Por: Simeón Sopale B.
Uno de los acontecimientos más importantes en la historia claretiana de Malabo, es el que tuvo lugar en la tarde del sábado 22 de julio en la parroquia del Santuario Claret; donde fueron ordenados sacerdotes, los jóvenes Alipio Umó, Salustiano Oyono, Rafael Obiang y Felipe Echube. Y diacono, a José Ramón Botoko.
La comunidad cristiana católica de Malabo, que en muy pocas ocasiones habría podido constatar una ordenación de estas dimensiones, abarrotó la iglesia, para vivir in situ la celebración de la liturgia de la palabra, que estuvo presidida por el Obispo de la ciudad de Bata, Monseñor Juan Matogo Oyana, a quien acompañaban varios sacerdotes de la archidiócesis de Malabo.
El Monseñor centró su homilía en los pasajes bíblicos del profeta Isaías, cap. 61, 1-6: “El Espíritu del Señor esta sobre mí…” la 2Cor 5, 14-20: “El amor de Xto. Nos apremia…para que vivan para Aquel que murió por nosotros…ya no valoramos a nadie según la carne…” y Mc. 16, 15-20: “Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva…” y dijo, que los nuevos miembros de la comunidad sacerdotal habían escogido el texto que constituye el reconocimiento y confesión del profeta Isaías; y que tanto ha iluminado la vocación apostólica de otros muchos llamados. No dudo, continuó, que detrás de las huellas del fundador, San Antonio María Claret, queráis servír como sacerdotes al pueblo de Dios.
El espíritu que recibió el ser humano, cuando Dios sopló en sus narices, dándole aliento de vida y que resultó una criatura viviente, hecha a imagen y semejanza de Dios, toma hoy una posesión de vosotros para dar alma y elevar los dones de Dios que recibisteis inicialmente como cualidades, quiere transformarlos en carismas dados por el espíritu para bien y servicio de toda la iglesia.
La congregación a la que pertenecéis, dijo, recibió del Fundador, como carisma y misión, el servicio misionero de la palabra por todos los medios posibles. Y, esta universalidad de destino y de apostolado, apela ante todo a la disponibilidad; la cual, no será posible, sin la humildad, de quien sabe que ante todo esta al servicio de Dios.
Deberéis estar siempre vigilantes, por la ambición que anida en todo corazón humano, y que no dejará también de tocar el vuestro. Y en esos momentos delicados y a la vez connaturales, la precipitación no suele abocar en el bien que se busca. La reflexión sosegada, la oración y la meditación de la palabra de vida suelen abrir nuevos horizontes de vida.
El Monseñor finalizaba su homilía, deseando a los recién ordenados y bajo el amparo de María y tras las huellas de Claret, que encuentren el gozo y la utilidad de acompañar a los hermanos en el itinerario que lleva a la vida en plenitud.•