Si los elementales valores encontrasen hoy nuevos espacios para su transmisión responsable, el esfuerzo de los padres para educar a sus hijos aportaría mucho en los proyectos de desarrollo de una sociedad. Me viene a la memoria la armonía entre la madre y el padre -cocina-abaha- que jugaba importante papel en los comienzos de la socialización del hombre africano (del pueblo fang en particular). Ya que el inicio del camino de maduración empezaba desde esta primera escuela para luego alcanzar el pleno desenvolvimiento social.
A diario los niños se deleitan relacionándose con entusiasmo con otros en el barrio, la aldea infantil, en la catequesis, en los grupos y con sus respectivos líderes, en los lugares recreativos (donde los hay), con los maestros y profesores. Sus relaciones sociales se extienden cuanto más se abren a la gran sociedad. Se consolida y se ensancha la educación familiar con horizontes más amplios. Es un proceso de contactos e influencias en los que se somete la persona para su evolución. Como diría Dr. Pedro Gutiérrez, la acogida singular a estas influencias determina el tipo de persona tanto en el comportamiento social, como en las relaciones con otros.
En el día a día con los jóvenes, aun sin ser joven, hablando su lenguaje, sonriendo y llorando con ellos, se comprende sus problemas y se entrevé con menos dificultad las riendas de su futuro. De hecho, la cara de cada uno, de por sí, ya es reflejo de lo que dan y no dan sus padres.
Junto a la teoría de Juan Pablo II, “la juventud es el centinela del mañana” de un pueblo, digo yo, que su activa presencia en la sociedad da vitalidad, dinamiza la vida ordinaria y es promesa de un porvenir esperanzador. Si fuera éste el caso de la juventud de Guinea nos reservaríamos muchas inquietudes: ¿Por qué al joven le da igual crecer con valores o sin ellos? ¿Por qué le importa poco el sacrificio, ilusión y motivación a los estudios, como salida ineludible a la vida? ¿Dónde se desvanece el espíritu de compromiso? ¿De dónde sale la atracción a lo inmediato? ¿Por qué de la propensión al sexo y al alcoholismo? Este rosario de preguntas interminables, más que retóricas, llevan a las raíces mismas del mal juvenil en la capital guineoecuatoriana.
De habernos quedado en las meras sospechas de esta realidad juvenil, a lo mejor, nos hubieran bastado los comentarios de calle en calle. Sin embargo, quedaba mejor, digo yo, una experiencia real. Precisamente nos acercamos, pues, a más de seiscientos estudiantes de los nueve centros más importantes de la ciudad de Malabo (de cuarto, quinto, sexto de bachillerato; preuniversitarios y algunos estudiantes universitarios) durante el curso 2004 – 2005, para un estudio cuyos resultados les ponemos a continuación:
1.- Es insuficiente la formación familiar. Por una cadena de causas y efectos. El 62% no la recibe. El 20 % la recibe en ocasiones. Entre ellos, el 6% recibe una educación violenta e informal. Un 4,8% se forma por sí y vive solo. Se integran en los grupos, los cuales cubren con información teórica de la deseada educación elemental de casa. Al 4% no le importa la formación ni la orientación de la vida de la prole. Así sale una falta e indiferencia de la educación familiar responsable; carencia de un lugar y tiempo adecuado para la transmisión de primeros valores. El 48,9% de los padres, explican algunos, está fuera de casa en las horas de la tarde.
2.- La carencia de espacios recreativos conduce al alcoholismo. El 59% de los padres de Malabo abandonan a los hijos a su suerte en las horas de la tarde (en un mínimo de 18 días al mes). Los hijos mayores como los padres se van de casa bajo el pretexto de buscar lugar para la distensión. El 83% de los jóvenes convive con más de quince personas en una misma casa de dos o tres habitaciones. Hay poco espacio para una convivencia familiar digna. El bar se convierte, en consecuencia, en el lugar de citas de recreación y de encuentros informales.
En definitiva, por más insistente que fuera la modernidad, no es menos ostentación, derogar la costumbre de abaha para desentenderse de la educación de los hijos; menos todavía, bajo el pretexto de escasez de viviendas dignas, como se justifica el 36% de los consultados. El abaha era el lugar donde los jóvenes recibían y aprendían de los mayores una sólida formación social, cultural y de algunos oficios.
3.- Se percibe una vida familiar “desordenada” y algo más. Al salir de casa, el 61% - tanto los padres como los hijos- consume alcohol. El 40% regresa tarde, ebrio y excitado. La irremediable vuelta a casa, a veces, ocasiona un reencuentro indecente, algo incestuoso.
4.- Decrece la ilusión y falta de motivación a los estudios. La llegada de la era petrolera ha robado el apetito de muchos jóvenes a embarcarse a la aventura intelectual para trasladarlo a la inmediatez. Se han subastado y simplificado los tres o cinco años que dura una carrera profesional, por la avidez de participar ya en la monumental tarta producida por las empresas petrolíferas.
Salvando las limitaciones de los datos revelados, la vida real de la población juvenil, al menos de Malabo, se refleja en esta espontaneidad y en estos sentimientos expresados. La insistencia en trabajos similares ayudaría a lograr la verdad mucho más objetiva de la problemática real de la juventud guineoecuatoriana. El camino queda abierto para cualquier investigador.
Dentro de mi optimismo, son de gran desconcierto los datos hallados para diseñar un futuro mejor: •