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Cosas que me ocurren…
Baño de Hispanidad en la otra “orilla” del Atlántico

Por: Agustín Nze Nfumu
Presidente del Consejo de Administración de “La Gaceta de Guinea Ecuatorial”
Embajador de la República de Guinea Ecuatorial en Gran Bretaña

A mi despacho de la Embajada de Guinea Ecuatorial en la capital británica, Pilar, mi secretaria, me trajo un sobre de esos que irradian distinción.
En el sobre constaba mi nombre y dirección de la Embajada, por lo que se disipó cualquier dudo sobre si, realmente, tan distinguido sobre me venía dirigido.
Digo que tuve que averiguar si no había error porque en dicho envoltorio reconocí el logo del Instituto Cervantes, la muy respetada institución encargada de mantener viva la lengua del muy célebre escritor español en el mundo, “padre” de Don Alonso Quijano, al que se le calentaron “los cascos” por la lectura de los libros de caballería y se convirtió en el Quijote de la Mancha, “el Caballero de la triste figura” y del que no se sabe si es la figura la que le volvió triste o si es la tristeza que atormentaba su espíritu la que moldeó su figura. Pero allí estaba la el sobre con el logotipo de la Institución que lleva el nombre de su creador.
Cuando abrí aquel sobre, debo reconocer que crecí unos centímetros más en mi vanidad cuando, al desplegar el folio del papel elegante que contenía el mensaje a mí dirigido, descubrí que, además del logo del Instituto Cervantes en el borde superior izquierdo de la misma, figuraba en el borde superior derecho el de la “non plus ultra” Real Academia Española de la Lengua, ni más ni menos; y que, como salutación, la misiva empezaba con un muy familiar “Distinguido amigo”.
Sí, resulta que, con fecha 13 de octubre de 2006, los muy respetados Don Víctor García de la Concha, Director de la Real Academia Española de la Lengua y Presidente de la Asociación de Academias de la Lengua Española, y Don Cesar Antonio Molina, Director del Instituto Cervantes, me invitaban muy cordialmente , en una carta firmada por ambos, a participar en el IV Congreso Internacional de la Lengua Española que debía celebrarse en Cartagena de Indias, Colombia, del 26 al 29 de marzo de 2007.
En ella me decían que el Congreso estaba colocado bajo la presidencia honorífica conjunta de Su Majestad el rey Juan Carlos Primero de España y Su Excelencia Álvaro Uribe, Presidente de Colombia, con la participación, como invitados de honor, de varios presidentes y ex presidentes de Hispanoamérica.
Los muy ilustres señores De la Concha y Molina aceleraron más los latidos de mi ya abrumado corazón, cuando, con la excelencia que solo ellos saben imprimirle a las palabras, me aseguraron que “su participación es de gran importancia para el Congreso”
¿Qué mas puede pedir un amante del arte de “emborronar cuartillas”?; ¿qué mayor honor podía esperar que el que acababan de hacerme tan respetadas personalidades del mundo de las letras y de nuestro idioma?.
Después, recibí las atentas, y sucesivas, cartas de Doña María Cecilia Donado y Doña Elvira Cueros de Jaramillo, Vice-Ministra y Ministra de Cultura, respectivamente. Ambas coincidían en que mi participación era importante y que estaban ansiosas de darme la bienvenida a Colombia. Aunque, como es lógico, con tanto rey, presidentes, ex presidentes, académicos y todo el “encopetamiento” , es lógico que ni siquiera se hayan enterado de si, efectivamente, acudió al evento aquel a quien estaban tan “ansiosas de dar la bienvenida” (también es cierto que tampoco iba yo con grandes intenciones de beneficiarme de audiencias ministeriales, dado el carácter propiamente cultural de mi viaje).
Voy a evitarles el tedio de largas explicaciones sobre los preparativos del viaje y los trámites administrativos para que un Embajador se traslade de un sitio a otro, de su país de acreditación a otro. El hecho es que, una vez que hube comunicado la invitación a mi Gobierno, la autorización pertinente no tardó en llegar, como no podía faltar.
EL VIAJE
Un viaje es una de esas actividades difíciles de contar, ya que lleva consigo tal sucesión de acontecimientos que, si uno no pone especial esmero en ello, difícilmente lograría encontrar la frecuencia adecuada para enumerarlas de suerte que lleguen al Interlocutor con la claridad necesaria para despertar su interés.
