreciéndote siempre su hombro y su amistad como apoyos indefectibles.
Es amigo sincero este monte verde y protector al que puedes correr a protegerte, cuando la vida se te ha vuelto hostil, cuando tu cuerpo se ha visto mermado y disminuido por la enfermedad y la fatiga, cuando tu esfuerzo por avanzar ha topado con el muro del fracaso y la impotencia. Este monte de amparo es este hombre pudiente que usa de su fuerza y poder, no para la mera ostentación sino para dar de comer al que, tras luchar sin tregua, no lo ha podido conseguir; para ayudar al que sus propios esfuerzos no logran levantar de la necesidad, para crear esperanzas donde la tragedia ha asolado con su crueldad, para hacer sonreír a quien ya estaba olvidándose de hacerlo.
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