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2ª crónica de la ascensión al pico Basilé.
La etapa decisiva

Por: José Eduardo Balabasquer López

Inmediatamente después de las Navidades de 1965, comenzaron los preparativos para continuar la aventura de la subida al Pico Basilé, las navidades sirvieron de “reposo del guerrero” y de paréntesis antes de la gran batalla, pero pasaron rápidamente y llegó el momento de continuar.
No se sabía el tiempo que seria necesario para llegar arriba con el trazado calculado y dibujado de una “posible” carretera, pero no podían permitir que llegaran las lluvias siguientes porque gran parte del trabajo se perdería. Habría que abandonarlo todo, las trochas desaparecerían y se perdería prácticamente un año, por tanto había que planearlo muy bien y adelantarse a cada problema previsible
Con anterioridad se habían ido estudiando los detalles para conseguirlo, ya que no existían precedentes de una obra de esa envergadura en Guinea, con los condicionantes que esta tenía y los medios materiales de que se disponía en esa época.
Hasta ese momento, la trocha inicial se había abierto con dificultades y su mantenimiento solo era posible, dejando cada cierta distancia campamentos base con un par de hombres de guardia encargados de mantenerla transitable y limpia de bicoro y maleza, en última instancia y en caso de emergencia, Santa Isabel solo estaba a dos días de marcha.
El bosque hasta la cota en la que se habían detenido -1.000 o 1.200m.- era denso pero más transitable que el que presumiblemente quedaba a partir de esa altura. Era bosque caluroso, con árboles de gran porte, pero con menos sotobosque y bicoro, más umbrío a nivel de suelo y relativamente más fácil de mantener, una vez abierta la trocha.
El problema más importante a solucionar en adelante, era la forma de conseguir agua de forma regular, a ser posible comida “de vez en cuando” y los medicamentos que en un momento dado fueran necesarios. Hasta ese momento se encontraron ríos y manantiales, pero las laderas del pico son muy acusadas y a partir de esa altura no existirían corrientes estables de agua, como mucho, manantiales o lagunas aisladas que se encontrarían por pura casualidad, en cambio la necesidad de beber de la expedición era una exigencia diaria que no se podía improvisar.
En el peor de los casos, llevaban como precaución pastillas potabilizadoras de agua en previsión de encontrar charcas o lagunas de dudosa salubridad. Estaba claro que eso en definitiva no era suficiente.
El tema de la alimentación se paliaba en parte por la caza y no era tan acuciante como el del agua y las medicinas, por tanto había que cazar y no por diversión, sino por necesidad.
Por lo demás y en el aspecto humano, ya os dije que aparte de los dos cabos de la Guardia Colonial -por tanto magníficamente preparados- iban doce hombres de origen nigeriano, presos en su mayor parte por delitos de sangre tales, como cortarle el cuello a un tipo por cuestiones de infidelidad conyugal. Cosas de la época y la mentalidad de entonces.
Os puedo contar que esta gente durante el día, iban armados al menos con machetes para mantener la trocha, abrir paso, ayudar a transportar los enseres y como defensa en el bosque. A veces también llevaban escopetas para cazar y montar guardias, cuando tenían que quedarse en puestos solos algún tiempo. La única medida que se tomaba al respecto por sus antecedentes, era recoger las armas durante la noche por un mínimo de precaución.
Bueno pues ya os conté que mi padre no se cansaba de repetir. Cuando todo acabó, lo maravillosamente bien que se portaron todos ellos, no hubo ni el más mínimo incidente, muy buena gente todos. El duro trabajo y la sensación de “equipo”, seguramente creó un buen clima de convivencia.

Volviendo al tema del aprovisionamiento de agua y medicinas, finalmente se ideó un sistema para intentar conseguirlo de forma periódica desde el aire, usando los aviones T-6 del ejército.
El objetivo de la expedición no era simplemente llegar a la cima del Pico Basilé, era llegar a ella con un trazado de carretera posible, obtenido topográficamente con los aparatos de medición, con todos los datos tabulados y con un trazado dibujado en planos. El avance por tanto era lento. Mi padre me relataba que en numerosas ocasiones, llegaban al borde de un precipicio que solo era visible cuando estaban a pocos metros de él y por tanto bebían volver a empezar desde donde habían partido y tratar de encontrar otra vía posible.
Sabréis que el T-6 era un avión de guerra tipo “caza”, con mucha potencia de motor y poca capacidad de planeo, es decir, sin motor cae como un peso muerto incapaz de planear y en cambio con motor es muy veloz y potente; pero precisamente esa velocidad era un inconveniente para conseguir precisión en la suelta de bultos en vuelo rasante, y en la localización exacta del lugar en el que se encontraban los expedicionarios.
Para el que no haya circulado nunca por el bosque de Guinea, esto le puede sonar a divagaciones mentales, pero supongo que muchos de vosotros si lo habéis experimentado y me comprenderéis cuando os digo que yo he abatido a veces una simple paloma en Moka, he estado absolutamente seguro del lugar exacto de su caída a no mas de 6 o 7m. y a pesar de todo me ha sido imposible encontrarla unas veces, y casi imposible llegar al lugar, otras, o las dos cosas simultáneamente. Cuando en el año 68 subí por primera y última vez al Pico Basilé y vi que clase de bosque había, prácticamente hasta las faldas del gran cráter, comprendí el problema.
Todo esto ocurría mientras se realizaba el trabajo propiamente dicho; mediciones, comprobaciones, levantamiento de planos, anotación de posiciones, apertura de trochas a golpe de machete etc.
Aquello no era ciertamente una excursión, era duro y las familias de los expedicionarios miraban hacia el Pico Basilé cada mañana y cada tarde, preguntándose si todo iría bien, si alguien habría enfermado, si alguien se habría lesionado y que habrían bebido o comido esa jornada.
Estaba claro que había que tener el carácter hecho de una madera especial para afrontar aquel desafío.
También estaba claro a esas alturas que todos los integrantes de la expedición, tenían el carácter construido con esa madera especial y sin duda con una fuerte dosis de afecto por la tierra.•


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