El mío a Cartagena de Indias, que me ha parecido una de las más bellas ciudades del mundo, llena de historia, mar, trópico y alegría, tanto en su gente como en los omnipresentes recuerdos de la España de la conquista y la colonización, ha estado tan lleno de marcadas impresiones que debo intentar, en un esfuerzo titánico, ir escogiendo aquellas que más pueden interesar al lector, no porque fueran las más importantes (porque importantes e interesantes fueron todas) sino por tratar comprimir todo en unas cuantas palabras, a tenor de las limitaciones de espacio que imponen las exigencias de la edición de todo artículo periodístico.
Y para hacerlo más directo y asequible párale lector, dividiré mi relato en dos partes determinadas por la naturaleza de cada momento concreto vivido. Estas partes las he bautizado con nombres nacidos de mi imaginación, para evitar el tener que “prestar” nombres que a lo mejor pudieran confundirse a una alusión a persona, lugar o circunstancia próxima o lejana susceptible de despertar intriga alguna. La primera la he denominado “celebración de la Lengua” y la segunda, “La cortesía del Regalo”:
Celebración de la Lengua:
Bajo esta denominación intentaré dejar plasmadas en estas hojas de papel mis impresiones sobre el IV Congreso Internacional de la Lengua Española, al que fui invitado a asistir. Sépase que lo que de él vaya a decir, tanto en el aspecto organizativo como en el del desarrollo de sus trabajos, lo hago con la más sana de las intenciones testimoniales y con lo mejor de mi voluntad y amor por esta hispanidad, que siempre hemos asumido en mi país con orgullo y profundo respeto, por considerarla la razón de nuestro ser cultural y definición de nuestra identidad.
Por eso diré que regreso de Colombia, de mi participación en el Congreso de la Lengua Española, con un sabor agridulce en la boca; con cierto sentimiento de que no se ha hecho lo que se debía o, por lo menos, como se hubiera debido hacer; sin que eso suponga - ¡Dios me libre!- ninguna intención por mi parte de dar lecciones de nada a tan insignes hombres de las letras, académicos, gobernantes, empresarios o pueblo colombiano, que derrocharon esfuerzos intelectuales, materiales y económicos para el exitoso transcurrir de todas las etapas de la “Gran Fiesta del Español”.
El; lo que respecta al despliegue de medios, tanto humanos como materiales, puedo asegurar sin titubeo alguno que todos los asistentes importantes, y menos importantes, coincidieron en hacerle una gran reverencia al pueblo y autoridades colombianos , y más concretamente a los cartageneros, por la exquisitez de su hospitalidad y su disponibilidad, retratadas en el continuo y sostenido desvelo de dicho pueblo, jóvenes de ambos sexos, vendedores, sirvientes de los hoteles y de las agencias turísticas implicadas en el comité de organización, etc. por hacer que la estancia de los huéspedes en “su pedacito de corral” fuera lo más agradable posible (algo que lograron con creces); qué decir de la prestación eficacísima de las autoridades locales y nacionales para garantizar la seguridad de los visitantes y de los locales que albergaban los diferentes eventos y acallar las voces que, por todo el mundo, y a tenor de las noticias de prensa, no dejaron de deslizar susurros de preocupación por el hecho de que fuera Colombia la sede de una manifestación tan importante, dados los “reportes” (como se dice en Hispanoamérica) sobre continuos enfrentamientos armados, secuestros, bombas, etc. que hacen grandes titulares en los medios de comunicación mundiales.
