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Por: Agustín Nze Nfumu
Presidente del Consejo de Administración de "La Gaceta de Guinea Ecuatorial"
Embajador de la República de Guinea Ecuatorial en Gran Bretaña
A finales del mes de julio de presente año, llegó a Londres una delegación de un País africano, compuesta por el Fiscal General y el Ministro de Asuntos Exteriores de dicho país. El objetivo de dicha reunión era entrevistarse con autoridades británicas sobre un problema espinoso que afecta a las relaciones bilaterales entre ambos Gobiernos.
El la Capital británica, el Ministro de Asuntos Exteriores y el Fiscal General africanos tuvieron que conformarse con el Jefe del Departamento de Asuntos Africanos y su adjunta como interlocutores. Frente a frente, estaban sentados un Ministro y un Fiscal General con un Jefe de departamento; ni un Director General, Vice-Ministro, por no atrevernos a hablar del “elevadísimo” Secretario del Foreing Office.
Cuando se trataba del problema de la estafa que la empresa Firtzpatrick cometió en Guinea Ecuatorial y del hecho de que, por decisión judicial, algunos de los responsables de la misma debían permanecer en Malabo, mientras durase el juicio y los ingleses consideraron, no el hecho delictivo de la Empresa sino la parcial interpretación de que “unos súbditos británicos se encontraban retenidos por la fuerza en una bananera república africana”, el Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Guinea Ecuatorial (Representante del Estado guineoecuatoriano ante en el Reino Unido) fue convocado más de dos veces al Foreing and Commonweatlh. En las más de dos veces, tuvo como interlocutor al Jefe del Departamento de Africa del Ministerio. Los directores generales, ministros adjuntos y toda la jerarquía del Foreing and Commonwealth Office, brilló por su ausencia, como durante toda la estancia que lleva el Embajador en el reino Unido.
Con motivo del debate que se ha instalado en el mundillo diplomático de Londres, en torno al pago de lo que los ingleses llaman “Congestion Tax”, o sea, “paga por los atascos que se producen en la circulación en el centro de Londres”, los Embajadores del Grupo africano, que es lo mismo que decir, los Embajadores de la Unión Africana, una Organización Regional muy importante y, aparentemente, influyente, en una de sus reuniones periódicas, acordaron enviar una delegación al Vice-Marcshal (no lleva este pistolas como los del oeste Americano que recordamos de las películas de nuestros años mozos sino el Texto de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas y todos los manejos para llevar un control discreto pero firme sobre el cuerpo diplomático acreditado), o sea, el Jefe de Protocolo, al objeto de presentarle el punto de vista de ese importante grupo sobre el tema y escuchar su opinión, dado que, a revés que los Estados Unidos, Canada y alguna otra “potencia”, que habían tomado, de manera tajante y unilateral, la decisión de no pagar dicha tasa, por considerar que era un impuesto, y como tal, la convención de Viena les exime de dicho pago, los africanos querían dialogar antes con las autoridades del País, dándoles su punto de vista (el de sus gobiernos respectivos y del conjunto africano), el Jefe de Protocolo Diplomático mandó contestar a la Delegación de más de africanos y residentes en su ciudad Capital, que no tenía tiempo para recibirles y que se vieran en el Council (ayuntamiento) con los funcionarios encargados de tasas…
Los diplomáticos africanos acreditados en la capital británica saben que el Secretario del Foreing Office es una especie de fantasma que se les aparece furtivamente cuando presentan sus credenciales a la Reina (cuando no es el Viceministro) o cuando ofrece la tradicional comida del mes de noviembre al cuerpo diplomático, con ocasión de no me acuerdo qué real acontecimiento. Entonces, le saludan muy furtivamente e intercambia alguna que otra palabrita con éste y aquel. Contadas y escasísimas son las veces que un Embajador africano ha podido tener el privilegio de ser recibido en audiencia por algunos de los super-Secretarios del Foreing Office o de algún otro Departamento de la Británica monarquía.
Y más cosas, que van hasta el control personal en los aeropuertos a los Embajadores, las negativas a las exoneraciones, la negativa a ciertos privilegios que les son reconocidos incluso al ciudadano normal, como es el poder aparcar el vehículo oficial de la Embajada frente a esta si previamente no se ha pagado el derecho de hacerlo; un dereecho que cuesta 2000 libras (2.000.000) de francos cfa, por vehículo y por año, etc…
En los Estados Unidos, son los Desk Officer del departamento de Estado los que reciben a los >Embajadores (y hay que sudar para que eso ocurra), se trata como delincuentes a los Ministros de Asuntos exteriores en los aeropuertos (el caso del canciller de Venezuela, en el momento que iba a tomar el avión en el aeropuerto JFK de Nueva York para regresar a su País, tras participar en los trabajos del 61º. Período de Sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas; donde se le llegó, incluso, a amenazar con una pistola) o simplemente, no se les reciba, aún cuando son portadores de mensajes oficiales importantes de sus países.
