Por: Faustino- Nguema Esono Afang
Se ha comprobado, se comprueba y se comprobará, que la antigua expresión “la unión hace la fuerza”, es determinante e imprescindible en el logro y consecución de todo objetivo propuesto, sea bueno o malo; personal o colectivo.
Las uniones triunfan como consecuencias del sí consentido y contundente de las partes o de sus miembros. Los deportes en sus distintas modalidades, cosechan victorias a la entrega sin tregua de cada uno de sus componentes. Las diferentes asociaciones logran los éxitos deseados si sus estructuras, son compactas, trabajan en coordinación.
En nuestro días, vemos y asistimos a menudo, en eventos efemérides, actos, etc, promovidos por dos o varios gobiernos, en aras de conseguir más fuerza y dinamismo, para la solución de problemas a nivel mundial, continental o regional; en cómo conseguir que el mundo que es propiedad de todos, no sea manejado por unos pocos a su conveniencia. Los primeros aldeanos obtenían abundantes cosechas agrupándose según tareas.
Esto hace que sin necesidad de poseer estudios superiores especiales, sino forjado por la lógica natural, de la sana y pura razón, se comprenda en toda su extensión y en toda su profundidad, la imperiosa y obligatoria e innegable necesidad, de unirse para la consecución del “bien”, para y por siempre; por y para todos.
De esta forma, el que hizo, hace y hará, formó y conformó como símbolo de la unidad, la institución familiar, cuya función es servir de acicate en la continuidad de la especie humana; hortelanos y cuidadores de su gran y hermoso huerto, sin cuya presencia todo habría sido un verdadero caos; un avión sin piloto, un barco sin capitán.
Esta visión y este deseo que aparecen patentes y claros en las sagradas escrituras, constituyen los rayos de luz que iluminan las mentes humanas, en el sentido de hacer comprender y asimilar la gran importancia de la institución familiar, con la imperiosa necesidad de hacerla prevalecer incólume en todos los momentos de la vida, si se quiere eliminar para siempre, el serpenteo caminar del mundo, o de los que lo pueblan. Los logros personales nunca se equiparan o son iguales a los obtenidos por más de uno. Todos se ocuparán y se preocuparán de salvaguardar ese núcleo primario humano.
El no ocuparse de la familia, o al contrario, emplearla con fines de lucro, tónica esta dominante en la mayoría de las familias, ocasiona en gran manera efectos contrarios a la unión. En las familias con predominio de está lógica, se imparte como única, diaria y primerísimo lección, el luchar a toda costa por la tenencia de todo tipo de bienes, no dándose cuanta de que con una tal actitud, incumplen con el por qué de la familia: buscar la perfección humana, para un mundo unido y estable.
Frente a los hijos hay que llevar a cabo conductas que depongan los egoísmos, los odios y las venganzas; sustituir la lucha por la unión y la colaboración de todos para el bien común, con los sacrificios que sean necesarios. Vivir una sana igualdad y fraternidad como miembros de un mismo cuerpo, que es lo que en realidad son las familias, que juntas dan el valor y sentido a la vida. Es muy necesario darse cuenta que es importantísimo aquello que se organiza para los hijos, pero lo más valioso es su valor como personas, por tanto hay que entretenerlos en el buen sentido de la palabra y no solo amenizarles el ambiente agotando nuestros recursos. Los recursos para pasarlo bien están, perfecto; pero si no contamos con ellos, no descuidemos por lo menos brindar a los hijos escuela, alegría, cariño y una educación basada en la cohesión familiar.
La vida es un don recibido de Dios, trasmitido con la cooperación de los padres, para formar la célula base de la procreación. Mediante la capacidad generativa de la unión hombre-mujer, se construye el mundo.
La consistencia de los mejores edificios dependen del tipo de mezcla que lleven sus cimientos. Hay que tener siempre presente, la labor real a desempeñar por los padres y las madres, consiste en preparar a los hijos a ser libres, al desarrollo de su propia capacidad, comunicarles los valores de la persona humana, la fe, el autodominio de sí, la recta formación de la conciencia, la seguridad.
De no hacerlo así, el día que los padres no seamos capaces por las razones que fuesen de satisfacer sus gustos o necesidades, en ese mismo minuto, sin reconocer esfuerzos ni sacrificios, seremos enviados al banquillo de los acusados, siendo enjuiciados por tales errores por muy pequeños que éstos sean.
En esto se esconde al parecer, el verdadero sentido del por qué de la familia.•