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Por: José Luis Barceló
Delegado de “La Gaceta de Guinea” en España. Exdirectivo de Cruz Roja Española.
Profesor Honorario de la Universidad de Chiclayo (Perú)
Los problemas que crea la emigración incontrolada en Europa Occidental han comenzado a repercutir en España y Europa en la opinión que la gente tiene sobre los emigrantes y los extranjeros. La manera aventurada en que se llega hasta nuestras fronteras –pateras, escondido en camiones, a nado, etc.- convierten el trasvase de población de un continente a otro en una verdadera Odisea. ¿Por qué hay personas decididas a venir desde todo el mundo hasta aquí?, se preguntan muchos europeos, entre ellos no pocos españoles.
Las razones son sencillas. En nuestro mundo se vive como si se tratara de dos planetas diferentes: en una mitad, la gente se muere de hambre, de enfermedades, de guerras o catástrofes. Hay enfermedades y la esperanza de vida no alcanza en muchos casos a los 50 años.
En otra parte del mundo, la rica, solo con nacer ya se tiene garantizada la supervivencia hasta más allá de los 70 años, en buenas condiciones, sin pasar hambre. Esto no excluye penalidades, todos tenemos un tránsito, pero no es el abismo de nacer en un país pobre, donde todo son contrariedades.
Tenemos, por tanto, un planeta pero con dos mundos diferentes. En mi mundo, el rico, la gente muere de causas ligadas a nuestra propia forma de vida: por comer mucho y hacer poco ejercicio, la obesidad provoca estragos ya desde edades tempranas. Las enfermedades cardiovasculares, la tensión alta, los infartos de miocardio y las arteriosclerosis son algunos de los efectos de esta forma de vida, siempre sentado y sin moverse de la mesa del despacho. El cáncer es otra de las formas de las que se muere en el mundo desarrollado. Las causas son diversas, pero todo parece ligado a la alimentación y la falta de ejercicio, y la presencia de sustancias nocivas en el aire y los alimentos, así como la contaminación y los campos electromagnéticos que producen las pantallas, los aparatos, las líneas de alta tensión eléctrica y la telefonía móvil. Los médicos dicen que si no se alcanza más allá de los 60 años de edad es difícil que un cáncer se manifieste, motivo por el que estas enfermedades con aún bastante raras entre las poblaciones de países menos desarrollados. Igualmente ocurre con otras enfermedades exclusivas de países avanzados, como los síndromes de Parkinson o Alzheimer, que se manifiestan como enfermedades mentales para edades muy avanzadas, más allá de los 70 años.
Por último, otra de las grandes causas de mortalidad entre los llamados “países ricos” son los accidentes de tráfico de coches. Difícilmente un país que no tiene casi automóviles puede tener cifras importantes de fallecidos por accidentes de circulación.
Lo dicho, comprobamos que es un planeta pero con dos mundos muy diferentes. Si me dieran a elegir uno de los dos para vivir, intentaría pedir una mezcla de ambos, la naturalidad de los países menos ricos con los avances de los más tecnificados. Como eso es imposible, no me parece nada extraño que haya personas de una parte del mundo que quieran estar en la otra, y que hagan todo lo posible por intentarlo. Tienen todo el derecho del mundo a intentar elegir lo mejor para ellos y su descendencia.
La caída del Muro de Berlín ilustró el fin de una época, la caída del sistema de bloques que, tras la II Guerra Mundial, dio lugar al sistema de la Guerra Fría. Ya no existe la Guerra Fría y ello ha posibilitado que centenares de miles de personas se muevan libremente de una parte del mundo a la otra.
Las consecuencias demográficas, económicas, sociales y culturales van a determinar en un futuro a medio plazo, quizás menos de diez años, una serie de consecuencias políticas en el mundo avanzado, entre el que no solamente está Europa o Estados Unidos, sino también Japón, Australia, Canadá y, quizás en ese plazo de diez años, también China, el país de mayor crecimiento económico del último lustro. Pero entre ellos, desde luego ninguno de África.
Estamos asistiendo a un momento crucial para la Humanidad, probablemente el momento más importante desde que se inventara la escritura hace unos 8.000 años. También en el momento más intenso de intercambio y flujos migratorios de toda la historia de la Humanidad. Contemplémoslo en toda su grandiosidad y, también, con toda su tragedia humana. Y cooperemos porque sea más fácil, más allá de nuestros propios prejuicios étnicos o culturales.•
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