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Por: César A. Mba Abogo
Doctorando en Relaciones Internacionales
El estado africano es una realidad poscolonial, es decir, se trata de un producto inmediato de la ruptura histórica del orden colonial impuesto por los decimonónicos imperios europeos. Recién independizados, los estados africanos se propusieron como objetivo fundamental el desarrollo, entendiendo este como un proceso de modernización que debía culminar con la efectiva introducción del modelo de sociedad occidental, o lo que entendían por tal, en África. En esta perspectiva, los dirigentes africanos impusieron a sus pueblos regimenes políticos monopartidistas. La idea de esta organización política era evitar dispersar las fuerzas en los debates políticos y sus divergencias, para así concentrar todos los recursos hacia un solo objetivo: la construcción y el desarrollo del Estado moderno. Durante los primeros años de la independencia, y en el orden netamente económico, el sueño del desarrollo se reveló como un mito para las mayorías. Por un lado, África no reunía las mismas condiciones que durante el siglo XVIII y XIX posibilitaron el desarrollo europeo que los líderes africanos trataban de imitar, el hecho de no tener en cuenta las realidades sociológicas se convirtió en un handicap insoslayable. Por otro lado, además de mantener tal cual la infraestructura económica y política heredada de la ocupación europea, la actividad económica de las naciones liberadas siguió estando orientada a la satisfacción de las necesidades de las antiguas metrópolis en lugar de concentrarse en las necesidades nacionales. Después de dos décadas de consenso entorno a la bondad del partido único, el modelo de estado como agente de desarrollo nacional desembocó en un rotundo fracaso. Ningún país africano alcanzó un nivel de vida comparable al que se pensaba reproducir. Por el contrario, varios encontraron muchas dificultades, una de cuyas consecuencias inmediatas fue un extremo deterioro de las condiciones de vida de las poblaciones y, de forma realmente dramática, del segmento femenino.
Referirse, en pocas palabras, a la mujer africana, parece una empresa difícil. ¿Qué enfatizar? Tal vez la vinculación de la mujer a las diferentes crisis por las que atraviesa África. O bien centrarse en la larga lucha de la población femenina por adaptarse y sobrevivir en un sistema socioeconómico cambiante, que le plantea cada día nuevas demandas sin darle, a menudo, los medios para hacerles frente. El tema presenta múltiples posibilidades. Sin embargo, crisis y transformaciones socioeconómicas, privatización de la tierra y migración, trabajo asalariado y monetarización de la economía son aspectos de un mismo fenómeno. Es decir, nos encontramos frente a un proceso de cambio global que afecta al sistema de vida africano en su totalidad. Las dinámicas desencadenadas por los procesos de liberación, la instauración de los sistemas monopartidistas y el impacto de la ola democratizadora impulsada por la implosión del bloque comunista han tenido un efecto sustantivo en el segmento poblacional femenino. Dentro de dichas dinámicas, tanto la discriminación contra la mujer como la dependencia respecto a las vicisitudes y directivas del sistema mundial que sufren los estados africanos, han tendido a perpetuarse. Concebir a la mujer africana fuera de esta compleja red de interacciones sociales, culturales, económicas y políticas no es sino una ficción, pero una ficción comúnmente aceptada, que desgraciadamente orienta muchos proyectos de desarrollo y define prioridades de acción. La tendencia a ver a la mujer africana más como “mujer” –en abstracto- que como mujer de una región y grupo social específico, orienta mucha de las iniciativas internacionales destinadas a apoyar a la mujer africana. Es en esta abstracción donde se manifiesta, en su desnuda crudeza, la mayor discriminación contra la mujer africana: concebirla fuera de un proceso histórico concreto, que, como en el caso del hombre africano, conforma un sistema de determinaciones e influencias, de problemas y demandas. Al reducir la complejidad del mundo femenino negroafricano a unas pocas dimensiones se distorsiona el papel de la mujer como parte integral e indispensable en el proceso de desarrollo. Así, en vez de una estrategia global que la incorpore a todos los niveles del mismo se tiene una miríada de pequeños proyectos puntuales, no necesariamente vinculados entre sí, que se orientan a grupos o personas elegidos al arbitrio y cuyos beneficios, si los hay, no son irradiados a la comunidad. Al contrario, se acentúa un perverso proceso de estratificación social.
La tendencia a concebir el desarrollo de la mujer y de la sociedad como una sumatoria de pequeños proyectos destinados a aliviar su condición de vida, se agrega una visión de la mujer africana que comporta una mezcla de curiosidad y otro tanto de conmiseración. La mujer africana es percibida como exótica, objeto pasivo de fuerzas sociales e imperativos masculinos. Dentro de este contexto, manifestaciones culturales tales como prácticas ornamentales o ceremonias rituales son vistas desde una perspectiva folklórica y explotadas hasta la saciedad por los medios de comunicación occidentales. Prácticas tradicionales, que en una época tuvieron una función económica y social, son enjuiciadas a partir de los patrones de comportamiento occidentales.
