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Continuando mis relatos durante la campaña de dos años que hice en dicha isla, embarcado en el cañonero Cánovas del Castillo, contaré parte de lo que allí viví y conocí. Existía buen ambiente entre los coloniales y los naturales de la antigua Guinea española. El entonces gobernador general de la Colonia, don Faustino Ruiz González, visitaba con frecuencia los pueblos más necesitados para conocer los problemas que exponían los nativos. El les animaba y prometía toda la ayuda que se podía hacer. Y como lo cumplía siempre, era bien recibido y por ese motivo le hacían fiestas en su honor.
A pesar del calor propio de esa tierra durante el día, las noches mostraban una buena temperatura. Daba gusto estar sentado en una terraza de la capital hasta altas horas de la noche. Pero cuando menos lo esperabas, caía algunas tardes una lluvia muy fuerte que apenas duraba unos minutos. Se celebraban con frecuencia veladas de boxeo en el mismo campo de fútbol, dirigidas por verdaderos maestros de ese deporte. También se celebraron partidos de fútbol entre equipos de Santa Isabel y del continente. Una tarde asistí a uno de ellos y casualmente jugaban, por cierto muy bien, el teniente de navío Manuel Matres Ruiz, sobrino del gobernador general, y un hijo del finquero y comerciante fernandino Abilio Balboa.
Lo que más ilusión me hizo fue conocer un lugar de descanso llamado Musola, casi en lo alto de una montaña, donde existía un parador y servía de tranquilidad y descanso a las personas que iban allí los fines de semana. Las habitaciones eran de madera, ya que en el periodo 1942-1944 fue un campamento de tropas de Regulares y luego, al irse los militares, los barracones se aprovecharon para hacer un hotel. La temperatura era ideal. Reunía buenas condiciones para pasar allí varios días e incluso tenía una piscina que no llegué a bañarme por estar el agua helada. Otro lugar era Moka, un lugar a más altura que Musola, donde cada quince días asistía un número de marineros y cabos al mando de un oficial del barco, y regresaban contentos, sin hacer casi nada, solamente “descansar y no pasar calor”.
Los miércoles llegaba el avión de Bata con la correspondencia dirigida a Santa Isabel. Los que estábamos embarcados no teníamos paciencia e íbamos por la tarde a Correos, donde nuestro cartero nos entregaba las cartas de la familia y a continuación nos sentábamos en nuestro bar de costumbre y allí con tranquilidad leíamos las noticias, que afortunadamente siempre fueron buenas, aunque nos producía cierta tristeza al estar separados miles de kilómetros y no poder vernos hasta cumplir la campaña de dos años. Tengo que aclarar que no todos los casados del cañonero Cánovas vivían solos y hacían su vida a bordo, como el que suscribe, pues algunos tenían su esposa e hijos residiendo en la isla y salían del barco a las doce y media de la mañana, si no estaban de guardia, y no regresaban hasta el día siguiente.
Raro era el casado que no tenía uno o dos boys para hacer recados y las labores de la casa. Así que para la esposa era un lugar privilegiado y descansaba mucho más que en la Península. El sueldo mensual era muy superior a nuestros anteriores destinos. Se vivía muy bien y raro era quien al regresar a casa no se llevaba un coche o una motocicleta. Los hijos que allí residían seguían sus estudios, pues existían escuelas e Instituto y no perdían el tiempo; y los que estaban en edad de hacer el servicio militar lo hacían como soldados en la Guardia Colonial. Eso tenía una gran ventaja para ellos, pues el tiempo de servicio era menor que el habitual en otros lugares.
En los años que estuve allí no había supermercados, ni hoteles de cinco plantas, restaurantes de cierta categoría y viviendas nuevas que merecen todos los elogios y sobre todo las nuevas avenidas y calles que tampoco las había antes. Si volviera a Malabo, que mucho me gustaría, seguro que apenas la conocería. No quiero abusar de la revista La Gaceta alargándome con mis historias, pero siempre tendré buenos recuerdos de Santa Isabel de Fernando Poo. •
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