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Los guineoecuatorianos necesitamos cambio de mentalidad
Por: Antonio Nsue Ada

El hombre se determina como tal en la medida en que aprende, piensa y razona, y es capaz de aplicar tales conceptos en la sociedad , con tendencia a mejorar la comunidad y el mundo en que vive y se desarrolla como. Lograr esta capacidad no le obliga al hombre a ser el más fuerte de todos, como en las sociedades primitivas; más bien, le exige adecuarse a las normas impuestas por la moral, la ética, la deontología y demás leyes sociales, los cuales mantienen el equilibrio comunitario y nos conducen al progreso. Ello nos permite entrever que para que una sociedad pueda solidificar su desarrollo, es necesario que los individuos experimenten unos cambios en su mentalidad para adaptarse a las exigencias de este desarrollo que todos anhelamos.
Evidentemente, el cambio de mentalidad de los actores sociales ha sido una cuestión objeto de debate de larga tradición. El hombre, el ser más ambicioso de toda la creación divina, ha luchado siempre por el paso de una mentalidad arcaica, tradicionalista e individualista, a una mentalidad progresista y globalizadora.
En la Grecia antigua fueron muchos los filósofos que, imbuidos por las ideas democráticas y aristocráticas, lucharon intensamente par cambiar la mentalidad de la ciudadanía helénica. Platón, por ejemplo, puso su preocupación en la mentalidad de los gobernantes para lograr el equilibrio social. Para ello, ante la dificultad de que fueran los sabios los únicos que llegaran a gobernar, invitó a los gobernantes a hacerse filósofos, pues para él solo éstos últimos tenían la capacidad de poder distinguir el bien y del mal.
Otros pensadores como Macquiavelo, Rousseau o Jhon Locke, nos dejaron ejemplares consejos sobre cómo la mentalidad humana o la evolución de ésta condicionan el progreso, el bienestar y las relaciones interpersonales. De ahí, según Rousseau, la idea de que el hombre es bueno por naturaleza y que es la sociedad la que lo pervierte. También podemos observar en este ámbito cómo las revoluciones burguesas del siglo dieciocho y las liberales del diecinueve estaban guiadas por la idea de cambiar la vieja mentalidad del Antiguo Régimen, para adaptarla a las exigencias del proletariado.
Pasan los tiempos, pero el hombre continúa luchando por mejorar el mundo, lograr la paz, la felicidad, la armonía y la convivencia fraternal en la sociedad. Hablar del cambio de mentalidad implica que los guineoecuatorianos, como miembros de una sociedad democrática y un Estado de Derecho, estamos llamados a desistir de las circunstancias que desde momentos atrás han contribuido al estancamiento del desarrollo ascendente de nuestro país. Y como en otras ocasiones lo ha manifestado el Jefe de Estado, la superación de tales obstáculos debe constituirse como un reto permanente de toda la población guineoecuatoriana, para asegurar el progreso y bienestar de todos nosotros. Se trata, pues, de una necesidad tan relevante como imprescindible para todo pueblo que tiende a avanzar en su desarrollo, por cuanto que no sólo alude a dificultades de índole política y económica, sino también a las de carácter moral, cultural, mental, ético o social.
Necesariamente, los guineoecuatorianos deberíamos experimentar profundos cambios en nuestra vieja mentalidad; aquélla que conservamos como herencia ancestral, de la estructura tribal, pero que ya no se encuadra con las exigencias del mundo moderno y globalizado en que vivimos, y que debería aportarnos ya sólo ciertos valores- los más imprescindibles para nuestra identidad- en tanto que individuos africanos. Ciertamente, vivimos ya no en la sociedad tribal de nuestros antepasados, sino en la idea occidental de Estado, un Estado que engloba un territorio, un poder adjetivado como soberano y una población heterogénea, diseminada y de ideologías diferentes. La cuestión va más allá en la mediada en que nuestro país se determina como un Estado de Derecho, el cual nos invita a respetar los derechos de los demás ciudadanos y las libertades individuales, y a las instituciones democráticas; y el mantenimiento de la paz, la unidad y la justicia. Todo ello está recogido en nuestro ordenamiento jurídico, y en muchas ocasiones lo ha reafirmado el Presidente de nuestro país.
Sin embargo, resulta lamentable ver cómo muchos ciudadanos actúan contrariamente a lo dispuesto por la ley y demás normas sociales; ver cómo una mentalidad tradicionalista, tribalista e individualista pisotea los ideales democráticos que promueve el Estado de Guinea Ecuatorial, y se apodera de nuestras mentes conduciendo a la obstrucción del desarrollo que experimenta el país. El Estado de Derecho empieza con nosotros mismos, los ciudadanos, en la medida en que estamos obligados a acatar las exigencias legales y defender los derechos que éste nos reconoce, como principios básicos para la consolidación de una sociedad guineoecuatoriana democrática; y guiados por el ideal de justicia promovido por el jurista romano Ulpiano, el “vivir honestamente (honeste vivere), no molestar a nadie (alter non laedere) y dar a cada uno lo suyo (sum quidque tribuere)”
Cabe puntualizar que todos los guineoecuatorianos debemos considerarnos iguales ante la ley, y gozamos de los mismos derechos, obligaciones y oportunidades, como nos lo reconoce nuestro Estado. Esto exige una estricta aplicación material de las normas jurídicas establecidas, lo cual es tarea de todos los ciudadanos, cada cual en su sector o en su puesto de responsabilidad. De ahí que cada vez es imperante el cambio de nuestra mentalidad individualista y la asunción del progreso nacional como un beneficio de todos los hijos de Guinea Ecuatorial, para evitar los retrasos y los fracasos que han mantenido a nuestro país en las postrimerías del desarrollo.
La vieja mentalidad, como puntualizamos, puede frenar este despegue socioeconómico que está conociendo el país y alejarnos de los avances humanos actuales. Además, esta mentalidad limita la capacidad tecnológica y la formación integral del pueblo guineoecuatoriano, el subdesarrollo y de una manera u otra, la posibilidad de controlar estrictamente los enormes recursos que nuestra patria nos ha legado, hacerlos más rentables y protegerlos de la ambición extranjera. •

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