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Cosas que me ocurren: El daño colateral

Por: Agustín Nze Nfumu, embajador de Guinea Ecuatorial en Gran Bretaña
Presidente del C. de A. de “La Gaceta de Guinea”

Existen palabras en el vocabulario que son un verdadero rompecabezas, una de esas frases que se lleva y trae, se interpretan a derecha e izquierda y se usan “por conveniencia de mejor servicio”, sin que, realmente, alguien llegue a definirlas a la satisfacción de todos, sin que nadie llegue a encajarlas enteramente en el cuadro de esas frases sencillas y de diáfana compresión, que son lo que son por lo que representan y sin lo cual dejarían de ser lo que son, por no representar lo que dicen.
Un galimatías impresionante, el que acabo de armar, solo para decir que las palabras que definen realidades indudables y tangibles son sencillas y viajan a los oídos de los interlocutores con una inmaculada sinceridad, tan inmaculada que mata toda especulación, todo “he querido decir”, todo “no se si me he explicado bien”.
Sin embargo, las otras, las que son de furtiva y esquiva explicación, viajan por el mundo sembrando confusión, desentendimiento; montando tal circo de lo absurdo que acaban convirtiendo a la sociedad humana en un conglomerado de personas y colectivos que nunca llegan a entenderse, que nunca logran configurar una sociedad “inteligente”, si consideramos la inteligencia como la simple capacidad de entender y comprender.
Una de esas frases opacas es “Daño colateral”.
Debo advertir que es una de las frases que ha hecho, desde la aurora de los tiempos, las delicias de los animales políticos que la naturaleza quiso dotar de inteligencia y bautizó con el apelativo de “humanos”.
Pero también reconozco que desde que tengo uso de razón y, sobre todo, desde que aprendí a descifrar los misterios del medio que le sirve a los hombres para comunicarse entre sí, nunca he logrado que mi mente alcance a dibujar una idea y concepto claros sobre lo que los hombres llaman “daño colateral”. Lo que más me intriga es el hecho de que los grandes hombres, los triunfadores en la política, los negocios, y cualesquiera actividades que tengan que ver con la carrera hacia la cumbre imaginaria que se cree alcanzar si se tiene una casa, unos francos CFA, unos dólares, una fábrica, unos coches, unas casas que son palacios y una renta que es todo un presupuesto de máximos, han escogido, en sus planteamientos y actuaciones, esa frase, como un escudo protector que les cobija y defiende, para explicar, a veces, lo inexplicable, para justificar lo injustificable o para intentar cubrir de oro la mierda cuyo olor incontrolable y fétido perfuma sus acciones.
Maquiavelo acuñó, en una traducción alusiva de la ley del “daño colateral”, aquello tan lapidario, y tan bien asimilado por los que solo quieren el éxito a toda costa y contra todo sentimiento, de “El fin justifica los medios”. O la explicación más genuina de la filosofía del “yo necesito alcanzar el libro del estante: piso la cabeza de mi primo para alcanzarlo.. ¡ y tan contento”!
Muchos grandes políticos del mundo, muchos grandes hombres de negocio y muchos grandes triunfadores tienen en el “daño colateral” la llave de su éxito, la catapulta que les eleva a las más altas cumbres.
Cuando se declara una guerra, entre las previsiones de los generales y estrategas, figura el apartado de “daños colaterales”; cuando algunos políticos quieren triunfar y erigirse en líderes de una sociedad, su esquema de acciones y reacciones incluye una parcela para “daños colaterales”.
Cuando algunos empresarios de éxito, llenos de millones y propiedades, compran unas parcelas en la que malviven decenas de familias, para levantar un edificio de apartamentos que después pondrá en alquiler o simplemente una discoteca o un prostíbulo, para aumentar más millones a sus millones, desalojan a los que malvivían en la parcela, les envía a vivir “a donde puedan”, y les preguntara alguien a esos industriales por lo que opinan de la suerte de esos desgraciados, le contestarían que “eso constituye un daño colateral”. Porque el interés principal, según ellos, es el dotarse de una fuente más de ingresos, para ser más rico, mientras las víctimas de su “daño colateral” pasan de ser pobres a ser miserables.
Cuando el día 6 de marzo de 2004, me encontré cara a cara en Black Beach con Nick Dutoit, el jefe del grupo de avanzadilla de los mercenarios del fallido golpe de estado que se iba a perpetuar en Guinea Ecuatorial, y le hice la pregunta de si se daba cuenta de que, si la invasión se hubiese llevado a cabo y se entablaba un combate en Malabo y alrededores, iban a morir inocentes, incluidos indefensas mujeres y niños, él me contestó que sí, pero que tenía una misión que cumplir y la hubiera cumplido sin remordimiento; porque la muerte de inocentes constituiría “un daño colateral”.
