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Por: José Eduardo Balabasquer López
Presidente de “Macoelamba”
Sin duda estas crónicas son de difícil relato para mí, porque tienen grandes luces y grandes sombras, ambas de igual intensidad y por tanto emociones encontradas y recuerdos contenidos. En cualquier caso, esta aventura, como la vida, fue una amalgama de emociones contrapuestas, para todos aquellos que de una forma u otra participaron en ella.
No quiero dejar pasar ni un momento más, sin deciros que el piloto habitual que corría con la responsabilidad de esta misión, era el capitán Miguel Delgado Rosique.
También os digo que en mi casa y a lo largo de todos estos años que han pasado, muchas veces se ha pronunciado ese nombre y con todo el agradecimiento, cariño y reconocimiento del mundo, vaya por delante este homenaje a su persona porque, gracias a él se pudo terminar un trabajo que de otro modo se hubiera tenido que posponer sin fecha.
Volviendo a donde lo dejamos, la verdad es que siempre era Rosique el piloto que subía, no tengo información de si era por amistad con los miembros de la expedición, por órdenes del mando o por su propio gusto; no me extrañaría porque para un piloto profesional y en su lugar, yo habría estado encantado de encargarme de esa misión, el caso es que así era.
Sin embargo y a pesar del empeño de todos, el problema de los suministros vía aérea, no acababa de funcionar bien y la amenaza de suspensión de los trabajos, planeaba en la mente de los participantes. Los bultos de medicinas, se perdían en un cincuenta por ciento de los casos y los recipientes de agua, a pesar de todas las precauciones, no había forma humana de encontrarlos en el bosque, o aparecían destrozados después de una larga búsqueda.
Los expedicionarios tenían una emisora de radio portátil, cuya batería se descargaba con frecuencia, y pasaban días hasta que una cadena humana les hacia llegar otra al campamento base, en los alrededores de la cota +1000m.
Cuando funcionaba la radio, las operaciones de abastecimiento del capitán Rosique y su T 6, tenían un porcentaje mayor de éxito, pero cuando las baterías estaban agotadas, llegó a darse el caso de no conseguir recuperar ni uno solo de los bultos lastrados por el avión.
Todos tenían clara una cosa: se encontraban en un momento crítico.
O ingeniaban un sistema mejor y más preciso, o el éxito y los objetivos de la expedición, peligraban seriamente.
Veremos que ocurrió.
Os relataré sin más, algunos aspectos y anécdotas curiosas de la rutina diaria de los trabajos de la expedición en el bosque, querido bosque de esa fantástica tierra.
Si de una vez por todas no se conseguía eficacia en el sistema de aprovisionamiento con los T 6, la permanencia de la expedición, estaba en peligro. Aquello no era una excursión que pudiera abortarse sin más consecuencias. Era una expedición profesional y de trabajo de campo, cuyo objetivo era, lograr abrir una senda que pudiera convertirse finalmente en una carretera a la cima del Pico Basilé, por la que pudieran transitar vehículos.
Había que sortear barrancos que aparecían de improviso y que no constaban en ningún mapa, atravesar torrentes de cuya existencia nadie tenía constancia, mientras al mismo tiempo, se luchaba contra los mosquitos, la sed, el hambre, y se organizaba a los equipos y los recursos humanos.
Respecto a la labor de suministro de los aviones T6 del ejército y el capitán Rosique, se estableció finalmente con gran ingenio, supongo que agudizado por la necesidad, una compenetración importante entre tierra y aire. Se ideó una solución para el tema del suministro, sobre todo de agua y medicinas. La brillante idea consistió en utilizar como recipientes, cámaras de ruedas de camión llenas de agua al 70%.
Así lo ensayaron y definitivamente ¡FUNCIONÓ¡
Las ruedas eran elásticas, aguantaban bien el impacto con los árboles, e incluso rebotaban en el bicoro sin llegar a estallar, gracias a que no se llenaban al completo. Los fardos de medicinas y material, se rodeaban también de cámaras infladas al 50% y aguantaban perfectamente los impactos, además de resultar más voluminosas y visibles por tanto.
Todo eso era fundamental porque, la comida aunque pudiera sufrir algún golpe era recuperable, pero sin agua y medicamentos no podían aguantar y os recuerdo que, aunque parte del equipo quedaba en campamentos algo más abajo, como mínimo se movían 10 o 12 personas en dirección a la cima del Pico todos los días.
Una vez consolidadas las rutinas de aprovisionamiento de víveres y agua para poder subsistir, no quisiera dejar de contaros algunos aspectos que aunque técnicos, explican algunas de las dificultades con que se encontraron profesionalmente los integrantes de la expedición y que siempre tenían el mismo origen, los tupidos bosques del pico y la desconocida geografía de la zona.
Básicamente, para dibujar la carretera en un plano más tarde en los despachos, era necesario ir situando puntos con sus coordenadas exactas, en cuadernos y tablas de campo.
Cada nuevo punto a situar, se referenciaba a un punto inmediatamente anterior cuyos datos se daban por buenos y así sucesivamente hasta completar un determinado tramo de futura carretera.