Tengo especiales palabras de agradecimiento para los jóvenes Diana, Cristina, María Piedadr, Esther, José-Fernando, Geiner y Milan, unos conocidos en el marco del grupo de atención del comité de organización del Congreso, en el Hotel Santa Teresa, de la ciudad amurallada, o otros, por la casualidad que reserva el destino a esos encuentros que después le marcan a uno, quienes, con la diáfana sinceridad y sencillez de sus corazones limpios y dispuestos para la hospitalidad, me hicieron sentir en Bata en aquella “otra orilla” de océano atlántico, recordándome, de paso, que la mejor hospitalidad no es siempre la que se dispensa en los palacios y en las cenas de cinco tenedores, y que le rodean a uno de un lujo impersonal y carente de todo sentimiento, sino aquella que te ofrece el que solo tiene sus manos desnudas, sus ojos limpios y acogedores y su voluntad profunda de dar y dar, sin esperar nada más que una sonrisa y un “gracias” alimentador y reparador. Me enseñaron lo maravillosamente entrañable que puede ser el hecho de pedirte el nombre cuando te registrar en un hotel, cuando se me dijo “¿Me regala su nombre, por favor?”; una expresión que te desvela la extremada sencillez de la cortesía de aquella gente, que concibe que el que les digas tu nombre es un precioso regalo de valor incalculable.
Gente buena, en un País sencillo, atractivo y diverso en sus personas y en sus dimensiones.
Pero como decía, lo agradable, bueno y sencillo, puede considerarse que quedó en lo que el pueblo cartaginés nos brindó como acogida y calor humano-tropical, hechos realidad en sus mujeres bellas, aceitunadas y tropicales, en su habla musical y su recibir poético.
Lo sublime, a decir de todos los que estuvieron presentes en Cartagena, se dibujó en el “innecesario” homenaje que se le tributó al hombre de las letras de Colombia y, por añadidura, natural de Cartagena de Indias, Gabriel García Márquez, el hombre de “Los cien Años de Soledad” y creador del mítico “Macondo”. Digo que un homenaje “innecesario” por entender (y no soy el único que piensa de ese modo) que “Gabo”, que así le dicen sus hermanos cartageneros y sus amigo, en su 80 cumpleaños, en el 40 aniversario de la publicación de su famosa y universal novela y en el 25 aniversario que, por ella, le concedieran el Premio Nobel de Literatura, ya había recibido en la historia y en el reconocimiento universal, el más grande de los homenajes: el de los millones de lectores que le leen y le seguirán leyendo “por los siglos de los siglos” y que, en cada siglo seguirán exclamando, después de una detenido y asombrosa lectura “ ¡qué gran escritor, hombre y genio de las letras y de la creatividad!”.
Pues bien, dicho homenaje consumió, a mi manera de ver, todo el genio creador de los organizadores del Congreso. Porque, y este es el problema, no se puede mezclar lo sublime con lo ordinario, lo meramente figurativo y lúdico. Porque el resto del congreso no fue sino una manifestación lúdica, una celebración de la lengua, una fiesta para celebrar el hecho de que “todos hablamos y escribimos en español”
Todos los participantes coincidimos en que “Gabo” le había robado protagonismo a un Congreso con demasiadas ganas de festejar antes que de programar el futuro. El que, en la cumbre de la literatura universal, seguía considerándose a sí mismo solo “el hijo del telegrafista de Aracataca”, leyó difícilmente, casi la manera balbuciente, sus palabras de agradecimiento, Su relato entrañable de las peripecias que pasaron su esposa y él para editar “Cien Años de Soledad” concluía de esta manera: “.… El empleado de correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales y dijo: “Son 82 pesos”. Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que quedaban en la cartera, y se enfrentó a la realidad: “Solo tenemos 53” Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires, sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto. Sólo después caímos en la cuenta de que no habíamos mandado la primera sino la última parte. Pero antes de que consiguiéramos el dinero para mandarla, ya Paco Porrúa, nuestro hombre en la editorial Suramericana, ansioso de leer la primera mitad del libro, nos anticipó dinero para que pudiéramos enviarla
Fue así como volvimos a nacer en nuestra vida de hoy.
Muchas Gracias”
Este balbuciente, entrecortado y frágil discurso, cautivó y robó todo el protagonismo al Congreso.
