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Domesticar a los animales
(Segunda parte y final)

Por: Eduardo Soler Fiérrez
Dr. en Filosofía y ciencias de la educación

 

Desde la colina emprendieron la marcha. Era el momento de la estación lluviosa y no pasaba día sin que cayera el agua de manera copiosa. Cuando se inundaba todo el campo, los insectos salían de su refugio y molestaban a los que se dirigían hacia el lugar de los hombres. Pero un día la lluvia cesó y el sol resplandeció en un cielo limpio, despejado de nubes, y dejó a la tierra sin charcos, se evaporó el agua y se levantó una ligera brisa que hacía muy grato el caminar. Todo se llenó de ruidos que animaban el bosque como si hubiera estallado en fiesta: variados cantos de aves entre los que se entremezclaban los de los grillos y las cigarras que se refugiaban del sol entre las piedras; se oían también los silbidos de las serpientes verdosas de un mimetismo tal que se confundían con las hierbas por las que se deslizaban. La tierra olía a mojada, las flores marchitas desprendían un aroma característico al estar pasadas por agua, aroma que se mezclaba con la menos agradable de las hojas podridas que alfombraban el suelo. Todo anunciaba fertilidad y una cosecha abundante en los campos que los hombres cultivaban, porque en este poblado los hombres vivían de la agricultura y de la pesca únicamente.
El perro y los demás animales que le siguieron caminaban en fila india, con la confianza que da el saber que se aproximaban a un lugar donde les esperaba una vida mejor. Ya en el pueblo, los animales que iban con el perro le preguntaron: “¿y ahora qué vamos a hacer?”. El perro les contestó: “me seguirá un animal de cada una de las especies que vienen conmigo; los demás, esperad hasta que dé la orden de entrada; esperad con la seguridad de que cada uno de vosotros encontrará aquí el lugar más conveniente”. Y así lo hicieron. El perro, el jabalí, la cabra, la oveja, el gato, la gallina, y el cebú entraron en una de las viviendas más espaciosas; el gato saltó hasta colocarse a los pies de la cama, el perro se metió debajo, la gallina se puso sobre los palos de una silla, junto al fuego, el jabalí se quedó en la puerta para evitar que lo echaran por su mal olor, la oveja y la cabra se tumbaron en un rincón del portal y el cebú se quedó por los aledaños y para que su volumen no asustara a nadie, se tumbó en la tierra. Al ver esta pacífica invasión por parte de los animales, la dueña de la casa se desmayó, no podía dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo. Dando gritos decía: “aquí tenemos a los animales que mi marido anda buscando desde hace tiempo, ¿cómo es que han venido hasta nuestra casa sin que nadie los traiga?”.
Llamó a su marido pero este le mandó callar no fuera a asustarlos y se marcharan de la casa. El buen hombre cogió granos de maíz y los echó al suelo, enseguida la gallina, de un vuelo, descendió y empezó a picotear grano por grano metiéndoselos todos en su buche; viendo que los demás animales no reaccionaban ante los granos de maíz cogió hojas frescas de yuca y las puso encima de un taburete, la oveja y la cabra, que estaban acostumbradas a ramonear en el bosque, se levantaron y rumiaban mirando a uno y otro lado agradeciendo el alimento; seguidamente fue el gato el que se dispuso a comer un ratón que él mismo cazó en los graneros de la casa y el perro apuró los restos de la comida que el marido y la mujer acaban de tomar y, finalmente, sacaron algo de forraje para el cerdo que esperaba en la puerta y una carga de hierba para el cebú. “Hemos dado un paso importante –dijo el marido a la mujer-, ya sabemos de qué se alimenta cada uno de estos animales”.
El hombre construyó un corral para que la gallina se pudiera traer a sus compañeras y estar todas juntas en feliz compañía, hizo una garita en la puerta de la casa para que el perro se refugiara en ella y custodiara la vivienda durante la noche y asignó un perro y un gato a cada uno de sus vecinos, dejó al gato para que con el perro deambularan por la casa a su gusto, cabe la casa construyó una pequeña zahúrda para el cerdo y a las afueras del poblado un aprisco para las cabras y ovejas y acotó un extenso terreno con tablones para que entraran en él los cebúes. De esta manera tan sencilla, el perro, el gato, la gallina, el cerdo, la cabra y la oveja y el cebú se convirtieron en animales domésticos.
El hombre reunió a todos los recién llegados y les dijo:
“Dependiendo de las características de cada una de las especies que os ponéis bajo nuestro amparo serréis tratados. A todos os daremos abrigo y protección y lo indispensable para vivir. Os integraréis en la vida de esta aldea como unos habitantes más y estaréis aquí junto a nosotros para ayudarnos mutuamente. Tú, perro, y todos los tuyos, nos vendréis muy bien para una de las actividades fundamentales para nuestra subsistencia, la caza; quiero que establezcamos una relación sincera, basada en la fidelidad por tu parte y en el cariño y protección por la nuestra.”