Esta es la dinámica, es la forma en que los representantes de estados y Gobiernos africanos son tratados en el prepotente occidente, en esta parte orgullosa y poco modesta del escenario de las relaciones internacionales y en un mundo que, supuestamente, está regido por el derecho internacional, cuyo principal y más sensible principio es el de la igualdad soberana entre los estados.
Y en Africa.
En el continente de la abundancia (abundancia de dolor, del expolio por los extranjeros, del empobrecimiento en beneficio y para enriquecimiento de extranjeros sin escrúpulos, de la miseria programada desde latitudes lejanas), en el sufrido y humillado continente de los hombres negros y corazones sensibles, las cosas se desarrollan de otra manera:
El Embajador del Reino Unido, España, Francia, Estados Unidos, etc… solo se ven con y en primera instancia, el Jefe de Estado, muy esporádicamente con el primer Ministro, Vicepresidente o Ministros (por esta escala descendiente). Los directores generales, por no bajar demasiado el listón hasta los jefecillos de departamentos y secciones no entran nunca dentro de sus posibilidades (aún las más remotas) de entrevistas. Si proceden de fuera de las fronteras, no se trasladan al País sino cuando ya saben que el Jefe de Estado les va a recibir, se van a entrevistar con el Primer Ministro o el Ministro y van a seguir mirando por encima del hombre a los Secretarios Generales y Directores Generales. ¡Quién habló de jefes de servicios!.
Entonces, surgen las preguntas y las dudas; surgen los nombres inventados y adaptados. Y ya que estamos de preguntas y dudas:
No busquen la palabra que da nombre a estas reflexiones en el diccionario porque no la encontrarán, como tampoco existían otras como “democratura” o tantas otras que la nueva civilización de lo absurdo que se ha instalado, últimamente, como la gangrena, en las relaciones humanas, en este mundo roído por la hipocresía, la intolerancia y la falta de respeto hacia los demás. Sin embargo, constituyen la duda que se hace cada vez más creciente en la mente de gente que, por un lado, saben de los textos bienintencionados que redactan los hombres, saben de los discursos limpísimos y perfectísimos que los hombres pronuncian, pero ven los comportamientos que se apartan con incalificable violencia de dichos discursos y textos. Entonces, surgen los nombres que se aproximan, más o menos, a lo que los ojos perciben y las mentes no acaban de asimilar ni aceptar.
La “Diplocriminación” es el ejercicio de las relaciones internacionales que, en la práctica de la diplomacia (como instrumento de la ejecución de las relaciones entre Estados según el Derecho Internacional), y en detrimento del derecho y de todas las convenciones establecidas y firmadas en el mundo, practican los que se han autodenominado “grandes pobladores del Primer Mundo” en su permanente obrar para anular a los que también han denominado ellos “pequeños pobladores del Tercer Mundo”.
La medida que emplearon los que así, y de manera arbitraria, clasificaron a los habitantes del mismo planeta en “mundos estratificados y viviendo de espaldas unos de otros” es la que dicta el egoísmo a ultranza que les llevó a seccionar la sociedad de hombres, supuestamente iguales, en dos partes tan alejadas una de otra, por un trato injusto y una distribución avara del principal atributo de los hombres: su dignidad.
Porque las prácticas que se describen en los primeros párrafos de este trabajo, no denotan sino la vanidosa creencia de las limitaciones humanas, que les impulsa a deducir que son superiores porque lo efímero y lo fútil les concedió una situación de holgura y de bienestar, no superior sino más ostentosos. Es este criterio de un mundo soberbio en continua actitud de atropello y humillación a otro mundo humilde y sometido, el que ha presidido desde las sombras de la historia las relaciones entre nuestras dos realidades como países y como estados. Unos quieren ser iguales, lo gritan con voz en cuello, pero sus supuestos socios y compañeros de viaje hacia el mundo unitario y global, no quieren reconocerlo y prefieren que recorran el camino con esas diferencias abismales, no en las formas sino en los espíritus y los ánimos.
El Ministro africano es tratado normalmente a nivel de un jefe de servicio en occidente y, salvadas las fotos y las poses para la prensa, las actitudes importantes son de un Zeus tratando a un pobre mortal, un ser superior conviviendo con el que está luchando para ser apenas mediocre e incipiente proyecto de valores..
