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Cosas que me ocurren
Así lo dijo Albert Einstein

Por: Agustín Nze Nfumu
Embajador de Guinea Ecuatorial en Gran Bretaña
Presidente del C. de A. de “La Gaceta de Guinea”

Solo el más ausente de los mortales puede poner cara de duda si le preguntan por Albert Einstein, ese “monstruo” de la inteligencia y de la ciencia, nacido en Alemania, nacionalizado norteamericano y descubridor de la fuerza más devastadora que escondía la naturaleza en las nubes de lo desconocido…
Pero no voy a recordar a Einstein, el del aspecto descuidado y eternamente despeinado, que ha legado al mundo la imagen del científico y sabio que se cuida de todo menos de su propio aspecto. Le quiero recordar, no por el átomo ni la bomba que él puso en las inmaduras manos y enfermiza mente de los humanos; tampoco quiero hacerlo por su sesuda y nunca igualada habilidad con los números y los cálculos difíciles, ya que todo eso aburre a los “normales” como yo. Quiero evocar su memoria por otra virtud poco conocida que tenía, y de la que muy poco se habla: la de las famosas frases sueltas, con mensajes lapidarios y significativos.
Me ha llamado la atención una muy interesante, y que me ha invitado a reflexionar en voz alta y para compartir mis elucubraciones con los que lean este escrito, sin ánimo alguno de dar lecciones ni de emular- ¡Dios me libre de tal desquiciada intención! -a Einstein.
Y la frase es “HAY DOS COSAS INFINITAS: EL UNIVERSO Y LA ESTUPIDEZ HUMANA… Y DEL UNIVERSO NO ESTOY SEGURO”
Pero las grandísimas personas como “Alberto” Einstein “pecan” de lo que no padecemos la mayoría de los humanos: la sencillez y la humilde e inocente visión de la realidad.
Es que Albert conoció hasta la exageración lo que la vanidad y la inconsciencia humanas (hermanas gemelas de la estupidez) son capaces de hacer como daño a la propia especie humana. No necesito recordar aquí la inconmensurable fuerza destructiva de la bomba atómica y sus devastadores efectos para apoyar mis palabras, pues todos tienen presentes Horishima y Nakasaki, todos tienen presentes la puga que tienen los poderosos por poseer, solo ellos, la llave de la destrucción de este potentísimo fenómeno de la naturaleza, manipulado por la inteligencia decadente del hombre. Los humanos, cuanto más “desarrollados” nos decimos, más primitivos son nuestros instintos; rendimos más culto a la destrucción, al odio y al sufrimiento, antes que al amor, la construcción y la convivencia en la paz.
El átomo genera fuerza para la electricidad, pero nuestros instintos bajos nos llevan a concebir el uso de la electricidad para fabricar sillas eléctricas con que matar al hombre, para concebir instrumentos de tortura a base de electricidad, para crear aparatos de destrucción, cuando no es para fabricar y amontonar más bombas atómicas.
¿Y todo por qué?. Por la estúpida vanidad de la especie humana, que no sabe hacer otra cosa que no sea pelear en un absurdo combate por ver “quién puede más”, quién llega más lejos en el ejercicio de la desrazón.
No quiere este escrito ser recriminatorio contra nadie en particular, sean individuos o instituciones, sean pueblos o naciones. Pretende solo trasmitir mi pregunta de si no será estúpido el 80% de la actuación del ser humano en la sociedad, en este “valle de lágrimas” que llamamos Tierra.
Digo que analizando sencillamente las cosas, no llegaríamos a concluir todos que Einstein tenía toda la razón del mundo cuando colocó a la humanidad bajo el influjo de la reacción estúpida en todo lo que hace, y que, para el colmo, da por bueno y justo.