Muchos nos llevamos la impresión, cierta, de que hasta allí habíamos viajado para escuchar importantes, muy académicas y poéticas alabanzas, concebidas y escritas por pulcras y dotadas plumas, de lo que yo llamo “la españolidad contemplativa”, muy preocupados todos en alabar el gran papel que ha desempañado nuestra lengua en la configuración de áreas culturales en el mundo, en el enriquecimiento de la literatura, y el hecho de que hoy son 400 millones los hispanohablantes. Nadie, ninguno de los eminentes oradores se atrevió, ni en la ceremonia de apertura ni en los diferentes paneles, ni en la de clausura a aventurarse a abordar el “después de ahora” de nuestra lengua, frente a la agresividad del inglés y del francés en el mundo globalizado en el que vivimos en la actualidad. Todos parecían tan contentos que alquilen, muy ilustre escritor colombiano, muy “pluma sabia” se perdió en un canto de elogio a la ciudad de Cartagena de Indias, sin que, en realidad, se mire por donde se quiera, tuviera nexo alguno con lo que nos había congregado allí.
No preocupó, o no pareció preocupar, a nadie el hecho de que, entre los 400 millones de hispanohablantes declarados, una prevalencia media del 80% de analfabetismo en Hispanoamérica, hacía que, en su mayoría, lo fueran únicamente por pura costumbre e inercia, al no disponer de otras lenguas alternativas, por haberlas perdido a lo largo del penoso camino de una colonización anuladora de valores. Su incapacidad de leerla y transmitirla supone un grave peligro de pérdida de fuerza de penetración, por lo que se impone una inaplazable necesidad de medidas más agresivas y contundentes de formación, información y de implantación.
Esa lucha, por su propia naturaleza y funcionamiento, más académicos y demasiado sectarios (intelectual es, escritores y universitarios) ni las academias ni el Instituto Cervantes pueden cumplir dicha misión de “soldados de la lengua”,y de “cultivadores del hábito y la costumbre del español en el pueblo, en el llano y en la aldea”.
En el panel en el que participé, cuyo tema era “El Uso del español en los Organismos Internacionales” y en el que coincidí con personalidades como D. Enrique Barón, Presidente del Grupo Socialista del Parlamento Europeo; Isadora Norden, Directora del Centro Regional para el Fomento del Libro ern América Latina y el Caribe; Bruno Moro, Representante Residente para Colombia del PNUD, Carlos Tunnermann, de la Academia Nicaragüense de la Lengua, Diego Valdés de la Academia mexicana de la Lengua; y bajo la presidencia de D. José Antonio Moreno Ruffinelli, Presidente de la Academia paraguaya de la Lengua, abordé el tema del retroceso del español en el contexto de las organizaciones internacionales, culpando de eso al abandonismo de que se percataba en las estructuras de de representación de nuestra lengua compartida en los mismos; avancé el ejemplo de ciertos altos responsables hispanohablantes que, en dichos círculos, aún cuando el español es idioma de trabajo, prefieren hacer sus intervenciones y declaraciones en francés o inglés. Argüí que, si no había una verdadera toma de conciencia del peligro y una implicación decidida y resuelta de los poderes públicos para emprender una verdadera cruzada en los organismos internacionales en beneficio de la recuperación de los espacios que el español está perdiendo en las mismas, se corría el riesgo de asistir al confinamiento de nuestro idioma a micro espacios cada vez más reducido, cuando no su total desaparición en los círculos de la ciencia, la tecnología, la economía, en fin, en los principales motores que mueven el desarrollo del mundo.
Lo curioso para mí fue que el representante español en el panel fuera el que saliera en discrepancia conmigo. Asegurando que no de la implicación de los poderes públicos en esa batalla era algo inaplicable en el contexto de la hispanofonía y sacó a “a la palestra” algo que hizo hervir mi sangre, por lo ingenuo y conformista: “El Presidente François MIterrand –quien mejor sabía de esas cosas (puntualizó) felicitó el funcionamiento de nuestros congresos”. Ingenua afirmación, cuando se sabe que es, precisamente el mismo Presidente Mitterrand el que profesaba una devoción casi enfermiza a la misión de la expansión del francés; quien logró, con esfuerzos y dinero, que la Francofonía pasara de una mera asociación cultural al estatus de Organización Internacional; quien diera un impulso nuevo a la Conferencia Cumbre de Jefes de Estado de Francia y Africa (que incluye a Estados no francófonos); quien fue el motor generador del departamento de la Francofonía exclusivamente encargado de velar por el empleo del francés enb las organizaciones internacionales, dotándole de todos los medios posbles para llevar a cabo con eficacia dicha misión….Eso, “mientras “felicitaba el funcionamiento de los Congresos…”
El de Cartagena de Indias, ni en la apertura, ni en los paneles, ni en la clausura planteó un solo compromiso de futuro; no ha habido unj solo documento con intenciones de objetivos a cumplir en un plazo determinado,; no hay reflejado en un acta compromiso alguno para luchar contra el analfabetismo, ni para adoptar mecanismos y medidas que impulsen el mayor y más expandido uso del español en las organizaciones internacionales.