La victimización sistemática que se hace de la mujer africana puede, quizás, contribuir a crear conciencia sobre ciertos problemas y promover a la búsqueda de soluciones. Pero aún así presenta un aspecto negativo, que es el de promover una imagen parcial de la mujer, olvidando sus características de sujeto activo. Contrariamente a la percepción de la mujer como fuerza social, aspecto ampliamente relatado por escritoras como Amma Darko, Ken Bugul, Paulina Chiziane o nuestra Maria Nsue, se pretende consolidar imágenes negativas que traen en la manga una visión de África como un mundo ya hecho, irreversible y sumido en un destino trágico. En este sentido, la victimización refuerza el statu-quo, promoviendo acciones reivindicativas que entorpecen la creatividad requerida para un cambio estructural. Por otro lado, la prédica de la cínica hermandad femenina que llega desde el norte pone un acentuado énfasis en el antagonismo entre sexos en lugar de hacerlo en la requerida igualdad. Esta artificialización de alianzas y rechazos, además de ser poco realista y generadora de conflictos, desvía los esfuerzos de acceso equitativo a los recursos y frutos del desarrollo hacia metas menos apremiantes y constructivas.
El contingente femenino de las sociedades africanas no es homogéneo, se trata de un segmento diferenciado por regiones, etnias, clases sociales, culturales y grupos generacionales. En África, la mujer ha tenido un rol preponderante en la sociedad, en la generación de medios de subsistencia, mucho más en condiciones adversas, en la preservación del patrimonio cultural, en la participación en movimientos sociales y políticos que han cambiado el curso de la historia del continente. Estas y tantas otras realizaciones se han dado bajo la égida de una discriminación de género, a nivel nacional, y de subordinación dentro del sistema internacional de las sociedades en las que viven. La mujer africana ha demostrado su capacidad para actuar como agente en el proceso de desarrollo, los estados africanos, no para acallar a los mass media occidentales, deberían enfatizar e implementar, mediante una mayor apertura y acercamiento a los medios, políticas e instrumentos que posibiliten la expansión de las capacidades del segmento femenino. África, lejos de los clichés mediáticos, goza de un patrimonio cultural híbrido, que enriquece la gama de posibilidades para un estilo de desarrollo propio. Es dentro de este contexto de respeto por los aspectos significativos de las culturas regionales que la imagen y el rol de la mujer africana deben definirse, sin apelar a imágenes y soluciones provenientes de otras sociedades.
Los rezagos de siglos de explotación han configurado una situación de verdadera emergencia en cuanto a salud, nutrición, educación, vivienda, etc., se refiere. Esta situación afecta principalmente a la mujer, que es quien, en último término, se responsabiliza del grupo familiar. Es evidente que la magnitud y extensión de los problemas señalados no se soluciona con paliativos ni con “ayuda”, sino con un proceso de desarrollo integrado y global, en el que al mismo tiempo se le confiera a la mujer africana la requerida igualdad y acceso a todas las esferas del desarrollo. Los estados africanos no deberían ceder la iniciativa a las ONG occidentales y a las agencias internacionales en lo que concierne a la expansión de las capacidades del segmento femenino. La ampliación de las capacidades del segmento femenino es un paso insoslayable en lo que concierne a la consecución del desarrollo de las sociedades africanas. Tal ampliación permitiría, indirectamente, estimular la productividad, elevar el crecimiento económico y ampliar las prioridades de desarrollo. De forma directa, afectaría al ámbito de las libertades humanas, el bienestar social y la calidad de vida, tanto por sus valores intrínsecos como por su condición de elemento constitutivo de las mismas. El alcance de la cuestión aquí planteada no se traduce simplemente en la exigencia de un refinamiento analítico de los planes de “ayuda”, sus connotaciones apuntan directamente al epicentro de la política de género de los estados africanos. No pretendemos menospreciar la tarea de algunas ONG occidentales ni denostar los programas de desarrollo de las agencias internacionales, simplemente queremos hacer patente que los medios y los fines de los procesos de desarrollo deberían contemplar los valores compartidos de la sociedad. Dejar la expansión de las capacidades humanas del contingente femenino en manos de las ONG occidentales y las agencias internacionales, atrapados en esquemas que oscilan entre el feminismo en abstracto y la conmiseración del exotismo, es un freno al desarrollo en África. Como en tantos otros campos, si África quiere mejorar los actuales niveles de desarrollo humano debe ser ella misma la que lidere, con voz propia y manejando conceptos propios, el debate sobre la situación de las mujeres en nuestras sociedades.
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