Cuando, en los despachos y los estados mayores de la coalición que invadieron Irak, se elaboraron los complicados planes de invasión, todos los actores de dichos preparativos eran conscientes de que edificios e infraestructuras, que costaron décadas en levantar, vidas humanas, familias enteras, ganado e incluso el petróleo-causa, al parecer, y según posteriores revelaciones, de todo aquel macabro montaje-iban a destruirse y perderse; pero prefirieron colocarlo todo en el apartado de “daños colaterales”. Y ya contamos años en que “los daños colaterales” siguen segando vidas en ese país; en que niños, mujeres, simples ciudadanos etc., siguen engrosando el macabro capitulo de “daños colaterales”
Los terroristas colocan bombas, a sabiendas que van a morir inocentes; los pederastas secuestran, maltratan, violan y asesinan a niños y niñas de apenas cuatro años; algunos, porque no les gusta la cara de uno, le pegan un tiro, dejando huérfanos a sus hijos, viuda a su esposa… cuando todos los que así actúan rebuscan en el rincón más oscuro de sus conciencias egoístas, concluyen que el resto de consideraciones humanas y sentimentales constituyen “daño colateral”.
Con ocasión del acto de la Clausura de la XII promoción de la Escuela Militar Interrarmas “General Obiang “ (EMIGO), el 2 de agosto, vísperas de la festividad del 3 de agosto, el Presidente Obiang Nguema Mbasogo, en su discurso, dijo, en un párrafo de su discurso, lo siguiente: “Pues, muchas actitudes observadas por los compatriotas como son: la ignorancia o la falta de experiencia de muchos, las ambiciones desmesuradas, los egoísmos personales, la falta de una cultura de convivencia social y humana, la subestima del valor del propio ser humano, han venido y seguirán constituyendo serios obstáculos para que el Pueblo de Guinea Ecuatorial se autogobierne con total responsabilidad”
Palabras de hombre, revestido de su frágil condición de humano, que se rebela contra comportamientos y actitudes de personas que, al margen de la conciencia, ignorando voluntariamente la obligación de unir su esfuerzo al esfuerzo mancomunado de la sociedad para sacar el país adelante y avanzar, despreciando el sacrificio consentido por otros, a veces a costa de sus vidas, para conseguir una Guinea Ecuatorial beneficiosa para todos, se libran a la comisión de actos de marcado egoísmo, carentes de toda ética y escrúpulo, en su desenfrenada búsqueda de la satisfacción personal.
El que así hablaba, y que había denunciado con desgarradora sinceridad, días atrás, el 5 de junio de este mismo año, la traición galopante por parte de los servidores públicos, no era un líder de la oposición, no era ningún detractor del régimen, tampoco era un mal militante del PDGE o algo parecido; era el Presidente de la República, la cabeza visible del régimen, el fundador del PDGE. Nadie puede acusarle de “vilipendiar al régimen, o de querer destruir el sistema”
Y es que, como he dicho antes, la persona, el hombre, el humano que hay bajo la capa de Presidente, no ha podido seguir encajando, aguantando y sufriendo los embistes de tantas actuaciones que, a la hora de la verdad, se han escondido en “el daño colateral”.
Los comentarios posteriores a ambas intervenciones eran de miedo, de susto. “Nunca habíamos oído hablar al Presidente de esta manera”- decían unos; “esto es fuerte”- decían otros. “Ya era hora”-aseveraban los más críticos.
Sí, era un ser humano, harto de sufrir el “daño colateral”, cargando con sus culpas y las de los demás; era un hombre sencillo que denunciaba la desviación y la “estudiada irracionalidad” de algunos comportamientos, por parte de personas de las que se esperaba lo contrario. Era el grito de protesta de una persona que, reconociendo sus limitaciones y ¿por qué no? sus propios fallos, se negaba a seguir siendo el escudo tras el cual se esconden los que no quieren asumir los suyos y se los “empujan” a él; se negaba a seguir siendo “un daño colateral”
“Daño colateral” lo causamos los que aprovechamos de las relaciones y posiciones para lograr, mediante el engaño y la falsedad, que, en perjuicio del interés de la sociedad, los poderes públicos adopten medidas o incurran en acciones erróneas, perjudiciales e incluso perniciosas para el bien común, al mismo tiempo que logramos ventajas, materiales o político-sociales, a sabiendas de que nuestra acción llevará perjuicio, y a veces llanto y dolor, a personas y hogares.
En nuestra sociedad guineoecuatoriana, sobre todo en lo que podría considerase “la sociedad de los que podemos”, se ha abrazado el credo del “ande yo caliente y ríase la gente”; solo que en este caso la gente no se ríe, llora y se lamenta. Pero no nos importa, porque es colateral el llanto, cuando no es del hijo o el de la esposa de uno.
