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Domesticar a los animales

Por: Eduardo Soler Fiérrez
Dr. en Filosofía y ciencias de la educación

Eduardo Soler Fiérrez, durante su estancia en Guinea Ecuatorial ha escrito un libro de cuentos que lleva por título “Los cuentos de la tortuga”. De estos cuentos, unos han sido recogidos de la tradición oral y recreados por el autor y otros son originales. La fuente de inspiración ha sido el contacto con las gentes ecuatoguineanas tanto insulares como continentales. Próximo a aparecer, el autor ha autorizado a La Gaceta de Guinea Ecuatorial para que adelante de unos de los cuentos que forman parte del índice del libro.

Primera parte

En el tiempo más lejano, allá por el año 10000 a. C, cuando todavía la Tierra estaba poco poblada, vivía un grupo de hombres muy primitivos con sus mujeres e hijos en uno de los valles más fértiles que por entonces existían, en el que habían construido sus viviendas y formado un pequeño poblado. Ellos laboraban la tierra, plantaban ñame y sembraban otras semillas, pues la abundancia de agua hacía que allí crecieran todo tipo de plantas con las que se podían alimentar. Completaban sus comidas con la pesca porque los ríos y arroyos que surcaban el valle contenían variedad y cantidad de los peces más apetecibles.
Sólo les faltaba a los habitantes de un valle tan ubérrimo la compañía de los animales; además, su carne hubiera venido bien a su alimentación que era fundamentalmente vegetariana y a base de pescado y les hubieran servido también para ayudarles en el pesado trabajo de la tierra y darles algunos otros servicios que tanto necesitaban.
Pero los animales no se acercaban por allí, habían huido hacia los montes, lejos de la vecindad del hombre que disponía de flechas envenenadas que acababan con sus vidas, lo que constituía para ellos un peligro permanente.
Los animales que vivían en los montes tenían la consigna de no bajar al valle; entre ellos reinaba la paz, fruto de una buena convivencia y de la mutua fraternidad. Sabían por experiencia que si bajaban al valle, las huellas de sus pisadas quedarían impresas en la tierra que casi siempre estaba mojada y revelarían a los hombres el lugar que habían elegido para vivir. Antílopes de todo tipo, grandes y pequeños, bisontes, gorilas, gacelas, elefantes, chimpancés, leones, tigres, leopardos, panteras, jabalíes, cebúes y bestias lanudas; aves de todos los tamaños y de todos los colores; cabras, camaleones, puercoespines, cocodrilos, serpientes, ratas, lagartos y tortugas, tanto de tierra como de agua, convivían sin ningún tipo de problemas. Algunos se agrupaban en manadas y recorrían el territorio buscando el alimento diario y protegiéndose mutuamente.
Parecía aquel valle el Paraíso Terrenal, el edén en el que en los tiempos bíblicos Adán y Eva habían ido poniendo nombre a todos los animales que desfilaron ante sus ojos.
En estas montañas los animales se supieron organizar y para ello, dentro de una misma especie, se agrupaban estando al frente de cada grupo uno de los más viejos, padres de los que descendían los demás. A cada una de las especies que allí vivían se le había asignado un papel, así los animales se beneficiaban unos de otros, contribuyendo todos al interés común.
Al tigre, tal vez por sus afiladas uñas, se le había dado el encargo de excavar las fosas para los muertos. Cada vez que un animal moría, el tigre tenía la misión de enterrar sus restos mortales, para ello, debía excavar una fosa y proceder al enterramiento del cadáver. Todo el mundo pensaba que el tigre cumplía su misión con mucha entrega y por eso la tuvo encomendada durante mucho tiempo. Pero cada vez tenía más trabajo, hasta el punto de resultarle agotador, pues cada día que amanecía se encontraba una nueva víctima que misteriosamente había muerto durante la noche. La mortandad entre los animales aumentaba, sobre todo aquellos que eran preferidos de los carnívoros, y el tigre no daba a basto para darles a todas sepulturas, pero no quería que ningún otro animal le ayudara; solía decir que él se había encargado de tal función y él sólo la tenía que cumplir; la tenía como un deber sagrado.
Las causas de estas muertes tan frecuentes representaban un enigma para todos, pues no se había declarado en el bosque de las montañas ninguna epidemia, ni tampoco los animales enfermaban antes de morir, sino que su muerte era súbita, inesperada e inexplicable y siempre acontecía durante la noche, como buscando que la oscuridad nocturna ocultara su causa y la envolviera en el misterio.
La tragedia seguía y la preocupación aumentaba más y más cada día que pasaba.