Nada, salvo lecturas literarias, bellas y musicales sobre las virtudes de una lengua que fue y es un referente literario sin parangón, pero que está en comprobado retroceso en los campos que sí marcan en desarrollo y el progreso de la humanidad en el siglo XXI.
Menos mal que “me regalé” presentando a los sorprendidos hispanoamericanos la República de Guinea ecuatorial, un rincón pequeño del África ecuatorial que se siente orgulloso de su hispanidad, que habla y escribe en español, que construye sus sueños y lamenta sus fracasos en ese idioma; que es parte de ese todo que es la hispanidad. Muchos de los asistentes no creían lo que estaban “diciéndoles” sus oídos y les veía, desde el estrado, con unos ojos tan abiertos por la sorpresa que parecía que quisieran abarcar la dimensión de los que escuchaban con sus ensanchadas pupilas. Un colombiano, desde el público, y en el turno de preguntas que siguió a mis palabras, tras el pequeño “zipi-zape” que se quiso armar entre el representante español y yo, al no compartir él mis denuncias ni yo su quijotesco optimismo, me preguntó si habían publicaciones en español en Guinea Ecuatorial, le contesté que yo mismo era co-fundador de una revista y que habían muchas más; también quiso saber si todos los actos administrativos, educacionales y de comunicación general eran en español, a lo que yo le contesté que sí. Mi sorpresa fue que, después de aquel breve pero profundo interrogatorio, su pregunta siguiente fuera “¿ y por qué no existe una Academia de la Lengua en Guinea Ecuatorial y sí en Filipinas, donde apenas se háblale español a nivel familiar y es inexistente en la sociedad?”. Me limité a hacer un gesto con la cabeza, hacia la parte española y de la real Academia que se encontraba en la mesa conmigo, como si les diera un pase de balón con la cabeza; uno de los cuales, zozobrado y aturdido, se limito a murmurar “Estamos en ello”
Tras mi intervención, una avalancha de curiosos “hermanos de la otra orilla del Atlántico” se abalanzó sobre mí pidiendo mi ponencia (solo acerté a entregarle la única copia de que disponía a una estudiante universitaria, prometiendo a los demás enviársela por correo electrónico a mi regreso a Londres).
Así las cosas, y ya en el avió, el 30 de marzo, de regreso a Londres, coincidí con un hispanista extranjero (por lo de no ser ni español ni hispanohablante) que también había participado en el Congreso. Durante la charla que, lógicamente, se entabló entre nosotros, nos centramos en el análisis de nuestras impresiones sobre los resultados del Congreso. Coincidimos en reconocer la ausencia total de resultados de cara al futuro y el aire de “fiesta y regocijo” que le había caracterizado. Desde luego, yo me mostraba más dolido que él, que solo reconocía una cierta dejación por parte de los que debían, en principio, capitanear la merecida lucha por la recuperación del espacio perdido por nuestro idioma..