¿No será que, aún cuando creemos haber obrado con el máximo de cordura, derecho y mesura, siempre incurrimos en la estupidez? ¿No será que la estupidez es eso que hace que pensemos que nuestra diferencia de los seres que llamamos irracionales estriba en el hecho de que somos superiores en las reacciones y acciones, cuando, en realidad, ellos son los que demuestran mayor nivel de “cordura”, por la gracia de la sabiduría de la naturaleza” en sus comportamientos?
Porque el león, el tigre o el leopardo, todos fieras peligrosísimas de los bosques, nunca atacan ni matan por placer sino para cumplir con el mandato sabio de la madre naturaleza, que es buscar alimento para vivir. Tú, yo y aquél, sin embargo, matamos, humillamos, destruimos al prójimo porque queremos, porque le queremos exterminar, sin que eso nos aporte beneficio alguno, solo, a veces, porque no nos gusta su cara, no nos gusta su triunfo y su capacidad de hacer bien lo que no logramos nosotros hacer. El animal no siente envidia, nosotros sí. La envidia es una actitud estúpida, dado que no aporta nada positivo ni constructivo en la persona que la siente u obra empujada por la misma.
Miremos y analicemos bien nuestros comportamientos y veremos que, en la mayoría de las veces, responden a impulsos estúpidos, incapaces de aportar nada positivo:
El dinero, por ejemplo, es necesario para procurarse los bienes materiales que permiten vivir con decencia y sin estrecheces, o sea, vivir normalmente; ¿cuántos humanos hay que, habiendo alcanzado lo que necesitan para vivir dentro de esa “normalidad” que les permite vivir sin privaciones, incluso para dejar a sus hijos y a los hijos de sus hijos en la misma situación holgada, en vez de decirse “ esto ya me permite vivir y hacer vivir a los míos” se afanan de manera alocada y fanática en hacer más y más dinero, aún a costa de arrancarle las migajas al que apenas tiene para ver con claridad el amanecer de cada día?, ¡la gran mayoría de los ricos y super-ricos!
A esto se le llama avaricia y falta de escrúpulos, ambos, primos de la estupidez. Puesto que, si el hombre tuviera la suficiente presencia de lo “humanamente solidario” como para concluir por sí mismo que siendo su estancia aquí “abajo” tan corta y efímera, la inmensidad de sus riquezas no servirá de nada para su camino hacia el más allá; que sin embargo, lo que hubiera permitido que alivie la miseria del prójimo, quizás no “le lleve al cielo”, pero le acompañaría con la satisfacción de “lo bien hecho”.
Muchos justifican la avaricia y la sed por lo material diciendo que “es para la historia”, “para dejar un nombre”. O sea, por vanidad y la cortedad de visión que permiten que el hombre-solidario muera en su interior, prisionero de la jaula de la intolerancia.
Es estupidez humana, porque es vanidad, la colección y acumulación vergonzosa de lo material, incluso en un entorno en que las carencias son obvias, en el que los demás mortales gimen por la insuficiencia y el “no tener qué llevarse a la boca”.
Estupidez humana es ver cómo se ahoga el prójimo, mientras pasas en tu yate de lujo, vibrando en el placer de la opulencia.
Estupidez humana es la obstinación que tenemos por que se nos vea, se nos considere importantes, se nos adule y adore, cuando, en realidad, todas esas son actitudes y palabras que vuelan con el viento y desaparecen en cuanto damos la espalda o dejamos de estar en el pedestal de los grandes. Como también es estúpido, en el fondo, creernos que un puesto de trabajo, un cargo o una posición privilegiada en la sociedad, nos confiera el estatus de semidioses, la categoría de dioses menores y que, por lo tanto, nos pone encime de las debilidades y limitaciones a las que la madre naturaleza nos condenó a todos los humanos. Los puestos y las categorías sociales o políticas, nos suelen cubrir con el opaco manto del olvido, que nos lleva a olvidarnos de que procedemos de esta masa grande, a veces informe, que llamamos pueblo y que, desaparecido el caro, el puesto o el privilegio, a ella volveremos. Nos matamos, nos peleamos, incluso, infligimos daños irreparables a los demás, sin ningún tipo de compasión, por una posición social, un bien o un ascenso, olvidándonos ( o prefiriendo no acordarnos) de que se trata de una responsabilidad que se da por otra persona, que puede retirárnosla en cualquier momento.