En las conversaciones y encuentros a altos niveles, se nota una tendencia que retrata al occidental siempre en actitud de querer dar lecciones, instruir o conducir a una “balbuciente y aprendiz alumno procedente de África”; por más rico, autosuficiente y posibilidades que tuviera un País africano, sus dirigentes son mirados con una cierta condescendencia y benigna compasión en Europa. Cuando alguno del “primer Mundo” llega a nosotros, lo hace con la convicción de un “tarzanismo” y un “Iradierismo” que le hacen ver selva en los bosques y en las personas con las que tiene que tratar; y piensa que sigue siendo misionero y “bwana” educador y orientador. Por eso siempre pretende discutir con los que considera “menos menores en categoría” que él.
Ellos no quieren ver nunca al responsable de la electricidad en el país, o del servicio de agua o del servicio de las vacunas en el hospital; quieren que les reciba el presidente de la República para hablarle de vacunas y de agua, de las tasas del aeropuerto y de los servicios de aduanas. Un Ministro es un “pequeño funcionario” que no tiene nada que discutir con un Embajador o Jefe de Servicios de un Ministerio de España, Francia o Inglaterra, solo habla con los Jefes de estado, porque “son los que más se acercan a sus categorías”, e instruye a los demás….
Cuando venimos a occidente, es lo mismo. Son los mismos Jefes de Servicios los que nos reciben y nos siguen dando lecciones.
Por eso veo cuestionados todos los principios de la igualdad de las personas humanas, la igualdad soberana de los Estados y el respeto que se debe en todas partes a los que ostentan responsabilidades y tienen el respaldo que dan las convenciones y los acuerdos.
Y hablamos de un mundo que nos está arrastrando a una globalización que no ha acabado de cuajar ni en nuestras propias concepciones de la vida en comunidad y en sociedad; una globalización y una mundialización letales para el desenvolvimiento y la realización plena de los pueblos y las naciones. Y estamos hablando de una aldea planetaria que no sabe todavía ser una casa que respete los principios de convivencia entre sus ocupantes.
Y estamos hablando de un mundo en paz, cuando la paz no ha terminado de ocupar una ínfima parte del espacio que le dedicamos los humanos en nuestras mentes, una paz que unos quieren imponer a otros con el castigo y el miedo, con la amenaza y las descalificaciones, con sanciones y bloqueos, con desprecios y humillaciones.
Y estamos hablando de un mundo de amor, cuando no hemos sabido todavía aprendido a ubicar dicha palabra en nuestras manifestaciones con los demás, cuando no sabemos hacerlo todavía con el que es diferente, solamente diferente, cuando no sabemos tolerar la forma de hacer que no se corresponde a nuestra manera de hacer; cuando hay más separación y distancias en nuestras mentes que en el espacio geográfico que nos separa.
Y digo que el mundo debe cambiar. No el primero, segundo o tercer mundos, sino el mundo de todos, para que nuestras maneras y comportamientos, nuestros egoísmos y nuestras ambiciones no nos condenen a espectros de primera, segunda o tercera locura sino que alimenten nuestras mentes con la tolerancia y la aceptación de otros como iguales en esencia, aunque difieran continentes, océanos y linajes.
Y mis palabras son para el occidente soberbio y prepotente, que juzga y no escucha, desprecia y no atrae, aumenta el abismo de la separación en vez de poner el puente de la unidad.
Y los hombres son iguales por dentro, ya se sabe que por el color de sus pieles no; dotados de los mismos principios naturales para su condición humana y su esencia espiritual, por lo tanto, llamados a ir cogidos de la mano, no como el ciego cogido al bastón de su lazarillo, sino como dos personas con ojos sanos para ver, aunque unos sean de color azul y otros de color gris.
Y digo esto porque estoy en medio de esas actuaciones, y porque las vivo, aunque no diga nombres y apellidos ni haga ubicaciones concretas.
Lo digo, a sabiendas de que no se me hará el más mínimo caso; mientras los intereses económicos prevalezcan sobre los principios morales y de armonía social, mientras las apetencias hegemónicas prevalezcan sobre la ordenada distribución del espacio para vivir y desarrollarse, de suerte que no haya demasiado para unos pocos sino un poco para muchos; no me harán caso, mientras haya tanto petróleo en Guinea Ecuatorial, Iraq, Kuwait, o diamantes en Angola, Sierra Leona y Centroafrica, oro en el Congo y Africa del Sur y siga habiendo gente y sociedades que juzguen que están mejor en manos de los que “saben cómo guardarlos en los grandes y modernos despachos y almacenes y cisternas del Primer Mundo”
No se me hará caso mientras el derecho internacional y el respeto de los principios que propulsa sigan siendo manipulados a favor de “los que más pueden”
Y he hablado. Y he dicho lo que me quema por dentro, lo que me produce dolorosa curiosidad…
Ojala! pueda reírme con sana carajada algún día.•
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