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Por: Rafael García Linares
Ya han transcurrido muchos, pero muchos años. ¡Quién no recuerda un episodio o anécdota en el transcurso de una vida! Yo siempre he querido contar alguno acaecido en los dos años que estuve destinado en la que fue Guinea Española (1955-1957), embarcado en el cañonero Cánovas del Castillo, destacado en aquellas aguas, hasta que le llegó el final de sus días y tuvo que regresar a la Península para ser desguazado.
A los pocos meses de estar allí destinado, me compré una motocicleta marca BMW, matrícula de los Territorios Españoles de Guinea, TEG-3889, y con ella me daba continuos paseos por las tardes y algunas noches, principalmente por la carretera de San Carlos (hoy Luba). Algunas veces iba solo en mi moto y otras acompañado por algún compañero o amigo, al que llevaba detrás en un sillín bastante alto, y por este motivo el “paquete” que me acompañaba divisaba mejor los lugares que atravesábamos a una velocidad más bien moderada.
Y aquí llega la anécdota. Una noche, más bien tarde, cuando iba en la moto con un amigo, oficial maquinista de uno de los buques mercantes que hacían la travesía desde Santa Isabel a Victoria o a Douala, en el Camerún, cuando llevábamos unos pocos kilómetros recorridos en la carretera de San Carlos, mi acompañante observó que fuera de la misma había volcado un “jeep”, y me dio repetidos golpes en el hombro derecho para que parara.
-¿Qué pasa? Le pregunté.
-Que ahí hay un vehículo volcado y se oyen quejidos y gritos de auxilio.
Paré inmediatamente la moto y le dije:
-Acércate a ver qué es lo que ocurre.
Con paso ligero se dirigió al lugar donde se oían los quejidos y una vez enterado de lo que allí había ocurrido, me llamó gritando que me acercara. Dejé la moto como pude y me fui a su encuentro a toda prisa. Allí se hallaba fuera del “jeep” una nativa y un hombre, debía ser su marido, tirado en el suelo, pero no parecía que estuvieran heridos de consideración. Pero el “cuadro”, si así se le puede llamar, es que estaba dando a luz. Debían de ir rápidos por llegar cuanto antes al hospital y el vehículo volcó, y fue a parar a la cuneta. Este amigo mío, más decidido que yo, reaccionó rápido y pudo resolver de momento aquel percance, que no nos habíamos encontrado nunca.
-Pon la moto en marcha, me dijo, y con el faro alumbra hacia aquí.
Así lo hice y mientras yo a todo gas aceleraba para que hubiese más luz, este amigo mío llamado Manolo, maniobró de tal forma que pudo atender a los accidentados y yo creo que hasta la criatura que nacía en aquellos momentos. Pero yo también decidí hacer algo y le dije:
-Lo mejor es que te quedes tú aquí y yo me vaya al hospital a traer un médico o una comadrona.
Claro, la verdad es que mi amigo Manolo se quedaba con la peor parte. Salí rápido con la moto y me dirigí al hospital de Santa Isabel. Allí expuse lo ocurrido y acto seguido se dispuso que saliera una ambulancia. Pero como yo sabía que llegaría con la moto antes, me llevé en el sillín trasero a un practicante nativo para que fuera actuando por si la madre o el niño corrían peligro. Salimos a escape del hospital y naturalmente llegamos antes que la ambulancia. Allí seguía el pobre Manolo haciendo de matrona, pero ya no se oían quejidos, ni gritos. Debió hacerlo muy bien, aunque luego me confesó que nunca se había encontrado en circunstancias semejantes.
Llegó la ambulancia, recogió a los padres -él estaba herido leve- y a la criatura, y arrancó a toda prisa, naturalmente escoltada por la moto donde yo abría la marcha acompañado de mi amigo Manolo. En el hospital esperamos a conocer el diagnóstico del médico de guardia y no nos fuimos hasta saber que el parto no había tenido complicaciones. La madre se encontraba perfectamente, aunque aún le duraba el susto recibido. ¡Había nacido un niño!
Dejamos nota de quienes éramos y donde estábamos destinados, por si deseaban que al menos mi buen amigo Manolo fuera en su día el padrino del chico, y no para que vinieran a darnos las gracias, pero no volvimos a tener noticias de esta familia. Este niño, si es que vive y Dios lo quiera, debe tener ahora 49 años de edad. Y seguro que siempre sabrá en que lugar vino al mundo y en que circunstancias. Creo recordar que este suceso tuvo lugar en el mes de septiembre de 1956. •
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