Estupidez es el poder y la gloria que buscamos, con tanto ahínco y delirio, eliminando obstáculos imaginarios, burlando a la misericordia y la compasión por los demás, eliminando de nuestra mente el perdón y el amor, Nos engañamos creyendo que nuestra vida es más completa cuanto más alto estemos, más alejados de clamor de nuestros semejantes, del color de sus sudores y el suspiro de sus desesperaciones, impotencias y frustraciones.
Estupidez humana es el robar, asesinar, destruir…y solo porque se quiere ser más rico que ayer y menos que mañana, mientras nos olvidamos de nuestro “ayer” llega con cada amanecer, y que cada atardecer nos acerca irremisiblemente al final de nuestra estancia aquí “abajo”. ¡Y qué poco se lleva uno en ese viaje final!
Estupidez humana es valernos de los que sabemos o poseemos para escupir humillación a la cara del que creemos que no sabe; esgrimir la espada de la fuerza para segar la esperanza del que busca sin alcanzar.
Estupidez humana es cuando cazamos animales que no necesitamos para comer, solo para poder exhibirlos como trofeo de caza, trofeo que es el fiel reflejo de nuestra acumulación interior de una venganza ciega contra lo bueno que nos rodea, lo sublime que es el hecho de vivir y la belleza de la diversidad en la comunidad de los seres que respiran la bendición del aire que alimenta y da vida.
Pero verán que he hablado de estupidez, y no de estúpidos.
Y es porque los estúpidos no hacen estupideces,, son los hombres con formación, aquellos con capacidad de pensar, cuajar sus ideas, madurarlas y proyectarlas hacia hechos concretos, los que mayores estupideces hacen.
Veamos algunos ejemplos:
Avisados hombres de la política internacional, gente respetada y valorada en el ambiente político y social del mundo, coincidieron el pasado día 25 de marzo en declarar, para regocijo de unos y escándalo de otros, que Iraq, la sufrida, destruida y casi arrasada, descendiente de la gran Mesopotamia, “se encuentra hoy mejor que antes del inicio de la guerra en 2003”. Y habrá que creerles, porque consideran, en la clásica ceguera de la clase pensante de la humanidad, como vida mejor, los cientos de miles de iraquíes de todas las etnias muertos hasta ahora, y que siguen muriendo cada día; ven como “mejor” el río de sangre que corre por las calles de todas las agrupaciones poblacionales de ese sufrido país; ven como “mejor” los 4000 soldados norteamericanos fallecidos, que se traducen en cuatro mil familias que lloran, o sea, cientos de miles, si no millones, de norteamericanos que tienen muertos que llorar; ven como “mejor” los cientos de miles de niños que se han quedado sin padres, sin madres, sin piernas, brazos, ojos, etc… por no hablar de los cientos de civiles, religiosos, asistentes para el desarrollo y misioneros, médicos, periodistas, etc. de todas las nacionalidades, razas y religiones, que engrosan la interminable lista de secuestrados, muertos y mutilados… Iraq está muchísimo mejor en sangre y destrucción…
Y quien habla de Iraq, habla de Darfur, del Congo, Comores, Colombia, etc…donde la muerte, llevada por la intolerancia del hombre, está campeando a sus anchas; en donde los niños mueren primero en el espíritu antes de dejar que sus flácidos cuerpos vuelvan a la tierra de donde se preguntan si valió la pena haber salido…
Y mentes humanas que no padecen, aparentemente, patología alguna, porque no existe todavía aparato o medicina que determine el grado de la “estupidez inteligente”, son las que practican la pedofilia, los incestos, los parricidios, el proxenetismo, los extremismos religiosos y políticos, la xenofobia, etc…