Ya domesticados y en feliz convivencia con el hombre, un día el perro le dijo a su amo: “tengo necesidad de hablarte con toda sinceridad, aunque esta sea la última vez que lo haga. Escucha bien lo que te voy a contar. Yo sé que desde hace años andas buscando los escondites de los animales del bosque para completar con carne la alimentación de los habitantes de este valle, pues hay que tener en cuenta que los alimentos de origen animal son tan importantes o más que los vegetales y que los animales no sólo dan carne, huevos y leche, sino también pieles para descansar sobre ellas y evitar la humedades del suelo. Yo conozco bien donde se encuentran los animales salvajes, por algo he vivido durante mucho tiempo con ellos en estado salvaje también, y conozco las costumbres que tienen. Forja un silbato para que lo pueda llevar atado al cuello, prepara un arma de caza y yo te acompañaré al lugar donde encontrarás a los animales; cuando tenga alguno a la vista yo tocaré el silbato, le lanzas tu flecha y luego buscaré el lugar donde tengo que recoger la pieza. Quiero así vengar la muerte de mi hermanito el perro. El tigre será el primer trofeo que traigamos al poblado. Esto es todo lo que te tenía que decir. No hablaré más”. El perro se calló y desde aquel día permaneció mudo, se contentó con ladrar cuando tenía algo que comunicar: que algún extraño se dirigía a la casa, que alguna gallina se había salido del corral, que alguna oveja se hallaba descarriada...
El hombre obedeció al perro que desde el primer momento se había distinguido por su fidelidad y sinceridad, le colgó un silbato al cuello, cogió su lanza y, guiado por él, se echó al monte. Cuando el perro divisó al primer animal tocó el silbato, el hombre le tiró su lanza y le gritó al perro: “¡cógelo, cógelo!”. Cuando los demás animales escucharon el silbato y la voz del hombre entraron en una gran confusión y corrieron alocados, sin rumbo, de un lado para otro, sin saber a dónde debían dirigirse ni qué era lo que pasaba. El perro saltaba y caía sobre ellos, los mordía con rabia en el cuello y a los que se le resistían, el hombre les arrojaba su lanza. El tigre intentó la escapada de un gran salto, pero fue en vano, porque la lanza le dio en el frontal inmovilizándolo al instante. Antes de que muriera, al perro le dio tiempo a decirle: “este es el castigo por tantas muertes de las que eres culpable y, en concreto, la de mi hermano”. Las carreras de un lado a otro hacía que se rompieran algunas de las ramas más bajas de los árboles, se oían los chasquidos y el murmullo de su caída al suelo. Yendo de acá para allá, los animales salvaban los obstáculos que continuamente se encontraban en busca de refugio, pero no acertaban con sus guaridas, tal era el estado de nerviosismo y confusión que padecían. Tuvieron un día abundante de caza y el hombre y el perro regresaron cubiertos de trofeos, con carne para que comiera todo el pueblo durante algún tiempo. La ayuda del perro como compañero de caza fue desde entonces muy valorada y en todas las cabañas hubo un can desde ese momento que ayudaba a la caza y defendía la casa de su amo de cualquier intruso o peligro.
La maldad del tigre fue la que ocasionó que los animales que hoy son domésticos se acercaran al hombre y se distanciaran de los animales salvajes y puesto que el perro había vivido en el bosque en su época anterior y había sufrido los ataques del tigre en su propia familia, se convirtió en el más eficaz auxiliar del hombre para la caza, en agradecimiento a la acogida que el hombre le había dispensado; el gato limpiaba las viviendas de los roedores que mermaban el grano que tanto trabajo costaba cosechar; la gallina ofrecía parte de su puesta para el consumo y de la otra parte salían polluelos que llenaban los corrales y permitían a los hombres que la carne nos les faltara en los días de fiesta, los cebúes ofrecían su carne también con la seguridad de que nunca habría una mataza que pusiera en peligro su especie; y las cabras y las ovejas ayudaban a criar a lo niños con su leche y ofrecían sus pieles para que el descanso fuera más cómodo. Una convivencia de la que tanto los animales como los hombres se han beneficiado durante varios milenios.
Con la domesticación de todos estos animales, los tigres permanecieron aislados en los bosques más inhóspitos y con ellos las tortugas que han seguido sin evolucionar debido a su complicidad con los tigres, por el silencio que guardaron ante sus crímenes y por esconder su cabeza dentro de su caparazón en un momento en el que debieron de sacarla y dar la cara. •


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