Un día se encontraron muerto al hermanito del perro, su cuerpo estaba lleno de heridas y su boca, ensangrentada. Esta muerte afectó mucho al perro porque siendo él su hermano mayor lo había sacado adelante desde que era pequeño y le tenía un cariño especial. Se presentó el tigre para cumplir su misión como enterrador y cargar con el cuerpo del fallecido. El perro llevaba tiempo preguntándose por las causas de tantas muertes y su inteligencia le decía que tales muertes eran sospechosas. A él le extrañaba que el tigre, un animal con fama de agresivo y violento, hubiera llegado a hacerse tan generoso y practicara constantemente la obra de misericordia de enterrar a los muertos. Y, decidido, se dijo para sí: “hoy sabré lo que el tigre hace con los cadáveres que le confiamos para que les dé sepultura; estoy dispuesto a aclarar este misterio aunque en ello me deje la vida. Seguiré al tigre y así acompañaré a mi hermanito hasta le sepultura, es lo mínimo que debo hacer”.
El perro cogió el cadáver de su hermano, se despidió de él con lágrimas en los ojos y se lo entregó al tigre, quien lo echó encima de sus lomos para llevarlo hasta el lugar donde lo iba a enterrar. El perro lo fue siguiendo a una distancia tal que el tigre no podía advertir que iba detrás de él. El tigre avanzaba rápidamente pues el peso del animal muerto era ligero, saltando los obstáculos que encontraba, ya fueran troncos tumbados de árboles o los arroyos de los caminos o las rocas que había por doquier. A veces se perdía entre los ramajes pero volvía a aparecer cuando la hierba era más baja o en los frecuentes claros que el bosque deja entre su fronda. Cuando llegó al lugar donde se suponía que lo iba a enterrar, se sentó sobre uno de los troncos, descansó un momento, afiló sus uñas y rajó el vientre del perro de un solo golpe, le arrancó el corazón y el resto de sus vísceras y, ávido de alimentos, lo fue devorando con ansias desmesuradas; luego tendió sobre el suelo el resto de cadáver y lo despedazó con su afilados colmillos. Cuando el perro, que lo fue siguiendo de lejos, vio lo que el tigre estaba haciendo con su hermano, comprendió la causa de tantas muertes; se dijo para sí: “ya sé por qué los animales desaparecen y cómo hace el tigre sus entierros; la sepultura no la tiene que excavar, está en su propio estómago. Les da muerte primero y los devora con la excusa de llevarlos a enterrar; es una forma impune de matar”.
El perro regresó muy triste y lleno de rabia y ya en el lugar donde los animales vivían, convocó a todas la bestias para explicarles lo que pasaba y les hizo esta proposición: “salgamos de aquí, escapemos pronto, vamos a refugiarnos en el valle donde habitan los hombres, pongámonos a su servicio, porque sólo los hombres pueden protegernos de un enemigo tan malvado. Sabed que el mal que tenemos no viene del cielo, ni de la tierra, ni del agua, ni de los geniecillos del bosque, sino que está entre nosotros mismos. Después de la muerte de mi hermano perro, vengo de contemplar una escena terrible y muy dolorosa para mí que me resulta difícil de contar. Tenéis que saber que es el tigre, nuestro propio hermano, el victimario, el que nos va matando por la noche y nos devora durante el día cuando le entregamos el cuerpo de sus propias víctimas para que le dé sepultura. Nosotros no nos convertimos en cenizas después de morir, sino en excrementos del tigre. Si no abandonamos estas montañas, dentro de poco tiempo sólo quedarán tigres en ellas; el tigre terminará con todos nosotros. Necesitamos a alguien –prosiguió- que nos rescate de las tinieblas del salvajismo, que nos saque de la barbarie que supone el que para comer haya que matar, que nos enseñe a convivir entre gente civilizada con la que podamos cooperar en todo lo que esté de nuestra parte y pague nuestra ayuda con alimentos y protección. Si conseguimos todo esto, no nos sentiremos expulsados del mundo de la selva, sino integrados entre un mundo superior, con la garantía de que tal cambio no nos preternaturalizará”.
Quedaron todos asombrados de lo que el perro les contaba y después de hablarles con un discurso tan brillante que le salía de un corazón tan recientemente dolido, invitó a los demás animales a emprender el éxodo con él, en busca del valle de los hombres.
Los animales cogieron mucho pánico por las revelaciones que el perro les acababa de hacer y huían despavoridos; hubo algunos que cogieron el camino sin saber muy bien a dónde les llevaría, porque para ellos el hombre era un enemigo más peligro que el tigre, si cabe; otros optaron por seguir al perro, confiados en su olfato e inteligencia; las tortugas, que metían la cabeza dentro de su concha cuando no querían ver lo que pasaba a su alrededor, fueron los únicos animales que decidieron quedarse porque decían que no se creían lo que contaba el perro y porque ellas estaban a salvo de los ataques del tigre, no sólo porque su concha era incomestible y rajaba cualquier gaznate que con ella se atreviera, sino por la amistad que había consolidando un silencio cómplice. Entre los que confiaron en el perro estaban los más indefensos, las cabras, las ovejas, los jabalíes, las gallinas, los gatos, los cebúes; todo dijeron: “te seguiremos. Iremos contigo”, y así se convirtieron en los primeros animales domésticos.•

Concluirá en el próximo número.


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