Porque debemos empezar a hablar claro, como lo hizo el Presidente de la República. Y es que es la verdad que hiere la cara del guineoecuatoriano de forma cortante. Es que, a diario, el ciudadano de a pie sufre de esa cadena de traiciones en la que los que podemos hemos convertido la convivencia en nuestras sociedades, distritos, provincias y pueblos.
Daño colateral consideramos el hecho de que el funcionario atropelle, alegando que lo hace en nombre del Jefe de Sección, los gobernadores y delegados de Gobierno, en nombre del Director General; el Director general atornilla en nombre del Secretario General, este en nombre del Consejero, él en nombre del Secretario de Estado, Viceministro o Ministro, los cuales dicen hacerlo en nombre del Primer Ministro y éste dice que obra en virtud del nombramiento que le otorgó el Presidente de la República… mientras el Presidente se encuentra en el Palacio, confiando en que ha formado un equipo de colaboradores para ayudarle a administrar, en orden y justicia, esta tierra que la historia quiso que se llamara Guinea Ecuatorial.
Daño colateral consideramos todo eso, los que de esa manera obramos, porque sabemos que, subiendo el escalón, el pueblo, el observador internacional, el analista dirá “el régimen de Obiang Nguema”. O sea, que le vestirán de todos estos desajustes, mientras nosotros, los que en realidad los causamos, nos escondemos tras la cortina del anonimato
El Presidente habló de traición y los que así obramos nos pusimos a aplaudir porque, al fin y al cabo, él dice que lo que siente y nosotros aplaudimos por lo que no sentimos…
Un cantautor guineoecuatoriano, ciego en su estado, llamado “edjing nvoa” dice en una de sus últimas canciones aquello que, traducido al español, vendría a ser algo así “si los hombres pudieran ver a Dios, le pedirían que reinventara el mundo para hacer una distribución más justa de la vida de los humanos en el mismo.” Porque lamenta en su canción la injusticia que supone el hecho de que los brujos vivan junto a los que no lo son, mientras les hacen daño; que los ricos sean ricos sin piedad y los pobres vivan agobiados por su pobreza; que la gente pague con el mal el bien que se les ha hecho; que la gente traicione al amigo que le ha tendido la mano…. Edjing Nvoa es ciego y lamenta, no su ceguera sino el estado de podredumbre en que deben encontrarse aquellos que consideran su situación “un daño colateral”, que consideran la traición, el engaño, la mentira, e incluso el asesinato, un “daño colateral” porque su objetivo principal es lograr su propio bien y nada más…. Por no hablar de los que, a ultranza, se dicen de la oposición al régimen y se ganan todo tipo de apodos dentro del lenguaje de las exageraciones, que consideran que es “daño colateral” insultar, anatemizar y colgarle todo tipo de sambenitos y monstruosidades a los del régimen, recurriendo, para ello, a inescrupulosas invenciones, a la más abyecta difamación y a la ridícula imputación, de las que hacen a Obiang Nguema su principal objetivo
Y cuando de esto hablo y he mencionado mi Guinea Ecuatorial, ha sido para no entrar en la miseria purulenta en que se han convertido las relaciones internacionales, en las que la falsedad y la falta de escrúpulos se han convertido en el credo profesado con fervor religioso por las potencias, en su afán por seguir gobernando, en la opresión y la desrazón, a pueblos y naciones…sin importarles los “daños colaterales”
“Edjing nvoa” iría a Dios, desde la oscuridad embargo su ojos sobre lo material, y la iluminación y brillantez en que navega su mente lúcida, y le diría “A ta, tugu´ye a´cab” “Padre distribuya con equidad”…
Porque el daño es colateral para el que lo causa y frontalmente letal para el que lo sufre.
Ojalá, la iluminada oscuridad de los ojos apagados de “Edjing nvoa” puedan convencer algún día al mundo de que el “daño colateral” no existe, que el daño solo tiene un triste y cruel significado: DAÑO, cuya intensidad de dolor y consternación no pueden compensar ni calmar ningún éxito material, poder o gloria.
He querido aprovechar la reciente celebración del aniversario del 3 de agosto, día del Golpe de Libertad, para escribir estas líneas, para recordar a todos que es muy importante que los guineoecuatorianos tengamos presentes que el 3 de agosto no sólo pretendió librarnos de las ataduras físicas de la dictadura, sino de las secuelas morales que la misma dejó en nosotros…
Quiero terminar diciendo, como en las advertencias que se suelen poner en las películas, aquello de “cualquier parecido con persona física o situación determinada es pura coincidencia”. No he señalado con el dedo a nadie; por eso he dicho siempre “nosotros” (luego me incluyo). La alusión de puestos y cargos es meramente genérica; quien no se sienta concernido, sírvale esto de reflexión; quienes sí nos sintamos identificados, sírvanos para corregir comportamientos y tomar conciencia.
Y muchos no parecemos habernos librado todavía…•


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