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Gratos recuerdos de la antigua Guinea Española (1955-1957)

Por: Rafael García Linares

En Santa Isabel de Fernando Poo hubo siempre destacado un cañonero y al final una o dos corbetas y un buque hidrográfico. Yo solicité ser destinado a la Guinea Española, allí permanecí el bienio 1955-1957, a bordo del cañonero Cánovas del Castillo, un buque bastante viejo construido en 1923.
Salí de la Península en la motonave Dómine el 3 de diciembre de 1955, mi impresión al llegar a Santa Isabel fue inmejorable. Me encantó la isla. Al principio se hizo duro y más sin familia, pero pasados seis meses el ánimo fue mejorando y sobre todo después de comprar una motocicleta MBW, paseando muchas tardes y muchas noches con algún compañero o amigo por la carretera de San Carlos.
Existían dos cines, el Jardín y el Marfil, con dos sesiones diarias de tarde y noche. Casi siempre iba a la última sesión, luego cogía la moto y enfilaba la carretera, regresando al barco bien tarde. Esto me compensaba de la vida de a bordo. Salíamos también a la mar para hacer ejercicios de tiro de cañón o para limpiar fondos en Lagos (capital de Nigeria), operación que hacíamos cada año y que duraba tres o cuatro días. Coincidiendo con la independencia de Nigeria hicimos otro viaje en comisión de servicio y también a Ghana por igual motivo. Con alguna frecuencia fuimos también a Bata con el gobernador general, a la isla de Annobón y a otros lugares de la Guinea continental. Pero en general, las salidas fueron pocas.
Había tiendas de tejidos, donde podías adquirir camisas de manga corta, pantalones cortos y sombreros, tan necesarios en las horas de sol. Había demasiados bares para mi gusto, pero no me extraña, porque allí se bebía mucho. Abundaban también las tiendas de comestibles. No faltaban tampoco las fiestas patronales de nuestras ciudades peninsulares, celebrándose con gran solemnidad y con misas en la catedral. Existía también una pequeña emisora de radio, dirigida por un joven, que nos daba todos los días las principales noticias locales y peninsulares, alternando con música variada y con anuncios. El periódico Ebano era sencillo, de unas cuatro páginas, saliendo tres días por semana. Un día tuve la satisfacción de ver publicado un artículo mío en él.
Existía un Casino con una pequeña piscina y pista de baile, para asistir a él había que ser socio. Me pillaron las obras para agrandarlo, pero no lo pude ver finalizado. Pero el muelle nuevo sí que lo llegué a ver terminado, pudiendo atracar de costado buques de carga y pasaje, así como los buques correo que llegaban cada quince días a la isla, como el Villa de Madrid o el Ciudad de Sevilla. Y en el muelle viejo continuaba el Cánovas del Castillo, pegado a tierra de popa con una escala para subir a bordo, de la misma forma de siempre.
Durante las Navidades organizamos, con algunos compañeros y amigos de la isla, unas excelentes cenas y comidas, con música de un tocadiscos que a los que no teníamos familia nos alegraba sobre todo el fin de año. Afortunadamente no tuve paludismo por las pastillas que tomaba, pero sí adelgacé mucho, debido al cambio de clima o a las comidas de a bordo.
Tras cumplir la campaña de dos años seguidos cesé en el Cánovas y embarqué en el vapor Isla de Tenerife, de carga y pasaje, tardando doce días en llegar a Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife, donde hizo escala durante unas horas, llegando a Cádiz a los dos días y medio. Desembarcaron la moto metida en una gran jaula de madera y desde el mismo puerto la recogió una agencia de transporte con destino a Madrid. Yo viajé en tren y en la estación de Atocha esperaban mi mujer y mis tres hijos. Me tocaba disfrutar ahora de seis meses de licencia colonial.•


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