Para situar un punto respecto al anterior conocido, el procedimiento es situar un aparato de medición en el punto conocido y una mira vertical graduada en el nuevo punto, de forma que mirando desde el aparato óptico, se puedan definir las coordenadas de la nueva posición.
Os comento esto para que comprender mejor, que en cualquier otra parte, este proceso es infinitamente más sencillo, pero en el bosque del Pico, en medio de una estrecha trocha recién abierta en el bosque virgen, la máxima distancia desde la que se podía observar una mira con los aparatos de medición era muy pequeña, con lo cual el número de anotaciones se multiplicaba por diez y la dificultad de cada una de ellas, os la podéis imaginar.
Pero esto en si mismo era lo de menos, era un trabajo profesional normal, las complicaciones añadidas que surgieron fueron de varias clases.
En numerosas ocasiones y dado que no existían planos topográficos del Pico, “se iba a ciegas” con la ayuda de una elemental brújula, con lo cual, de improviso se encontraban con un barranco impresionante, una cortada o cualquier otro accidente geográfico que les obligaba a volver a empezar, ¿desde dónde?, pues desde donde decidiesen por simple intuición.
La ausencia de zonas despejadas y altas, desde las que ver el conjunto y tener una idea general de “en donde se estaba” y “hacia donde dirigirse”, era agobiante.
Tratar de imaginaros la situación bajo el manto de las copas de los árboles del bosque, y eso todos los días.
En la espesura del bosque día tras día, no se tenia sensación clara de la hora en la que se estaba, ya que la luz se tamiza con las copas de los árboles y se percibe blanquecina y difusa a cualquier hora, incluso hay que olvidarse de intuir el amanecer y el anochecer, donde está el Este y el Oeste; sobre todo después de avanzar, retroceder, girar y bordear obstáculos, varias veces al cabo de cada jornada.
Otra curiosa complicación que surgió en un momento dado fue la siguiente:
Detectaron de forma casual una serie de errores de cierta importancia en las mediciones y después de chequear y comprobar datos, no encontraban el motivo.
Los detalles de cómo lo consiguieron averiguar no los sé pero el caso es, que el error se producía porque los aparatos que utilizaban la brújula como elemento de medición, daban errores y desviaciones considerables.
Se pusieron por radio en contacto con Sta. Isabel y desde allí se mandaron telex a Alemania y Suiza, países de fabricación de los aparatos, facilitando números de serie y solicitando informes a cerca de posibles fallos de fabricación.
La conclusión final fue que los aparatos estaban en perfectas condiciones y que la explicación podría estar en las desviaciones producidas por la propia geología de la zona.
Por lo demás la vida diaria transcurría con las limitaciones de siempre que ya os conté en cuanto a la necesidad de encontrar agua y víveres suficientes.
Las provisiones y el agua que Rosique soltaba, se guardaban como oro en paño y se “estiraban” al máximo, pero eran muchas personas y continuaban teniendo que potabilizar agua de lagunas o charcas y seguir cazando lo que podían.
Recientemente mi madre me contó respecto al agua, que en bastantes ocasiones recurrieron a beber del agua que obtenían cortando lianas; cuando me lo dijo me sonó un poco novelesco, pero retrotrayéndome a aquellos días, conseguí verlo normal, entonces no me hubiera sonado tan fantástico, pero los años pasan y uno acaba influenciado e inmerso en la sociedad artificial y urbana en la que se vive. Al menos me queda el consuelo de que hay “otras formas”, posiblemente mejores de vivir, y la satisfacción de haberlas experimentado en algún grado.
Otro incidente digno de mención fue el incendio que se provoco fortuitamente, estando ya prácticamente en la cima del Pico Basilé.
Las noches a esa altura eran bastante frías y lógicamente la expedición hacia fuego para calentarse y cocinar, al ponerse el sol.
Mi padre siempre fue muy extremado en cuanto a las precauciones con el fuego, pero a pesar de cubrir los rescoldos con tierra y piedras al retirarse a las tiendas de campaña, se levanto un fuerte viento que fue capaz de reavivar los restos y extender un incendio por las praderas de gramíneas que cubrían las laderas del cráter de la cima.
Aquello no pasó de un pequeño susto, pero el resplandor se vio desde Santa. Isabel y entre otras, fue observado por las personas que en ese momento estaban en el cine Jardín en sesión de noche.
La cosa no pasó de ahí pero a mi madre por ejemplo le causó cierta alarma e intranquilidad hasta que pudo confirmar que no hubo mayores consecuencias.
Teniendo en cuenta la mentalidad de la época, entre la población nigeriana también hubo comentarios, acerca del “morimó” del Pico.
Como ya os dije, los trabajadores nigerianos, en su mayor parte convictos, que acompañaban a la expedición respondieron con una gran calidad humana.
Únicamente hubo un pequeño incidente.
En los últimos días previos a la coronación de la cima, una tarde aparecieron de improviso por allí dos trabajadores nigerianos, que se suponía debían estar de guardia en el anterior campamento base, a una jornada de camino Pico abajo. Su alegación se basaba en que no estaban dispuestos a quedarse solos en el campamento, porque había mucho morimó. El asunto se solucionó reorganizando el tema y dejando a tres personas en cada campamento, tras muchas discusiones.
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