Después, cayó en nuestras manos un ejemplar del número de aquel día del periódico “El País. Primero lo leyó mi compañero de la improvisada tertulia “avionera”; me lo pasó unos minutos más tarde, invitándome a leer un artículo concreto, con el siguiente comentario “A propósito de lo que hemos estado hablando, no tenía idea de que el español estuviera tan mal en el mundo cibernético”
Con el título LA NUEVA IMPRENTA DE INTERNET “Académicos y expertos debaten los retos del idioma en el ciberespacio” leí, entre otras, y con cierta “amarga satisfacción” la corroboración de mis temores y mis quejas durante el congreso: “…El reto que la cibernética le plantea al idioma español ha sido el sambenito que ha acompañado a este congreso: La escasa participación del español en Internet lo ha colocado en posición débil frente a otras lenguas, en especial, el inglés. Los últimos datos, de 2005, muestran que perdió, incluso, su liderazgo entre las lenguas romances: le supera ya el francés. Angostar esta brecha, repitieron académicos y expertos, es el mayor desafío de nuestra lengua.(pero nada se adoptó medida alguna en el Congreso para hacer algo al respecto –nota mía). Hay más cifras: en 2006 había 50 millones de referencias a Shakespeare en el ciberespacio, mientras a Cervantes solo poco más de 7 millones. En el acceso a Internet, la brecha parece insalvable; según datos del Banco Mundial, en 2004 los usuarios en los EE.UU alcanzaron el 64% de la población, en Europa el 44% y en América Latina el 11,5%. Álvaro Marchéis, Secretario General de la OEI, señaló al culpable de la escasa presencia del español en la ciencia y la tecnología: el retraso educativo y social de los países iberoamericanos y sus profundas desigualdades. Acaba señalando el artículo que “El español vivo, con el cual todos podemos tener contacto en cualquier momento, desde cualquier lugar, está en el ciberespacio; lo que está en Internet existe aunque no esté en el diccionario.” El País, viernes, 30 de Marzo, CULTURA/49.
Y esto no lo digo yo, Agustin Nze Nfumu, Embajador de Guinea Ecuatorial, orgullosa de su hispanidad, a pesar de la negación de algunos y que, de no ser por mi intervención en el Panel adecuado, ni siquiera se hubiera enterado la multitud de gente que asistió al Congreso, de la presencia de esta hispanidad africana que, sin embargo, hubiera servido de arma eficaz a los representantes españoles para probar con creces la diversidad en la unidad, pregonadas por el lema del mismo. Una ocasión más perdida de hacer “muchos en uno” que ha tenido España y la hispanidad en Cartagena. Y no por culpa de Guinea Ecuatorial, que siempre se ha postulado como el puente natural y lógico del Afroiberoamericanismo, lanzado, 23 años ha, en Bata y que sigue reclamando con orgullo bantú y nobleza hidalga.
La Cortesía del regalo
Esta parte ya la definí, con el agradecimiento a los jóvenes cartageneros que, tratándote con increíble cortesía y contagiosa amabilidad, te regalan lo mejor de la hospitalidad del que no tiene y no espera nada, te muestran al desnudo la excelencia de lo sencillo y la sublimidad del calor humano.
Al igual que me dieron a mí, lo dieron a los miles de asistentes al Congreso, llegados de de toda ibero América, China, Europa, “las otras américas” (como Williams Jefferson Clinton, que vino a rendir homenaje-y llegó tarde- a su amigo García Márquez, cuya obra no puede leer en español, siendo su hija menor la única en haberlo podido hacer)
Una hospitalidad y amabilidad tales que, según reza en el en el número y pagina del periódico referenciado más arriba, hayan hecho a los huéspedes afirmar que “De este Congreso, la energía (de los colombianos) y el homenaje a Gabo” y que al Rey de España no le quedara más remedio que exclamar admirado “!Cuánta gente para todo y cuánta alegría te dan!”
A mi paso por Bogotá, de regreso (se me iba a olvidar), me organizaron los de Gematour, por vía de la jovencísima y eficiente Esther, un bonito “tour” ( en nuestro castizo lenguaje le llamaríamos gira) por la ciudad-capital, durante la cual pude admirar el Museo del Oro, la ciudad histórica e incluso un taller de talla de la esmeralda; todo eso, en compañía de un compatriota guineeocuatoriano de nombre Pedro Ndong Ondo, natural de Engong Esawong, que lleva 30 años en Colombia, profesor y cuyo hijo, Nicolás Aba Ondo Mendez había venido a verme a Cartagena de Indias.
Y esto lo cuento sin ningún tipo de reivindicación; con la lógica preocupación que tiene uno por lo que considera suyo, por encima de actitudes y condicionamientos ajenos a la pureza de la cultura y al sentir de uno por lo que le hace “uno importante en un cuerpo de varios necesarios”.
Cartagenero, guineoecuatoriano, ibero a andino, este es el español común que nos llevó a miles de kilómetros y tras 10,45 horas de vuelo, desde Paris, a conocer a gente excelente, noble y sencilla, que se bañan en unas playas tan cálidas como las de mi Bata y que te piden sonrientes, que les “regales tu nombre”.•


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