Y resulta que, cuanto más avanzada se dice una sociedad, mas estúpidamente se comportan sus individuos en sus cotidianas manifestaciones y acciones, mientras se sienten complacidos y orgullosos de sí mismos. Por ejemplo: ¿Existe una mente humana, sencillamente normal y cuerda, por más primitiva que fuera su concepción de lo justo, que entienda que una persona, porque le sobra dinero, porque no sabe qué hacer con él, porque no ve cuánta miseria y desesperación hay en el mundo, por el hambre, las enfermedades y la insuficiencia del mínimo necesario de sus prójimos, se preste a gastar millones de dólares para hacer un efímero y ridículo viaje en una nave espacial, donde ni siquiera va a comer como un ser humano normal, ni moverse como “Dios manda” ni hacer sus necesidades biológicas en posiciones ordenadas y sabiamente establecidas por la naturaleza?; ¿es de lógica que haya hoy en día gente pagando cientos de miles de dólares para reservar plazas para viajes de unas horitas nada más a la luna, en estrechas naves en las que irán como “sardinas en lata”, mientras en sus propios países- por no mencionar África y el tercer mundo en general- ricos como son, aún hay gente durmiendo en cartones en los huecos de las escaleras y debajo de puentes?
Mirado fríamente todos eso, ¿no se dan cuenta que la primera reacción de una mente sana es la de exclamar “estos tíos están locos”?.
A lo mejor, y este es el epílogo más sorprendente de esta mi “también estúpida” disertación, Jesucristo, Mahoma, Buda, etc… que con palabras tan sencillamente bellas, pero igualmente crudas y directas, dirigidas a la conciencia humana, como “deja todo cuanto tienes, ven y sígueme”, o “ da de comer al hambriento “comparte tu comida”, “corta una parte de tu manto y cubre al necesitado” no tuvieron razón, cuando pensaron que era la mejor manera de hacer que la vida de los humanos en la tierra signifique más convivencia entre los seres a la que la naturaleza amó tanto dotándoles del don superior de pensar y decidir lo que quieren hacer y lo que no, permitiéndoles escoger entre la alegría de haber ayudado a sonreír al que lloraba y la tortura de haber borrado la sonrisa de la boca del que necesitaba de ella para esperar y soñar.
Quizás, personas como la Madre Teresa de Calcuta y tantos más, hombres y mujeres sencillos, cuyos nombres no figuran en las primeras páginas de ninguna revista, o son recibidos con honores ni pompa, cuyas tumbas están diseminadas y olvidadas en todas las partes del mundo en donde han intentado hacer más humanos a los hombres, sean los únicos que estén convencidos de haber captado mejor el mensaje que quisieron transmitir a la humanidad las personas que he mencionado en el párrafo anterior.
“Albertito” Einstein, a quien un profesor calificó de mal estudiante en su juventud, y que se convirtió en lo que todos conocemos hoy en día, descubrió, con su mente clara y sencilla ( porque los sabios son gente de mente sencilla y humilde, sin grande pretensiones ni ambiciones) esta enfermedad que nos corroe a los humanos de estos siglos de la modernidad y la tecnología, y que nos hace considerar loable, imitable y lógico lo que, en realidad, no es sino en fruto de esta estupidez inteligente a que se refiere en su frase lapidaria.
El hombre, en su altanería, en su hipocresía y vanidad, ha creado y se ha rodeado de una realidad social que está acabando con lo más preciado de su condición: la humildad, la contención y la compasión.
¿No será por eso que Einstein añadió aquello de “…Y del universo no estoy seguro”? O sea que, “Alberto” veía tan mal la enfermedad de la “estupidez racional” del hombre que evocó la posibilidad de que se pudiera “abarcar” el universo antes que acabar con ella..
¡Los sabios dicen de cada cosa....!


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